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– Piensa, Ray -dijo Japhy-, en cómo sería este monte de encima de la cabaña hace treinta mil años, en la época del hombre de Neanderthal. ¿Te das cuenta de que en aquel tiempo, según los sutras, ya había un Buda, Dipankara?

– ¿El que nunca dijo nada?

– Imagínate a todos aquellos hombres-mono iluminados sentados alrededor de una hoguera en torno a su Buda que no decía nada y lo sabía todo.

Aquella misma noche, pero un poco más tarde, subió Sean y se sentó cruzado de piernas y habló breve y tristemente con Japhy. Todo había terminado. Luego subió Chris tine con las dos niñas en brazos; era una chica fuerte y podía subir pendientes pronunciadas con pesadas cargas. Aquella noche fui a dormir en mi saco junto al rosal y lamenté la repentina y fría oscuridad que había caído sobre la cabaña.

Eso me recordó uno de los primeros capítulos de la vida de Buda cuando decidió dejar el palacio, y a su afligida esposa y a su hijo y a su pobre padre, y se alejó a lomos de un caballo blanco para ir al bosque a cortarse su pelo rubio y devolvió el caballo con un criado que lloraba, embarcándose en un dificil viaje a través del bosque en pos de la verdad eterna.

"Como los pájaros que se congregan en los árboles al atardecer y luego desaparecen al caer la noche, así son las separaciones del mundo", escribió Ashvhaghosha hace casi dos mil años.

Al día siguiente pensé en hacerle un regalo de despedida, pero como no tenía mucho dinero ni ideas al respecto, cogí un trozo de papel no mayor que una uña y escribí cuidadosamente en él: ¡Ojalá utilices el cortador de diamante de la misericordia! Y cuando dije adiós a Japhy en el puerto se lo entregué. Lo leyó, se lo metió en el bolsillo y no dijo nada.

Y lo último que pasó en San Francisco fue que al fin Psyche se ablandó y le escribió una nota que decía:

"Me reuniré contigo en tu camarote y te daré lo que quieres", o algo parecido, y por eso ninguno de nosotros subió al barco para despedirse de él en el camarote.

Psyche le estaba esperando allí para una escena de apasionado amor. Sólo dejamos a Sean que subiera a bordo para ver si necesitaba algo de última hora. Conque una vez que todos le dijimos adiós y nos fuimos, Japhy y Psyche probablemente hicieron el amor en el camarote y entonces ella se echó a llorar e insistió en que también quería ir a Japón y el capitán mandó que desembarcaran todos, pero ella no quería y la cosa terminó así:

El barco empezó a separarse del muelle y Japhy apareció en cubierta con Psyche en brazos, y sin dudarlo, la tiró al muelle -era lo bastante fuerte como para arrojar a una chica a tres metros de distancia-, donde Sean pudo recogerla justo a tiempo. Y aunque eso no se atuvo exactamente al cortador de diamante de la misericordia, no estuvo nada mal; Japhy quería llegar a la otra orilla y dedicarse a sus cosas. Sus cosas que se concretaban en el Dharma. Y el mercante zarpó y dejó atrás el Golden Gate y se perdió en las procelosas inmensidades del gris Pacífico, rumbo al oeste. Psyche lloraba. Sean lloraba. Todos estábamos tristes.

– Es una pena -dijo Warren Coughlin-, lo más probable es que desaparezca en el Asia Central mientras realiza un viaje tranquilo, pero sin pausas, desde Kashgar a Lanchow, vía Lhasa, con una recua de yacs tibetanos mientras vende palomitas de maíz, alfileres e hilo de coser de varios colores y escala de cuando en cuando algún Himalaya, y terminará iluminando al Dala¡ Lama y a todo el que se encuentre a varios kilómetros a la redonda y no volveremos a oír nada de él.

– No, no hará eso -dije-. Nos quiere mucho.

– De todas formas -añadió Alvah-, todo termina siempre en lágrimas.

31

Entonces, y como si el dedo de Japhy me indicara el camino, inicié mi marcha hacia el norte, camino de la montaña.

Era la mañana del 18 de junio de 1956. Bajé y dije adiós a Christine y le di las gracias por todo y seguí carretera abajo. Me despidió agitando la mano desde la entrada de la casa.

– Nos vamos a sentir muy solos por aquí ahora que todos se han ido y no celebraremos fiestas los fines de semana -había dicho.

Disfrutó de verdad con todo lo que había pasado. Allí se quedó junto a la puerta, descalza con la pequeña Prajna al lado, también descalza, mientras me alejaba por el prado de los caballos.

El viaje hacia el norte fue fácil, como si me acompañaran los buenos deseos de Japhy de que llegara a la montaña que sería mía para siempre. En la 101 me cogió inmediatamente un profesor de sociología, originario de Boston, que solía cantar en Cape Cod y que el día anterior se había desmayado en la boda de un amigo porque llevaba algún tiempo ayunando. Cuando me dejó en Cloverdale compré víveres para el camino: un salchicón, un trozo de queso Cheddar, RyKrisp y unos dátiles de postre, todo cuidadosamente metido en mis bolsas para comida dentro de la mochila. Todavía me quedaban cacahuetes y uvas pasas de la última excursión. Japhy había dicho:

– No necesitaré esos cacahuetes y uvas pasas en el mercante.

Lo recordé con algo de tristeza, y también cómo era de cuidadoso Japhy en lo que se refiere a la comida y yo deseé que todo el mundo se ocupara en serio de las cuestiones alimenticias en lugar de fabricar cohetes y aparatos y explosivos, utilizando el dinero de la comida de todo el mundo en hacerlo saltar todo por los aires.

Anduve como un par de kilómetros después de comer en la parte de atrás de un garaje, y llegué a un puente del río Russian, donde quedé atascado bajo una luz grisácea lo menos durante tres horas. Pero, de repente, me recogió para hacer un trayecto inesperadamente corto un granjero con un tic en la cara que iba con su mujer e hijo hasta un pueblecito, Preston, donde un camionero se ofreció a llevarme hasta Eureka ("¡Eureka!", grité) y en seguida se puso a hablar conmigo y me dijo:

– ¡Maldita sea! No sabes lo solo que me siento en este trasto. Me gusta tener alguien con quien hablar por la noche. Si quieres te llevaré hasta Crescent City.

Quedaba un poco apartado de mi camino, algo más al norte de Eureka, pero dije que muy bien. El tipo se llamaba Ray Breton y me llevó unos cuatrocientos cincuenta kilóme tros bajo la lluvia, hablando sin parar toda la noche de su vida, sus hermanos, sus mujeres, hijos, padre, y en Humboldt Redwood Forest, en un restaurante llamado El Bosque de Arden, cenamos maravillosamente bien mariscos y pastel de fresas y helado de vainilla de postre. Tomamos mucho café y lo pagó todo él. Conseguí que dejara de hablar de sus problemas y empezamos a hablar de las Cosas Importantes, y dijo:

– Sí, los que son buenos van al Cielo porque han estado en el Cielo desde el principio. -Lo que me pareció muy justo.

Viajamos toda la noche bajo la lluvia y llegamos a Crescent City al amanecer. Era un pueblo junto al mar y había niebla. Aparcó el camión en la arena, junto a la orilla, y dormimos una hora. Luego se fue después de invitarme a desayunar: tortitas y huevos. Probablemente se había cansado de pagarme la comida. Entonces anduve hasta las afueras de Crescent City y seguí por una carretera hacia el este. Era la autopista 199 y por ella volví a la 99 que me llevaría a Portland y Seattle más deprisa que la pintoresca, pero más lenta, carretera de la costa.

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