A
A
1
2
3
...
47
48
49
...
59

Acompañé a Psvche hasta su coche v le dije:

– ¡Vamos, guapa! ¿Por qué le das este disgusto a Japhy la noche de su despedida?

– Ha sido muy malo conmigo, ¡que se valva a la mierda!

– Mira, Psvche, nadie te va a comer allí arriba.

– Me da lo mismo, vuelvo a la ciudad.

– Bueno, pero no está nada bien lo que haces y, además, Japhy me contó que estaba enamorado de ti.

– No lo creo.

– Así es la vida -dije mientras me alejaba con un gran garrafón de vino colgado de un dedo.

Inicié la ascensión v oí que Psvche trataba de dar marcha atrás con el coche y girar en la estrecha carretera. La parte trasera del coche se hundió en la cuneta y no podía sacarlo y terminó durmiendo en casa de Christine, tendida en el suelo.

Entretanto, Bud y Coughlin v Alvah y George habían subido a la cabaña v estaban tumbados por allí con diversas mantas v sacos de' dormir. Coloqué mi saco encima de la suave hierba v me sentí el más afortunado de todos. La fiesta había terminado y también los gritos, pero ¿qué habíamos conseguido? Empecé a cantar entre trago y trago. Las estrellas tenían un brillo enceguecedor.

– ¡Un mosquito tan grande como el monte Meru es mucho mavor de lo que crees! -gritó Coughlin dentro de la cabaña al oírme cantar.

A mi vez, grité:

– ¡El casco de un caballo es más delicado de lo que parece!

Alvah salió corriendo en ropa interior v bailó locamente v aulló largos poemas tendido en la hierba. Por fin conseguimos que Bud se levantara v se pusiera a hablar sin parar de sus últimas ocurrencias. Celebramos una especie de nueva fiesta allí arriba.

– ¡Vamos abajo a ver cuántas chicas se han quedado! Bajé la ladera rodando la mitad del camino y traté de que Psyche subiera, pero estaba fuera de combate tumbada en el suelo. Las brasas de la gran hoguera todavía estaban al rojo y daban mucho calor. Sean roncaba en el dormitorio de su mujer. Cogí algo de pan de la mesa y lo unté de queso fresco; lo comí y bebí vino. Estaba totalmente solo junto al fuego y hacia el este empezaba a clarear.

– ¡Qué borracho estoy! -dije-. ¡Despertad! ¡Despertad! ¡Despertad! -grité-. ¡La cabra del día está empujando la mañana! ¡Nada de peros! ¡Bang! ¡Venid, chicas! ¡Lisiados! ¡Golfos! ¡Ladrones! ¡Chulos! ¡Verdugos! ¡Fuera!

En esto tuve una poderosa sensación: sentí una gran piedad por todos los seres humanos, fueran quienes fueran. Vi sus caras, sus bocas afligidas, sus personalidades, sus intentos por estar alegres, su petulancia, su sensación de pérdida, sus agudezas vacías y torpes en seguida olvidadas. Y todo, ¿para qué? Comprendí que el ruido del silencio estaba en todas partes, y que, sin embargo, todo y en todas partes era silencio. ¿Qué pasaría si de repente nos despertáramos y comprendiéramos que lo que pensábamos que era esto y aquello no fuera ni esto ni aquello para nada? Subí tambaleándome a la colina, saludado por los pájaros, y contemplé a las figuras acurrucadas que dormían en el suelo. ¿Quiénes eran todos estos extraños fantasmas enraizados conmigo a la tonta e insignificante aventura terrestre? ¿Y quién era yo? ¡Pobre Japhy! A las ocho de la mañana se levantó y golpeó su sartén y entonó el "Gochami" y nos llamó para desayunar tortitas.

29

La fiesta duró varios días; la mañana del tercer día la gente seguía desperdigada por la hierba cuando Japhy y yo sacamos sigilosamente nuestras mochilas, con unos víveres adecuados, y nos fuimos carretera abajo con las primeras luces anaranjadas de uno de los dorados días de California.

Iba a ser un día maravilloso, estábamos de nuevo en nuestro elemento: las pistas forestales.

Japhy estaba muy animado.

– ¡Maldita sea! Sienta muy bien dejar atrás tanta pasada y largarse al bosque. Cuando vuelva de Japón, Ray, y haga realmente frío, nos pondremos ropa interior caliente y recorreremos el país haciendo autostop. Piensa en el océano, las montañas, Alaska, Klamath…, un denso bosque de abetos adecuado para un bikhu, un lago con un millón de patos. ¡Estupendo! ¡Wu! Oye, ¿sabes lo que significa wu en chino?

– ¿Qué?

– Niebla. Estos bosques de Marin son maravillosos; hoy te enseñaré el bosque Muir, aunque allá en el Norte esté toda esa auténtica zona montañosa del Pacífico, el futuro hogar de la encarnación del Dharma. ¿Sabes lo que voy a hacer? Escribiré un poema muy largo que se titule "Ríos y montañas sin fin", y lo escribiré todo en un rollo que se desenrollará sin parar lleno de nuevas sorpresas con las que se olvide totalmente lo que hay escrito antes, algo así como un río, ¿entiendes? O como una de esas pinturas chinas en seda tan largas con un par de hombrecillos que caminan por un paisaje sin fin con viejos árboles retorcidos y montañas tan altas que se funden con la niebla del vacío de la parte superior de la seda. Me pasaré tres mil años escribiéndolo; contendrá información sobre la conservación del suelo, las autoridades forestales del valle del Tennessee, la astronomía, la geología, los viajes de Hsuan Tsung, la teoría de la pintura china, la repoblación forestal, la ecología oceánica y las cadenas de supermercados.

– Adelante, chico.

Como siempre, yo iba detrás de él y, cuando empezamos a escalar con las mochilas bien sujetas a la espalda como si fuéramos animales de carga y no nos encontráramos bien sin llevar peso, de nuevo empezó el viejo y solitario y agradable zap zap por el sendero, muy despacio, a un kilómetro y pico por hora. Llegamos al final de una carretera empinada donde tuvimos que pasar por delante de unas cuantas casas que se levantaban junto a unos farallones cubiertos de monte bajo con cascadas que se dividían en hilos de agua. Subimos luego por un empinado prado lleno de mariposas y heno y un poco de rocío: eran las siete de la mañana. Luego bajamos por una carretera polvorienta, y después, al final de esta polvorienta carretera que subía y subía, divisamos un hermoso panorama: Corte Madera y Mill Valley estaban allá lejos y, al fondo, distinguimos la roja parte alta del puente de Golden Gate.

– Mañana por la tarde, cuando vayamos camino de Stimson Beach -dijo Japhy-, verás toda la blanca ciudad de San Francisco a muchos kilómetros de distancia, en la bahía azul. Ray, por Dios, en nuestra vida futura tendremos una hermosa tribu libre en estos montes californianos, con mujeres y docenas de radiantes hijos iluminados; viviremos como los indios, en tiendas, y comeremos bayas y brotes.

– ¿Y judías no?

– Escribiremos poemas, tendremos una imprenta y publicaremos nuestros propios poemas; será la Editorial Dharma. Lo poetizaremos todo y haremos un libro muy gordo de bombas heladas para la gente ignorante.

– No. La gente no está tan mal, también sufren. Siempre estamos leyendo que se quemó una chabola en algún lugar del Medio Oeste y que murieron tres niños pequeños y hay fotos de los padres llorando. Hasta se quemó el gato. Japhy, ¿crees que Dios creó el mundo para divertirse un día en que estaba aburrido? Porque si fuera así, sería un ser mezquino.

48
{"b":"100912","o":1}