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Ahora empezaba a distinguir las Cascadas en el horizonte, al nordeste; increíbles inmensidades y rocas aserradas y cubiertas de nieve que te hacían tragar saliva. La carretera corría por los fértiles valles del Stilaquamish y el Skagit: unos valles con granjas y vacas pastando ante aquel telón de fondo de cimas cubiertas de nieve. Cuanto más al norte iba, mayores eran las montañas, hasta que empecé a tener miedo. Me recogió un individuo que parecía un pulcro abogado con gafas en un coche muy serio, pero que resultó ser el famoso Bat Lindstrom, el campeón de automovilismo, y su coche tan serio tenía el motor preparado y podía llegar a doscientos ochenta kilómetros por hora. Y se puso a demostrármelo lanzando el coche como una exhalación para que pudiera oír aquel poderoso rugido. Luego me cogió un maderero que dijo que conocía a los guardas forestales del sitio adonde yo iba, y añadió:

– El valle del Skagit sigue al del Nilo en fertilidad.

Me dejó en la 1-G, que llevaba a la 17-A, la cual se metía en el corazón de las montañas, y, de hecho, terminaba en un camino de tierra, en la presa del Diablo. Ahora estaba de verdad en la zona montañosa. Los que me cogían eran madereros, buscadores de uranio, granjeros, y me llevaron hasta el último pueblo grande de Skagit Valley, Sedro Woolley, un pueblo con un importante mercado, y luego seguí por una carretera que cada vez era más estrecha y con más curvas, siempre entre escarpaduras y el río Skagit, que cuando lo cruzamos por la 99, era un río de ensueño con prados a ambos lados, y ahora era un torrente de nieve fundida que corría rápido entre orillas cubiertas de barro. Empezaron a aparecer acantilados a ambos lados. Las montañas cubiertas de nieve habían desaparecido, ya no podía verlas aunque sentía su presencia; y más y más cada vez.

32

En una vieja taberna vi a un viejo decrépito que casi no podía moverse detrás del mostrador cuando le pedí una cerveza.

"Prefiero morir en una cueva glacial a pasar una tarde eterna en un sitio polvoriento como éste", pensé.

Una pareja muy amartelada me dejó junto a una tienda de comestibles de Sauk y allí hice el trayecto final con un chuleta de largas patillas morenas, un loco y borracho guitarrista del Skagit Valley que conducía como un demonio y que se detuvo entre una nube de polvo delante de la Estación Forestal de Marblemount. Estaba en casa.

El ayudante del guardabosques estaba de pie mirándonos.

– ¿Es usted Smith? -Sí.

– ¿Y ése? ¿Es amigo suyo?

– No, sólo me recogió y me trajo hasta aquí.

– ¿Quién se cree usted que es para andar a esa velocidad por propiedades del gobierno?

Tragué saliva, había dejado de ser un bikhu libre. No lo volvería a ser hasta que me encontrara en mi montaña la semana próxima. Tenía que pasar una semana entera en la Escuela de Vigilantes de Incendios con un montón de jóvenes, todos llevando cascos; unos lo llevaban muy derecho, y otros, como yo, ladeado. Abrimos cortafuegos en el bosque o talamos árboles o provocamos pequeños incendios experimentales. Y allí conocí al antiguo guardabosques y leñador Burnie Byers, el "hachero" al que Japhy imitaba siempre con su voz profunda y extraña.

Burnie y yo nos instalábamos en el bosque dentro de su camión y hablábamos de Japhy.

– Es una vergüenza que Japhy no haya vuelto este año. Era el mejor vigilante de incendios que he tenido nunca y, además, el mejor montañero que he visto en la vida. Siem pre dispuesto a subir, deseando llegar a las cumbres. Sin duda el mejor chaval que he conocido nunca. No le tenía miedo a nadie y siempre daba su opinión. Eso era lo que más me gustaba de él. Si llega un momento en que uno no puede decir lo que piensa, entonces debe perderse en lo más profundo del bosque y dejarse morir en una choza. Y una cosa más sobre Japhy: esté donde esté, en todo lo que le queda de vida y por muy viejo que sea, siempre lo pasará bien.

Burnie tenía unos sesenta y cinco años y de hecho hablaba en tono paternal de Japhy. Algunos de los otros chicos le recordaban también y me preguntaron cuándo volvería. Aquella noche, como era el cuarenta aniversario de Burnie en el Servicio Forestal, los demás guardabosques le hicieron un regalo, que consistía en un cinturón de acero. Burnie siempre tenía problemas con los cinturones y en aquella época llevaba una cuerda sujetándole los pantalones. Así que se puso el cinturón y dijo algo divertido de que lo mejor sería que no comiera mucho, y todos aplaudieron y rieron. Me dije que Burnie y Japhy probablemente eran las dos personas mejores y más trabajadoras de todo este país.

Después del cursillo en la escuela pasé cierto tiempo subiendo a las montañas que había detrás del puesto forestal o simplemente sentado a orillas del Skagit con la pipa en la boca y una botella de vino entre las piernas; tardes y noches enteras a la luz de la luna, mientras los otros se iban a beber cerveza al pueblo. El río Skagit, en Marblemount, era un claro arroyo de nieve líquida de un verde purísimo; arriba, los pinos del noroeste se amortajaban entre nubes; y más allá, había cumbres con nubes desfilando por delante de ellas que a veces dejaban pasar los rayos del sol. Era una creación de las tranquilas montañas; sin duda lo era este torrente de pureza que tenía a los pies. El sol brillaba en los rablones y algunos troncos hacían frente a la corriente. Los pájaros revoloteaban por encima del agua, buscando a los sonrientes peces escondidos que sólo muy raramente daban un salto fuera del agua, arqueados sus lomos, y caían de nuevo al agua, que borraba toda huella y seguía corriendo. Troncos y tocones pasaban flotando a cuarenta kilómetros por hora. Supuse que si trataba de cruzar el río nadando, aunque fuera tan estrecho, no alcanzaría la otra orilla hasta un kilómetro más abajo. Era un río maravilloso con un vacío de eternidad dorada, olor a musgo y corteza y ramas y barro, todo haciendo desfilar misteriosas visiones ante mis ojos y, sin embargo, tranquilo y perenne como los árboles de las laderas y el sol que bailaba. Cuando miraba hacia las nubes, éstas adquirían, según me dije, rostros de eremitas. Las ramas de los pinos parecían contentas bañándose en el agua. Las copas de los árboles parecían encantadas de que las nubes les sirvieran de sudario. Las hojas acariciadas por el viento del nordeste y besadas por el sol parecían hechas para el goce. Las nieves de las alturas del horizonte, libres de toda senda, parecían acogedoras y cálidas. Todo parecía libre para siempre y agradable; todo más allá de la verdad, más allá del azul del espacio vacío.

– Las montañas son poderosamente pacientes, hombreBuda -dije en voz alta y tomé un trago.

Hacía frío, pero cuando el sol alcanzaba el tronco en el que estaba sentado, éste se convertía en un horno al rojo vivo. Cuando volvía bajo la luz de la luna a ese viejo tronco, el mundo era como un sueño, como un fantasma, como una burbuja, como una sombra, como el rocío que se evapora, como el resplandor de un relámpago.

Por fin había llegado el momento de prepararme para subir a la montaña. Compré comida a crédito por valor de cuarenta y cinco dólares en la pequeña tienda de Marble mount y lo cargamos todo en el camión -Happy el mulero y yo-, y fuimos cuesta arriba hasta la presa del Diablo. A medida que avanzábamos, el Skagit se hacía más estrecho y más parecido a un torrente y, finalmente, empezó a saltar sobre las rocas alimentado por cascadas que caían de las boscosas paredes de piedra que lo flanqueaban, y cada vez se hacía más peñascoso y salvaje. Habían represado el río Skagit en Newhalem, y también en la presa del Diablo, donde un gigantesco ascensor estilo Pittsburgh te llevaba hasta una plataforma al nivel del lago del Diablo. Cuando hacia 1890 la fiebre del oro llegó a esta región, los buscadores construyeron un sendero entre los riscos de sólida roca de la garganta que iba de Newhalem hasta lo que es hoy el lago Ross, donde estaba la última presa, y habían llenado los arroyos Ruby, Granite y Canyon de yacimientos que nunca merecieron la pena. Ahora la mayor parte de esta senda quedaba debajo del agua. En 1919 un incendio había devastado la región alta del Skagit, y toda la zona que rodeaba Desolación, mi montaña, había ardido y ardido durante dos meses, llenando el cielo de la parte septentrional de Washington y la Columbia Británica de humo que ocultaba el sol. El gobierno intentó combatirlo enviando mil hombres con recuas de mulas que tardaron en llegar tres semanas desde Marblemount, así que sólo las lluvias pudieron con el incendio y apagaron las llamas, aunque, según me dijeron, todavía se veían troncos carbonizados en el pico de la Desolación y en algunos valles. Ésa era la razón del nombre: Desolación.

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