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– Espero que sea así. Y que no me piquen las avispas porque…

Luego sacó sus libros y leyó un rato, y yo también leí, cada uno a la luz de su propia lámpara de petróleo. Fue una velada muy tranquila en casa mientras nos cubría la niebla y rugía el viento en los árboles de fuera, y por el valle, una mula iba quejándose con los gritos más terribles que había oído jamás.

– Cuando una mula se lamenta de ese modo -dijo Japhy-, me entran ganas de rezar por todos los seres vivos. -Luego meditó durante un rato, inmóvil, en la postura del loto, y después dijo-: Hora de acostarse. -Pero yo quería contarle todas las cosas que había descubierto aquel invierno meditando en el bosque-. Son sólo palabras -dijo tristemente, sorprendiéndome-. No quiero oír todas tus descripciones con palabras y palabras y palabras de lo que hiciste por el invierno, tío, quiero entender las cosas a través de la acción.

Japhy había cambiado desde el año anterior. Ya no tenía perilla, perdiendo así la expresión divertida y risueña de su rostro, y ahora parecía más flaco y como de piedra. También se había cortado el pelo al cepillo y parecía un alemán, serio y, por encima de todo, triste. Ahora en su cara parecía haber algo así como decepción, y la había, indudablemente, en su alma, y no quería escuchar mis vehementes explicaciones de que todo estaba bien por siempre jamás. De repente, me dijo:

– Creo que voy a casarme pronto, estoy cansado de andar por ahí de un lado a otro.

– Pero yo creía que habías descubierto el ideal de pobreza y libertad zen.

– Tal vez me esté cansando de todo eso. Cuando vuelva del monasterio japonés probablemente estaré harto de todo. A lo mejor me hago rico y trabajo y junto un montón de dinero y vivo en una casa muy grande. -Pero un minuto después añadió-: Pero ¿quién querría esclavizarse a todas esas cosas? Yo no, Smith, lo que pasa es que estoy deprimido y lo que me cuentas, todavía me deprime más. Mi hermana ha vuelto a la ciudad, ¿sabes?

– ¿Quién?

– Rhoda, mi hermana. Me crié con ella en los bosques de Oregón. Va a casarse con un tipo muy rico de Chicago, un auténtico cerca. Mi padre también tiene problemas con su hermana, mi tía Noss. Es una verdadera bruja.

– No deberías de haberte afeitado la perilla, con ella tenías aspecto de sabio feliz.

– Bueno, ya no soy un sabio feliz, y estoy cansado. Estaba agotado tras un largo día de trabajo. Decidimos irnos a dormir y olvidarlo todo. De hecho estábamos algo tristes y mutuamente molestos. Durante el día había encontrado un sitio cerca de un rosal silvestre donde pensaba instalar mi saco de dormir. Lo había cubierto con una capa de hierba recién cortada. Ahora, con mi linterna y mi botella de agua fría, fui allí y me sumergí en un hermoso descanso nocturno bajo los árboles que sollozaban. Antes medité un poco, pues dentro no podía meditar tal y como Japhy había hecho. Después de todo, aquel invierno en el bosque por la noche necesitaba oír el sonido de animales y pájaros y notar que la tierra suspiraba debajo para poder sentir mi afinidad con todos los seres vivos, vacíos e iluminados y ya salvados para siempre. Pedí por Japhy: me parecía que estaba cambiando y no para bien. Al amanecer llovió un poco y la lluvia repiqueteaba en mi saco de dormir y entonces me eché el impermeable por encima en vez de por debajo, solté un taco, y seguí durmiendo. A las siete, el sol ya había salido y las mariposas se posaban en las rosas junto a mi cabeza y un colibrí se lanzó en picado por encima de mí, silbando y se marchó rápidamente encantado. Pero estaba equivocado con respecto a Japhy y su cambio. Aquélla fue una de las mañanas más maravillosas de nuestra vida. Allí estaba delante de la puerta de la cabaña con una sartén muy grande en la mano haciendo ruido y entonando:

– Budam saranam gochami… Dhammam saranam gochami… Sangam saranam gochami…

– Y gritando-: Vamos, muchacho, ¡las tortitas están listas! ¡Venga, levántate! ¡Bang, bang, Bang!

Y el sol naranja penetraba entre los pinos y todo volvía a ser maravilloso. De hecho, Japhy había meditado aquella noche y decidió que tenía razón en aferrarme al viejo y buen Dharma.

25

Japhy había preparado unas estupendas tortitas de harina de trigo moreno y teníamos sirope casero para acompañarlas y un poco de mantequilla. Le pregunté qué significaba aquella canción del "Gochami".

– Es un cántico que entonan antes de cada una de las tres comidas en los monasterios budistas japoneses. Budam Saranam Gochami significa encuentro refugio en Buda; San gam, encuentro refugio en el templo; Dhammam, encuentro refugio en el Dharma, la verdad. Mañana por la mañana te prepararé otro buen desayuno, un slumgullion. ¿Es que nunca tomaste un rico y antiguo slumgullion? Pues chico, no es más que huevos revueltos y patatas, todo mezclado.

– ¿Es una comida de leñador?

– Allí arriba no hay leñadores, eso es una expresión del Este. Allí los llaman hacheros. Ven a tomar tus tortitas y luego bajaremos y cortaremos troncos, yo te enseñaré a manejar un hacha de dos filos. -Cogió el hacha, la afiló y me enseñó a afilarla-. Y jamás utilices esta hacha con un tronco que esté en el suelo, darías a las piedras y la embotarías, utiliza siempre otro tronco o algo así de tajador.

Fui al retrete, y al volver, queriendo sorprender a Japhy con un truco zen, tiré el rollo de papel higiénico por la ventana abierta y él soltó un alarido de samurai y apareció por la ventana en botas y pantalones cortos con un puñal en la mano, y dando un salto de casi cinco metros, llegó hasta el cercado donde estaban los troncos. Era una locura. Empezamos a bajar sintiéndonos altos. Todos los troncos a los que les había quitado las ramas tenían un corte más o menos grande, donde uno podía meter más o menos la pesada cuña de hierro, y luego, levantando una maza de casi tres kilos por encima de la cabeza, te apartabas un poco para no alcanzarte el tobillo, y asestabas un golpe a la cuña y partías el tronco limpiamente en dos. Luego, ponías cada una de estas mitades en el tajador, y con un golpe del hacha de doble filo, una hermosa hacha muy larga, afilada como una navaja de afeitar, tenías el tronco partido en cuatro. Luego cogías el cuarto de tronco y lo cortabas en dos partes. Japhy me enseñó a manejar el mazo y el hacha sin demasiada energía, pero cuando se animaba, me di cuenta de que también manejaba el hacha con toda su fuerza, lanzando su famoso grito o soltando maldiciones. Pronto cogí el tranquillo y hacía aquello como si lo hubiera estado haciendo toda la vida.

Christine salió a mirarnos y nos dijo: -Os voy a preparar un buen almuerzo.

– Estupendo. -Japhy y Christine eran como hermanos. Partimos un montón de troncos. Resultaba muy enrollarte dejar caer el mazo encima de la cuña y notar que el tronco cedía, si no a la primera, a la segunda vez. El olor a aserrín, pinos, la brisa del mar soplando por encima de las plácidas montañas, el canto de las alondras, las mariposas revoloteando por la hierba, todo era perfecto. Luego entramos y tomamos un buen almuerzo: perritos calientes y arroz y sopa y vino tinto y los bizcochos recién hechos por Christine, y nos quedamos sentados allí cruzados de piernas y descalzos manoseando la vasta biblioteca de Sean.

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