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¡Extraño lugar para aquella visión realmente extraña! Y luego se lanzó a través de la hermosa comarca india de Atascadero, en las alturas de Nuevo México, y había hermosos valles verdes y pinos y ondulados prados como en Nueva Inglaterra, y luego bajamos a Oklahoma (en las afueras de Bowie, Arizona, echamos un sueñecito al amanecer, él en el camión, yo en mi saco de dormir sobre la fría arcilla roja sin más techo que el brillo de las estrellas y alrededor el silencio y en la distancia un coyote), y en seguida atravesamos Arkansas y devoramos ese estado en una tarde y luego Missouri y San Luis, y por fin el lunes por la noche atravesamos Illinois e Indiana como una exhalación y entramos en el querido y nevado Ohio con todas las luces de Navidad en las ventanas de viejas granjas que llenaron mi corazón de alegría.

"Uf -pensé-. Todo el largo camino desde los cálidos brazos de las chicas de Mexicali hasta las nieves navideñas de Ohio de un tirón. "

Beaudry tenía una radio en el salpicadero y la tuvo funcionando a tope durante todo el viaje también. No hablamos mucho, de vez en cuando él gritaba contándome una anécdota, y tenía una voz tan potente que llegó a perforarme el tímpano (el izquierdo) y me dolió, haciéndome pegar un salto de medio metro en el asiento. Era fabuloso. Hicimos un montón de buenas comidas también en varios de sus restaurantes favoritos de la carretera, una de ellas en Oklahoma, donde comimos cerdo al horno y boniatos dignos de la propia cocina de mi madre, comimos y comimos, él siempre tenía hambre, y yo también, estábamos en invierno y hacía frío y era Navidad en los campos y la comida era buena.

En Independence, Missouri, hicimos nuestra única parada para dormir en una habitación; era un hotel de casi cinco dólares por persona, lo que resultaba un robo, pero él necesitaba dormir y yo no podía esperarle en el camión bajo cero. Cuando me desperté por la mañana, miré afuera y vi a todos los jóvenes ambiciosos con traje que iban a trabajar a las compañías de seguros esperando llegar a ser algún día como Harry Truman. Hacia el amanecer del martes Beaudry me dejó en las afueras de Springñeld, Ohio, en medio de una terrible ola de frío, y nos dijimos adiós un tanto tristes.

Fui a un bar, tomé un té, hice balance, fui a un hotel y dormí profundamente agotado. Después adquirí un billete para Rocky Mount, puesto que era imposible hacer autostop

de Ohio a Carolina del Norte por toda aquella región montañosa en invierno atravesando Blue Ridge y todo. Pero me impacienté y decidí hacer autostop de cualquier forma y pedí al autobús que se detuviera en las afueras y volví caminando a la estación de autobuses para que me devolvieran el importe del billete. No quisieron darme el dinero. La conclusión de mi loca impaciencia fue que tuve que esperar más de ocho horas el siguiente autobús a Charleston, en el oeste de Virginia. Empecé haciendo autostop en las afueras de Springfield esperando coger el autobús en un pueblo de más adelante, era sólo para divertirme, pero se me congelaron los pies y las manos esperando de pie en pequeños pueblos melancólicos al ponerse el día. Un vehículo me llevó a un pueblecito y allí me quedé esperando junto a la oficina de telégrafos que también hacía de estación, hasta que llegó mi autobús. Resultó que el autobús iba abarrotado y marchó lentamente por la zona montañosa durante toda la noche y al amanecer subió a las alturas de Blue Ridge, una bella región con muchos árboles entonces bajo la nieve; luego, tras un día entero de detenerse y seguir, detenerse y seguir, bajamos las montañas hasta Mount Airy, y por fin, al cabo de siglos, llegamos a Raleigh donde cambié a mi autobús local y di instrucciones al conductor de que me dejara en una carretera de segundo orden que serpentea unos cinco kilómetros a través de bosques de pinos hasta la casa de mi madre en Big Easonburg Woods, que es un cruce cercano a Rocky Mount.

Me dejó allí hacia las ocho de la tarde y anduve los cinco kilómetros por la helada y silenciosa carretera de Carolina bajo la luna, observando a un reactor que pasó por encima, su estela derivó a través de la cara de la luna y cortó en dos el círculo de nieve. Era maravilloso haber vuelto al Este con nieve, en Navidad, con lucecitas ocasionales en las ventanas de las granjas, los bosques silenciosos, los calveros de los pinares tan desnudos y lúgubres, la vía del tren alejándose entre los bosques gris azulado hacia mi sueño.

A las nueve en punto cruzaba tambaleante con todo mi equipo el patio de mi madre y allí estaba ella junto al fregadero de azulejos blancos de la cocina, fregando los platos y esperándome con expresión acongojada (llegaba con retraso), preocupada por si llegaría alguna vez y probablemente pensando:

"Pobre Raymond, ¿por qué tiene que andar siempre por ahí haciendo autostop y preocupándome tanto? ¿Por qué no es como las demás personas?"

Y yo pensaba en Japhy mientras estaba allí de pie en el frío patio mirándola y me decía:

"¿Por qué le molestan tanto a Japhy los azulejos blancos del fregadero y los "aparatos de cocina" como él los llama? La gente tiene buen corazón, tanto si viven como Vagabundos del Dharma como si no. La compasión es el corazón del budismo."

Detrás de la casa había un gran bosque de pinos donde podría pasarme todo el invierno y la primavera meditando bajo los árboles y descubriendo por mí mismo la verdad de todas las cosas. Era muy feliz. Anduve alrededor de la casa y miré el árbol de Navidad junto a la ventana. A unos cien metros carretera abajo, las dos tiendas del pueblo constituían una brillante y cálida escena en el, por lo demás, frío vacío del bosque. Fui hasta la caseta del perro y me encontré al viejo Bob temblando y resoplando de frío. Lloriqueó de alegría al verme. Lo desaté y ladró y saltó a mi alrededor y entró conmigo en la casa donde abracé a mi madre en la caliente cocina y mi hermana y mi cuñado vinieron del cuarto de estar y me dieron la bienvenida, y mi sobrinito Lou también, y estaba en casa de nuevo.

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Todos querían que durmiera en el sofá del cuarto de estar junto a la acogedora estufa de petróleo, pero yo insistí en que quería que mi cuarto fuera (como antes) el porche trasero con sus seis ventanas dando a los yermos campos invernales y a los pinares de más allá, dejando todas las ventanas abiertas y extendiendo mi querido saco de dormir sobre el sofá que había allí para dormir sumido en el sueño puro de las noches de invierno con la cabeza hundida dentro del suave calor del nailon y las plumas de pato. Cuando se acostaron, me puse la chaqueta y el gorro con orejeras v los guantes de ferroviario, y encima de todo eso mi impermeable de nailon, y paseé bajo la luz de la luna por los campos de algodón como un monje amortajado. El suelo estaba cubierto de escarcha. El viejo cementerio, carretera abajo, brillaba con la escarcha. Los tejados de las granjas cercanas eran como blancos paneles de nieve. Atravesé los surcos de los campos de algodón seguido por Bob, un buen perro de caza, y por el pequeño Sandy, que pertenecía a los Joyner, nuestros vecinos, y por unos cuantos perros vagabundos más (todos los perros me quieren), y llegué al lindero del bosque. Allí, la primavera pasada, había trazado un pequeño sendero cuando iba a meditar bajo mi joven pino favorito. El sendero seguía allí. Mi entrada oficial al bosque la constituían un par de pinos jóvenes que hacían de puerta. Siempre hacía una reverencia allí y juntaba las manos v daba las gracias a Avalokitesvara por la maravilla del bosque. Luego entré, precedido por la blancura lunar de Bob, camino de mi pino, donde mi viejo lecho de paja seguía estando al pie del árbol. Arreglé mi impermeable y mis piernas y me senté a meditar.

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