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Julio Llamazares

Trás-os-Montes: Un viaje portugués

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Con esta obra centrada en la comarca de Tras-os-Montes, Julio Llamazares regresa a la literatura de viaje, donde su talento narrativo y su profunda capacidad de observación del paisaje brillan con toda su fuerza. Sus dos primeros libros, Memoria de la nieve y La lentitud de los bueyes marcaron un hito imborrable en la historia de la poesía española reciente. Luego, la publicación de Luna de lobos (1985) y La lluvia amarilla (1988) hizo de su autor un verdadero nombre clave en la novelística española mas reciente. Traducido a otras lenguas europeas y muy querido de los lectores, con quienes se mantiene en contacto permanente gracias a sus colaboraciones periodísticas, Llamazares es en este momento uno de los autores españoles vivos más importantes.

A Nemesio Alonso

"La escuela, al final del pueblo, tenía mimosas alrededor. Por delante pasaba la carretera de alquitrán, en reparación desde hacía años, que salía de Oporto y llegaba hasta Bragança. Bordeada de montones de cascajos, arsenal inagotable y siempre a mano para amedrentar a pedradas a los de Anta, era por donde Canca, encaramado en su moto, aparecía y desaparecía a cien por hora, en una nube de polvo.

-¡Por ahí va el diablo montando a su padre! -gritábamos desde la explanada del viejo caserón rectangular, de un solo piso, que en sus traseras servía también de casa al maestro. Tenía ventanas abiertas todo alrededor. Por uno de los lados dejaban ver de lejos el Marão, muy azul en verano y muy blanco en invierno, y mal se le notaba que en tiempos hubiera estado encalado. En la fachada central, entre dos rodrigones. se balanceaba la campana.

Piojoso… Piojoso… Piojoso…

Si tiene piojos, lo raparán… Si tiene piojos, lo raparán…, respondía la de Fermentões, cuando el viento soplaba a favor.

(Miguel Torga, La creación del mundo)

Los reyes de Portugal

Desde la lejanía, viniendo de España, Bragança es una estrella de piedra en la llanura, una luciérnaga inmensa que desaparece y reaparece, a cada curva de la carretera, entre las sombras de las colinas y de los pinos que la rodean. El viajero, que atravesó la raya en Portelo y ya ha dejado atrás França, Rabal, Oleirinhos, Meixedo, pequeños pueblos oscuros, dormidos bajo la noche, divisa la ciudad y acelera el coche por ver si llega a ella antes de que amanezca. Al viajero le gusta llegar a las ciudades a esa hora, bien la del alba, bien la del anochecer, en la que todavía nada es concreto.

Pero, contra su deseo, cuando el viajero llega a Bragança ya ha amanecido y la vieja ciudad ha despertado de su sueño; del de la noche, que del de su larga historia de reyes y de batallas no despertará ya nunca por más que así lo quisieran sus habitantes. No en vano un rey la fundó, en 1187, sobre las piedras de un antiguo castro ibérico, y no en vano aquí nació, en 1640, la dinastía que reinaría en Portugal y en Brasil mientras ambos países fueron reinos. Hasta principios de siglo en el caso de aquél y hasta finales del anterior en el de éste. Aunque hoy, aquí, quizá ya nadie recuerde, por lo menos los que ahora el viajero se cruza con su coche por las calles, ni a João IV, ni a Alfonso VI, ni a Pedro V, ni a Luis I, ni a ninguno de los reyes que de Bragança se apellidaron o que en Bragança nacieron.

Los que ahora el viajero se cruza con su coche por las calles (todavía pocos: aparte de ser temprano, hoy es 14 de agosto) son gente humilde, medio dormida, que se dirige a sus trabajos en el campo o camina sin prisa por las aceras. El viajero atraviesa dos semáforos, se pierde en uno de ellos, da marcha atrás, desemboca en un paseo (aquí, si, empieza ya a ver gente) y, con ayuda de un plano y de las indicaciones de un policía que pasea aburrido entre los coches, se dirige hacia el castillo, cuyas torres se divisan ya a lo lejos. Aparte de ser temprano, al viajero le gusta comenzar a visitar las ciudades por arriba, tanto en su topografía como en el tiempo.

El castillo de Bragança, hasta el que el viajero llega subiendo por estrechas y míseras callejas, impresiona más aún de cerca que desde lejos. Erguido sobre la roca, dominando la ciudad y la cercana frontera, para cuya defensa fue construido como la mayoría de los castillos de Trás-os-Montes, se rodea de torres y de murallas y constituye en realidad una ciudad dentro de otra. Viejas casitas blancas adosadas a los muros, como si formaran ya parte de ellos, y una iglesia también blanca, pero más alta que aquellas, se esconden dentro de las murallas rodeando el castillo y evocando los tiempos en los que Bragança era sólo esto: una pequeña ciudad medieval temerosa de Dios y de sus reyes. Hoy, al cabo de los siglos, algunas casas están cerradas, con el deterioro y el abandono adueñados ya de ellas, pero en la mayoría macetas en las ventanas y carteles para turistas (Vénde-se mel, Restaurante, Artesanía de Trás-os-Montes) indican al viajero que siguen habitadas, aunque, a juzgar por su tamaño y por su altura, sus habitantes deben de ser liliputienses.

Por contra, los antiguos habitantes del castillo debieron de ser más altos, a juzgar cuando menos por la altura de sus muros y por las gigantescas dimensiones de sus puertas. La fortaleza, bien conservada y con lechas señalando sus entradas y salidas, se alza en una explanada, separada de las casas y de la iglesia, y en su torre del homenaje, que mide 18 metros -al menos, según las guías-, ondean las banderas de la ciudad y la portuguesa. Por lo que dice un letrero, el castillo es ahora un museo militar y, a la vuelta de una esquina, al asomarse a una puerta, el viajero lo comprueba por sí mismo al ver a un guarda que lee el periódico mientras espera la llegada de los primeros turistas. Todavía son las nueve y diez de la mañana y, según dice el cartel, el museo abrió a las nueve.

Pero al viajero no le gustan los museos. Y menos los militares. Para guerras ya tiene él suficientes con las suyas y antes prefiere ir a mirar la ciudad desde las murallas y pasear entre las casitas, algunos de cuyos dueños ya han empezado a dar señales de vida. Son bajos, como pensaba, pero ninguno es liliputiense.

– Lo que somos es muy viejos.

La señora se ríe y mira a sus compañeras. La señora lleva aquí cuarenta años, de los 63 que tiene, y está encantada en la Vila, como le llaman los bragantinos al casco antiguo, aunque no haya más que viejos. Los novos prefieren, dice, la ciudad nueva.

Nova, aunque ya con hijos, es, no obstante, una de ellas. Se llama Irene y es rubia y sonríe todo el rato. Como sus compañeras de charla, vive aquí desde hace años, desde que se casó en Bragança con un peón de albañil, aunque es de Mirandela. Añora, por supuesto, su ciudad, que está a 60 kilómetros, pero dice vivir a gusto en la Vila porque es, dice, como un pueblo. Y porque, además, añade, ante la complacencia de sus vecinas más veteranas, como vienen muchos turistas, se entretiene hablando con ellos.

El viajero, aunque no es turista, o al menos así lo cree (turista es el que viaja por capricho y viajero el que lo hace por condición), también está entretenido hablando con Irene y sus vecinas, pero, después de un rato, se despide y reanuda su paseo por la Vila, entre los callejones llenos de flores y gatos, hasta que sin darse cuenta desemboca otra vez en la explanada del castillo, al lado del edificio que se alza junto a la iglesia. Una mujer ya mayor, con una llave en la mano, se dispone en ese instante a enseñarlo a unos turistas y el viajero se une a ellos. Al viajero, al contrario que a Irene y a sus vecinas, no le gustan los turistas, pero quiere saber lo que hay ahí dentro.

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