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Estoy dispuesta a luchar contigo, presidente.

¿Alguna idea?

Sí.

Oigámosla.

Ella empieza a describir sus tropas culturales y le explica las obras en las que ha estado trabajando. Todos los personajes son simbólicos. Aunque los medios son muy limitados -por ejemplo, los actores trabajan en sus patios traseros y utilizan utensilios de cocina como accesorios-, su devoción, entusiasmo y potencial son enormes. Le dice que está dispuesta a traer la tropa a Pekín para presentársela.

Mantente lejos de Pekín, ordena él. Hazlo en Shanghai. Habla con mi amigo Ke Qin-shi, el alcalde de Shanghai, para los fondos de producción. Es mi hombre. Iría yo mismo a apoyarte, pero sería demasiado evidente. Ve a Ke de mi parte y dile que me representas. Busca a escritores de confianza. Exige una denuncia y una crítica nacional a Hairui es despedido de la oficina. Será un globo sonda. Si hay respuesta, dejaremos a un lado nuestra preocupación. Pero si no la hay estaremos en un apuro.

Ella es incapaz de pronunciar una palabra más. Es tan feliz que cree mejor despedirse para ocultar su emoción.

Él da una calada y la acompaña a la puerta. Un momento, Jiang Qing, dice, y espera a tener toda su atención. Te has quejado de que te he tenido enjaulada. Puede que tengas razón. Han pasado veinte años, ¿no? Perdóname. Me he visto obligado a hacerlo. Estoy en una posición difícil. En cualquier caso, voy a ponerle fin. Ya has pagado lo suficiente. Sal al mundo y rompe el hechizo.

Ella se arroja a su pecho.

Él la abraza y la tranquiliza.

Mientras ella llora llega el amanecer para revelar sus maravillas.

La secretaria me dice que el alcalde Ke ha acudido a recibirme con dos horas de antelación. Así lo dicta la etiqueta. Digo a la secretaria que agradezco la hospitalidad del alcalde.

El silencioso coche me lleva al número 1.245 de la calle Hua-shan. El alcalde Ke está sentado a mi lado y anota cada palabra que digo. Lo saludo de parte de Mao y le comento que necesito escritores.

¿No tenéis buenos escritores en Pekín? ¿No atrae a grandes cerebros la ciudad imperial?

Sonrío. Una sonrisa que da a entender que se trata de un asunto totalmente confidencial. Una sonrisa que el alcalde Ke lee y comprende. Es de familia campesina y tiene una cabeza que recuerda una cebolla. Lleva una prenda de algodón blanca y unas sandalias de algodón negras. Un atuendo que el cuadro de dirigentes del Partido utiliza para demostrar su origen revolucionario. Los zapatos de cuero son un indicio burgués. Estoy segura de que dará usted resultados que satisfarán a Mao, digo. Dejo que se tome todo el tiempo del mundo, que cuente con los dedos y calcule su margen de ganancias.

El alcalde Ke me pide que responda a una pregunta. Una pregunta y eso es todo. Asiento. ¿Ya no son dignos de confianza los escritores de Pekín?

No respondo.

Entiende. Entiende que Mao considera Shanghai como su nueva base. Entiende que Mao está listo para arrasar Pekín.

A la mañana siguiente el alcalde Ke me llama y dice que se dispone a enviar a mi villa a un escritor llamado Chun-qiao. Chun-qiao es el redactor jefe del periódico Wen-hui de Shanghai. Nunca he conocido a nadie mejor que él.

Salude efusivamente al camarada Chun-qiao de parte del presidente, digo.

Dos horas más tarde llega Chun-qiao. Bienvenida a Shanghai, señora Mao. Se inclina y me estrecha la mano. Es muy flaco y fuma. Tras unos minutos de conversación, su mente me parece muy aguda.

Shanghai hará lo que quiera la señora. Sonríe enseñando todos los dientes.

La primera noche que paso en Shanghai me cuesta dormirme. La ciudad me hace recordar cómo me consumía por Tang Nah y Dan, y cuánto anhelaba la atención de Junli. No había en mi cuerpo ni un palmo de piel intacta. Con cuánta heroicidad luché contra el destino. Mi juventud fue una espléndida hoguera de hierbas de pasión que olían fuerte. Nunca he olvidado el olor de Shanghai.

Es una noche agridulce y patéticamente emotiva. No puedo evitar evocar el pasado. Mi sufrimiento. La lucha, la sensación de estar embrollada en mis propios intestinos, agachada pero incapaz de defenderme. Poco a poco el camino de tierra de la memoria desaparece en el horizonte llano. Contemplo cómo arden mis sentimientos y esparzo las cenizas. Me doy cuenta de que no puedo vivir con mis viñas tendidas al sol, tengo que aprender a ser mi propio hombre de confianza. En ese sentido hago justicia a mi nombre. Jiang Qing. «El color verde viene del azul pero es más intenso.»

Chun-qiao demuestra ser una buena elección. Tiene una idea muy clara de quién soy y me trata como a un igual de Mao. Con el mismo respeto, lucha por mis ideas y engruesa mis filas. La gente dice que nunca sonríe. Pero cuando viene a verme se abre como una rosa. Detrás de las gruesas gafas, sus ojos parecen renacuajos. Las pupilas no paran quietas. Me dice que le he dado una nueva vida. Creo que quiere decir una escalera hacia el paraíso político. Me dice que lleva muchos años esperando este momento. Ha nacido para consagrar su vida a una causa, para ser el leal primer ministro de un emperador.

Ella agradece el comentario de Chun-qiao. Día tras días su periódico la llama «la portadora de la bandera roja», y «la fuerza vigilante del maoísmo». Los artículos enumeran sus hazañas como revolucionaria y ayudante más próxima a Mao. Chun-qiao pone el énfasis en la creciente oposición de Mao. «Sin un ángel de la guarda como la camarada Jiang Qing, el futuro de China se irá al traste.»

Redoblan los tambores. La actriz se prepara para hacer su papel. Decidida a influenciar a los demás, no se da cuenta de lo sensible que es a su propia propaganda. Nunca le ha faltado pasión. Empieza a tantear su papel en la vida cotidiana. Adquiere la costumbre de empezar sus discursos con la frase: «A veces me siento demasiado débil para sostener el cielo del presidente Mao, pero me obligo a aguantar, porque apoyar a Mao es apoyar a China; morir por Mao es morir por China».

Cuanto más habla, más rápidamente se funde con su papel, hasta que muy pronto no se distinguen. Ya no es capaz de abrir la boca sin mencionar que el Gran Salvador del Pueblo, Mao, está en peligro. Le parece que la frase la une al público: la heroína que arriesga su vida por la leyenda. Se emociona ella sola al repetir las frases. Una vez más está en la cueva de Mao; una vez más siente sus manos subiendo por debajo de su camisa; y una vez más vuelve a ella la pasión.

Se vuelve enérgica y sana. La reacción del público a los medios de comunicación es febril. Dondequiera que va la reciben con efusividad y admiración. El círculo de las artes y el teatro de Shanghai acude a abrazarla. Los jóvenes talentos hacen cola a sus pies y le piden una oportunidad para ofrecer su vida. Reservad vuestro talento para el presidente Mao, dice ella dándoles palmaditas en la espalda y afectuosos apretones de manos. Sin perder tiempo, Chun-qiao reúne a adeptos y forma lo que llama «la base roja moderna de la señora Mao».

En el proceso de volverse a crear, ella estudia los escritos de Chun-qiao y recita sus frases en los mítines. En mayo vuelve a Pekín para comentar la situación con Mao.

Mi marido no está. Se ha ido al sur y ha desaparecido en el hermoso paisaje del lago Oeste. Cuando envío a su secretaria un telegrama pidiendo una cita para verlo y ponerle al corriente de mis avances, él me manda un poema sobre el famoso lago por toda respuesta.

Hace años vi un cuadro de este lugar,

no creí que tal maravilla existiera bajo el cielo.

Hoy, recorriendo el lago,

he llegado a la conclusión de que el cuadro necesita retoques.

Creo que es posible que esté dispuesto por fin a volver a abrirme su corazón. No puedo olvidar el poema que envió a Fairlynn y cuánto me dolió. Lo de las vírgenes se lo perdono. Sí, le guardo rencor, pero nunca lo he odiado. Nunca he deseado que lo derrocaran, ni en los peores momentos. Los designios divinos son extraños. Aquí lo tengo, delante de mí para que lo ayude. Nunca he sido supersticiosa hasta ahora.

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