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– ¿Y a mí qué me importa? -respondió el viejo cocinero, con los ojos entornados.

– Una respuesta perfecta, absolutamente perfecta. Ahora ya sabes lo que entiendo por zen -me dijo Japhy cuando se lo conté.

Tenía que aprender un montón de cosas más. En especial, cómo tratar a las chicas…, según el modo lunático zen de Japhy, y tuve oportunidad de comprobarlo con mis propios ojos la semana siguiente.

3

En Berkeley yo estaba viviendo con Alvah Goldbook en su casita cubierta de rosas en la parte trasera de una casa mayor de la calle Milvia. El viejo y carcomido porche se inclinaba hacia adelante, hacia el suelo, entre parras, con una mecedora bastante cómoda en la que me sentaba todas las mañanas a leer mi Sutra del Diamante. El terreno de alrededor estaba lleno de plantas tomateras casi en sazón, y menta, menta, todo olía a menta, y un viejo y hermoso árbol bajo el que me gustaba sentarme y meditar en aquellas perfectas y frescas noches estrelladas del incomparable octubre californiano. Teníamos una pequeña y perfecta cocina de gas, pero no nevera, aunque eso no importara. Teníamos también un pequeño y perfecto cuarto de baño con bañera y agua caliente, y una habitación bastante grande llena de almohadones y esteras y colchones para dormir, y libros, libros, cientos de libros, desde Catulo a Pound y Blyth, a álbumes de Bach y Beethoven (y hasta un disco de swing de Ella Fitzgerald con un Clark Terry muy interesante a la trompeta) y un buen fonógrafo Webcor de tres velocidades que sonaba lo bastante fuerte como para hacer volar el tejado; y este tejado era de madera contrachapada, y las paredes también, y una noche en una de nuestras borracheras de lunáticos zen atravesé encantado esa pared con el puño y Coughlin me vio y la atravesó con la cabeza lo menos diez centímetros.

A un par de kilómetros de allí, bajando Milvia y luego subiendo hacia el campus de la Universidad de California, en la parte de atrás de otra casa enorme de una calle tranquila (Hillegass), Japhy vivía en su propia cabaña que era infinitamente más pequeña que la nuestra, aproximadamente de cuatro por cuatro, sin nada aparte de las típicas pertenencias de Japhy, que mostraba así su creencia en la sencilla vida monástica -ni una silla, ni siquiera una mecedora sentimental; únicamente esteras-. En un rincón estaba su famosa mochila grande con cazos y sartenes muy limpios encajados unos dentro de otros formando una unidad compacta atada con un pañuelo azul. Después estaban sus zuecos japoneses de madera de pata, que nunca usaba, y un par de calcetines con los que andaba suavemente por encima de sus preciosas esteras, con el sitio justo para los cuatro dedos en una parte y para el dedo gordo en la otra. También tenía bastantes cestas de las de naranjas, todas llenas de hermosos libros académicos, algunos de ellos en lenguas orientales, todos los grandes sutras, comentarios a los sutras, las obras completas de D. T. Suzuki y una bonita edición de haikus japoneses en cuatro volúmenes. También tenía una valiosa colección de poesía occidental. De hecho, si hubiera entrado un ladrón a robar, las únicas cosas que habría encontrado de auténtico valor hubieran sido los libros. La ropa de Japhy consistía en prendas que le habían regalado o que había comprado de segunda mano, con expresión confusa y feliz, en los almacenes del Ejército de Salvación: calcetines de lana remendados, camisetas de color, camisas de faena, pantalones vaqueros, mocasines y unos cuantos jerséis de cuello alto que se ponía uno encima del otro en las frías noches de las sierras californianas y en la zona de las cascadas de Washington y Oregón durante aquellas caminatas increíblemente largas que a veces duraban semanas y semanas con sólo unos pocos kilos de comida seca en la mochila. Unos cuantos cestos de naranjas servían de mesa, sobre la cual, una soleada tarde en la que aparecí por allí, humeaba una pacífica taza de té junto a él mientras se inclinaba con aspecto serio encima de los caracteres chinos del poeta Han Chan. Coughlin me había dado su dirección y al entrar vi la bicicleta de Japhy en el césped de delante de la casa más grande (donde vivía la dueña) y luego unos cantos rodados y piedras y unos divertidos árboles enanos que había traído de sus paseos por la montaña para preparar su propio "jardín japonés de té" o "jardín de la casa de té", con un pino muy adecuado que suspiraba sobre su nuevo y diminuto domicilio.

Jamás había visto una escena tan pacífica como cuando, en aquel atardecer rojizo, simplemente abrí la pequeña puerta y miré dentro y le vi al fondo de la cabaña, sentado en un almohadón encima de la estera con las piernas cruzadas, y las gafas puestas que le hacían parecer viejo y estudioso y sabio, con un libro en el regazo y la fina tetera y la taza de porcelana humeando a su lado. Levantó la vista tranquilamente, vio quién era y dijo:

– Ray, entra. -Y volvió a clavar los ojos en los caracteres chinos.

– ¿Qué estás haciendo?

– Traduzco el gran poema de Han Chan titulado "Montaña Fría" escrito hace mil años y parte de él garabateado en las paredes de los riscos a cientos de kilómetros de cualquier otro ser vivo.

– ¡Vaya!

– Cuando entres en esta casa debes quitarte los zapatos, puedes estropear las esteras con ellos.

– Así que me quité los zapatos y los dejé cuidadosamente al lado de la puerta y él me alcanzó un almohadón y me senté con las piernas cruzadas junto a la pared de madera y me ofreció una taza de té-. ¿Has leído el Libro del Té? -preguntó.

– No, ¿qué libro dices?

– Es un tratado muy completo sobre el modo de hacer el té utilizando el conocimiento de dos mil años de preparación del té. Algunas de las descripciones del efecto del primer sorbo de té, y del segundo, y del tercero, son realmente tremendas y maravillosas.

– Esos tipos se colocan con nada, ¿verdad?

– Bébete el té y verás; es un té verde muy bueno.

– Era bueno y me sentí inmediatamente tranquilo y reconfortado-.

– ¿Quieres que te lea partes de este poema de Han Chan? ¿Quieres que te cuente cosas de Han Chan?

– ¡Claro!

– Verás, Han Chan era un sabio chino que se cansó de la ciudad y se escondió en la montaña.

– ¡Hombre! Eso suena a ti.

– En aquel tiempo se podía hacer eso de verdad. Vivía en una cueva, no lejos de un monasterio budista del distrito Tang-Sing, de Tien Ta¡, y su único amigo humano era Shi-te, el absurdo lunático zen que trabajaba en el monasterio y lo barría con una escoba. Shi-te era también poeta, pero no dejó nada escrito. De vez en cuando, Han Chan bajaba de Montaña Fría con su traje de cortezas y entraba en la cocina caliente y esperaba a que le dieran de comer, pero ninguno de los monjes quería darle comida porque se negaba a entrar en la orden y atender la campana de la meditación tres veces al día. Verás por qué, pues en algunas de sus manifestaciones, como… Pero, escucha, miraré aquí y te lo traduciré del chino. -Me incliné por encima de su hombro y observé cómo leía aquellos extraños y enrevesados caracteres chinos-. "Trepando a Montaña Fría, sendero arriba; el sendero a Montaña Fría sube y sube: un largo desfiladero lleno de rocas de un alud, el ancho torrente y la hierba empañada de neblina. El musgo es resbaladizo, aunque no ha estado lloviendo, el pino canta, pero no hace viento, ¿quién es capaz de romper las ataduras del mundo y sentarse conmigo entre blancas nubes?"

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