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No es el fin de Liu, pero sí un fuerte puñetazo en el estómago. En el mundo de Mao uno se ve continuamente expuesto a la confusión y el terror. A lo largo de la Revolución Cultural, Mao hace creer a Jiang Qing que está heredando China. Lo que le oculta es que está haciendo la misma promesa a otros, incluidos aquellos a quienes ella considera sus enemigos, Deng Xiao-ping y el mariscal Ye Jian-ying. Cuando Deng empieza a creer que se ha hecho con el poder de la nación, Mao cambia de parecer y entrega la llave del poder a otro.

La señora Mao conoce tan bien como cualquiera las tácticas de su marido. Pero durante esta estación febril se cree exenta. Se considera la principal promotora de la salvación de Mao. Representa con tanta convicción su papel que se ha perdido en él. Sacrifica más de lo que cree.

Estoy preocupada por Nah. Le pido que me ayude a controlar el ejército. Ha terminado con buenas calificaciones su licenciatura de historia en la Universidad del Pueblo. Pero Nah es una semilla defectuosa que no brotará. Para ayudarla pido al mariscal Lin que me presente personalmente a Wu Fa-xian, el comandante de las fuerzas aéreas. Le pregunto si puede ofrecer a Nah un puesto de redactora sénior en El Diario del Ejército de Liberación. Me concede el favor y Nah empieza a trabajar. Unas semanas más tarde dice que está aburrida. Por mucha saliva que gasto, no piensa volver.

Durante las dos pasadas semanas mi preocupación por Nah me ha quitado el sueño. Intento que Mao me ayude pero está de un humor de perros. Se siente frustrado porque no logra hacer que la gente odie al vicepresidente Liu. Cree que la popularidad de Liu es una conspiración en sí misma. ¡Cortad cabezas!, dijo Mao la última vez que estuvimos juntos. No le importa el futuro de Nah. Me ha pedido que escoja entre ayudarle a él o a Nah.

Hoy estoy tratando de convencer a la hija de otro. Estoy ayudando a Mao. Se llama Tao y es la hija que tuvo el vicepresidente en su anterior matrimonio. Está resentida por el divorcio de su padre y no se lleva bien con su madrastra, Wang Guang-mei. La voy a ver y la invito a comer. Le brindo la oportunidad de ser maoísta. La escucho con paciencia y dirijo sus pensamientos. La presiono hasta que es capaz de expresarse libremente sin temor.

Creo que mi padre es un promotor del capitalismo, empieza la joven.

Sí, Tao, asiente la señora Mao con delicadeza. Se te va a hacer la justicia que mereces. Utiliza un tono más firme y acorta la frase. Suprime el «creo» y di: Mi padre es un promotor del capitalismo. Dilo sin miedo. Piensa en cómo tu madrastra consiguió que tu padre abandonara a tu madre. Piensa en que ocupa el lugar de tu madre en la cama. Recuerda tu triste infancia. Wang Guangmei debe pagar por tu sufrimiento. No llores, Tao. Siento tu dolor. Hija mía, es tu tía Jiang Qing quien te habla. Tío Mao está contigo. Déjame decirte que Mao sacó su propio cartel de grandes caracteres el 5 de agosto. Se titula «Bombardead el cuartel general». Estoy segura de que sabes a quién está bombardeando, ¿no? Es para salvar a tu padre Liu Shao-shi. Para impedir que lo borren de la historia. Debes ayudarlo. Tío Mao y yo sabemos que no estás de acuerdo con tu padre y tu madrastra. Eres una marginada de la familia Liu. Aquí tienes la oportunidad de ser una verdadera revolucionaria. Nadie más va a hablar contigo, Tao. Debes hacerlo tú sola. Deja que entre la luz en tu oscura vida, niña. Vamos, pon por escrito tus pensamientos y léelos en el mitin de mañana.

La joven tiembla al terminar su discurso. Se titula «El alma del diablo: Denunciando a mi padre Liu Shao-shi». Causa un fuerte impacto. La noticia de la corrupción de Liu se difunde de la noche a la mañana. Coloreados por los rumores y avivados por las imaginaciones, los horripilantes detalles viajan de oído en oído. Todas las paredes y los edificios de China se cubren de caricaturas que representan a los Liu como sanguijuelas. Describen a la pareja como traidores y agentes occidentales desde su más tierna infancia.

El 25 de agosto Kuai Da-fu se pone al frente de cinco mil guardias rojos para repartir folletos sobre el gran acontecimiento inminente: «El juicio de los Liu». Marcha a través de la plaza de Tiananmen y grita por los altavoces: «Derrocad, aplastad, hervid y freíd a Liu Shao-shi y a su socio Deng Xiao-ping!».

Estoy sentada en la sala verde del Estadio de los Trabajadores de Pekín. Son las ocho de la mañana. El estadio está atestado, cuarenta mil guardias rojos, estudiantes, obreros, campesinos y soldados. He venido para poner a prueba mi poder. Kuai Da-fu ha estado al frente animando a la multitud. El ruido es ensordecedor.

Kuai Da-fu ha tenido como rehenes a más de cincuenta miembros del congreso y del Politburó. Entre ellos el alcalde de Pekín, el jefe del Departamento de Cultura, y Luo Rei-qing, el ex ministro de Defensa Nacional. Son los hombres que creen que no necesitan respetarme porque su lealtad a Mao los respaldará en caso de un malentendido. Bueno, ya lo veremos.

Luo Rei-qing está en un estercolero. Se rompió la pierna al saltar de un edificio para impedir que lo detuvieran. Dos guardias rojos lo llevan con un palo al hombro como si se tratara de una vieja cabra camino del mercado. A la señora Mao le llega una carcajada de la multitud. En el escenario improvisado sus enemigos esperan colocados en hilera. Tienen las manos esposadas a la espalda. Kuai Da-fu pone a cada uno unas orejas de burro con sus nombres escritos con tinta negra. Entretanto la multitud canta las enseñanzas de Mao: «La revolución no es una fiesta. La revolución es violencia».

Ella ha dicho a Kuai Da-fu que Mao está satisfecho con sus logros. Aunque no le dice abiertamente que Mao quiere hacer daño a los hombres, Kuai Da-fu ha deducido qué es lo que quiere que haga.

Grito con Kuai Da-fu consignas. «¡Las enseñanzas de Mao son un rayo que raja el cielo y un volcán que resquebraja el fondo del mar! ¡Las enseñanzas de Mao son la verdad!»

Mao me ha hecho ver el secreto de gobernar. El mariscal Pertg De-huai era una persona fiel que desempeñó en otro tiempo un papel clave en la proclamación de la República. Pero según Mao eso no significaba que Peng no pudiera convertirse en asesino. La capacidad de Mao para adaptarse a los cambios emocionales es lo que lo mantiene a salvo durante todos estos años. No veo que le remuerda la conciencia. Está convencido de que la crueldad es el precio que ha de pagar.

Ella cautiva al público. Tiene a sus órdenes a quinientos mil guardias rojos repartidos por todo el país. Son más poderosos que los soldados. Son libres de espíritu y creativos. El mitin dura cuatro horas. Al terminar, los hombres son objeto de burlas y reciben una paliza. El obstinado Luo pierde las dos piernas.

¡No paréis hasta que hayamos llevado a los enemigos al precipicio!, exclama la señora Mao histérica en la sala verde. Está excitada y asustada a la vez. Kang Sheng le ha dicho que corren rumores preocupantes. Sobre «acabar con la mujer de Mao en su propia cama». Kang Sheng ha localizado la fuente en el ejército, lo que asusta aún más a la señora Mao. Los «viejos camaradas» como el mariscal Ye Jian-ying, Chen Yi, Xu Xiang-qian y Nie Rong-zhen son amigos íntimos del vicepresidente Liu. Están frustrados ante el comportamiento esquivo de Mao. La cólera es tal que el ambiente de Pekín está cargado. Flota en el aire la palabra «matar». Es tradición hacer víctima a la concubina de un emperador inepto. Matarla servirá de lección al emperador. La trágica historia de amor entre el emperador Tang y su concubina Yang es un clásico. Matar a la mujer es un método de probada eficacia para restablecer las relaciones entre los señores de la guerra.

Estoy aprendiendo a matar. Estoy aprendiendo a no temblar. No existe el terreno neutral, me digo. Matar o que me maten. El 10 de febrero de 1967 se reúne el congreso y se estrecha el vínculo entre las oposiciones. Las cuestiones a debatir son si reconocer o no mi liderazgo en el ejército; si Kuai Da-fu y sus guardias rojos están autorizados para abrir ramas del ejército, y si se debe permitir a los estudiantes organizar mítines para criticar a los dirigentes del ejército. Todas las reuniones terminan con ambos bandos golpeando la mesa. Más tarde el mariscal Tan Zhen-lin entrega a Mao una carta de petición secreta firmada por los «viejos camaradas».

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