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Y pensé que quizá pudiera saberlo con estos Vagabundos del Dharma.

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Pero yo tenía mis propios planes y éstos no tenían nada que ver con el aspecto "lunático" de todo esto. Quería hacerme con un equipo completo, con todo lo necesario para dormir, abrigarme, cocinar, comer, es decir, con una cocina v un dormitorio portátiles, v largarme a alguna parte y encontrar la soledad perfecta y contemplar el vacío perfecto de mi mente v ser completamente neutral con respecto a todas v cada una de mis ideas. También quería rezar, dedicarme sólo a eso; rezar por todas las criaturas vivas; consideraba que ésa era la única actividad decente que quedaba en el mundo. Estar en alguna apartada orilla, o en el desierto, o en la montaña, o en una cabaña de México o de Adirondack, y descansar y estar tranquilo y no hacer nada más; practicar lo que los chinos llaman "hacer- nada". De hecho, no quería tener nada que ver ni con las ideas de Japhy acerca de la sociedad (a mi juicio era mejor evitarla, rodearla), ni con ninguna de las ideas de Alvah sobre sacarle a la vida todo lo que se pueda porque su tristeza es muy dulce y uno morirá algún día.

Cuando Japhy vino a recogerme a la mañana siguiente, yo estaba pensando en todo esto. Él, Alvah y yo fuimos a Oakland en el coche de Morley y estuvimos en los almacenes del Monte de Piedad y del Ejército de Salvación comprando camisas de franela (a cincuenta centavos cada una) y camisetas. Todos habíamos elegido camisetas de color, y sólo un minuto después, cuando cruzábamos la calle bajo el limpio sol de la mañana, Japhy dijo:

– Fijaos, la tierra es un planeta fresco y lozano, ¿por qué preocuparse de nada? -(lo cual es cierto).

Luego, en las tiendas de ropa de segunda mano, revolvimos todo tipo de cajones y estantes polvorientos llenos de camisas lavadas y remendadas de todos los vagabundos del universo. Compré calcetines, un par de medias de lana escocesas muy largas que me llegaban por encima de la rodilla y me resultarían muy útiles en las noches frías cuando meditara bajo la helada. Y compré una bonita chaqueta de lona con cremallera por noventa centavos.

Luego fuimos al enorme almacén del ejército de Oakland y al fondo había colgados sacos de dormir y toda clase de equipamiento, incluidos colchones neumáticos como el de Morley, cantimploras, linternas, tiendas de campaña, rifles, botas de agua, y los más inverosímiles objetos para cazadores y pescadores. De todo aquello, Japhy y yo elegimos un montón de cosas útiles para los bikhus. Él compró una especie de parrilla de aluminio y me la regaló; como es de aluminio nunca se estropea y permite calentar cualquier tipo de cacharro encima de una hoguera. Eligió un excelente saco de dormir usado de pluma de pato; antes abrió la cremallera y examinó el interior. Luego una mochila completamente nueva, de la que me sentí muy orgulloso.

– Te regalaré mi funda para la bolsa de dormir -dijo Japhy.

Luego decidí comprar unos vasos de plástico blanco, y unos guantes de ferroviario nuevos. Consideré que tenía unas botas bastante nuevas en el Este, adonde iría por Navidades, aunque también pensé en comprarme un par de botas de montaña italianas como las de Japhy.

Volvimos a Berkeley y fuimos al Ski Shop, y cuando entramos y el empleado vino a atendernos, Japhy dijo con su voz de leñador:

– Aquí equipando a unos amigos para el Apocalipsis.

Y me llevó a la parte trasera de la tienda y cogió una especie de impermeable de nailon con capucha, que se puede poner por encima cubriendo incluso la mochila (dando el aspecto de un monje jorobado) y que te protege por completo de la lluvia. También puede hacerse con él una pequeña tienda de campaña y usarlo como aislante del suelo colocado debajo del saco de dormir. Compré un bote de plástico blando con tapa de rosca que podía utilizarse (me dije) para llevar miel al monte. Pero posteriormente lo usé para llevar vino más que para otra cosa, y más tarde aún, cuando hice algún dinero, para llevar whisky. También compré una batidora de plástico que me resultó muy útil, pues con sólo una cucharada de leche en polvo y un poco de agua de un arroyo permitía preparar un vaso de leche. Compré un juego de bolsas para comida como el de Japhy. Quedé verdaderamente equipado para el Apocalipsis, y no estoy bromeando; si cayera una bomba atómica sobre San Francisco aquella misma noche todo lo que tenía que hacer era largarme de allí, lo más lejos posible, con mi comida empaquetada y mi dormitorio y mi cocina encima, sin ningún problema en el mundo. La gran adquisición final fue una batería de cocina: dos cacharros grandes metidos uno dentro de otro, con una tapadera que era también sartén, y vasos de estaño y unos pequeños cubiertos de aluminio que encajaban unos en otros. Japhy me regaló otra cosa de su propio equipo: una cuchara normal y corriente. Pero sacó unos alicates y la dobló por el mango, y dijo:

– ¿Ves? Cuando tengas que sacar un cacharro de una hoguera demasiado grande, no tienes más que usar esto. Y me sentí un hombre nuevo.

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Me puse la camisa de franela nueva y los calcetines y una camiseta de las recién adquiridas, y unos pantalones vaqueros, preparé la mochila con todas las cosas muy bien guardadas dentro de ella, me la eché a la espalda y me fui aquella misma noche a San Francisco sólo con objeto de callejear por la ciudad con todo el equipo encima. Bajé por la calle Mission cantando alegremente. Fui a la calle Tercera del barrio chino para degustar mis donuts favoritos y café, y los vagabundos de por allí se quedaron fascinados y querían saber si andaba buscando uranio. No quería ponerme a soltar discursos sobre lo que me proponía encontrar y que era infinitamente más valioso para la humanidad que cualquier mineral, y dejé que dijeran:

– Chico, todo lo que tienes que hacer es ir a Colorado y andar por allí con uno de esos pequeños contadores Geiger y te harás millonario.

– En el barrio chino todo el mundo quiere ser millonario.

– Gracias, muchachos -respondí-, a lo mejor lo hago.

– También hay montones de uranio en la región del Yukón.

– Y en Chihuahua -dijo un viejo-. Apostaría lo que fuera a que en Chihuahua hay uranio.

Me alejé y paseé por San Francisco con mi enorme mochila, feliz. Fui hasta casa de Rosie para verla a ella y a Cody. Quedé muy asombrado cuando la vi. Había cambiado de repente. Estaba delgadísima, era puro hueso, y tenia los ojos dilatados de miedo y saliéndosele de las órbitas.

– ¿Qué es lo que le pasa?

Cody me llevó a la otra habitación y me dijo que no hablara con ella.

– Se ha puesto así en las últimas cuarenta y ocho horas.

– Pero ¿qué le pasa?

– Dice que escribió una lista con todos nuestros nombres y todos nuestros pecados, o eso dice, y luego trató de tirarla por el retrete del sitio donde trabaja, y la lista era tan grande que atascó el retrete y tuvieron que llamar a alguien de sanidad para que lo desatascara y asegura que el tipo llevaba uniforme y que era de la bofia y que se llevó la lista a la comisaría y que nos van a detener a todos. Ha flipado, eso es todo. -Cody era un viejo amigo mío que había vivido conmigo en aquella buhardilla de San Francisco años atrás. Un buen amigo de verdad-. ¿Y no te has fijado en las señales que tiene en los brazos?

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