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– Señorita -dijo una voz tras ella-, los novios la esperan en el río para las fotos.

Se volvió; era uno de los testigos.

– Claro, voy para allá.

Entró corriendo en la iglesia a recoger el material, y cuando guardaba las piezas de la cámara en su estuche rectangular oyó que la llamaban:

– ¿Alice?

Se giró sabiendo ya quién era.

– ¿Sí?

Ante ella estaban Giada Savarino y Giulia Mirandi.

– Hola -dijo la primera, arrastrando la a final, y se acercó para besarla.

La otra, con los ojos bajos como en el instituto, no se movió de donde estaba.

Alice procuró que su mejilla apenas rozara la de Giada y no abrió los labios.

– ¿Qué haces aquí? -le preguntó ésta.

Alice pensó que era una pregunta tonta y contestó sonriendo:

– Fotos.

Giada encajó la respuesta con una sonrisa que le formó los mismos hoyuelos que a los diecisiete años.

Tenía gracia encontrarlas allí, vivas, con un trocito de pasado en común que de pronto nada importaba.

– Hola, Giulia -dijo Alice, no sin esfuerzo.

Giulia sonrió y a duras penas logró articular:

– Supimos lo de tu madre. Lo sentimos mucho.

Giada asintió dando varias cabezadas, para mostrar que también ella lo sentía.

– Gracias -repuso Alice, y siguió recogiendo aprisa los bártulos.

Giada y Giulia se miraron, y la primera, tocándole el hombro, le dijo:

– Bueno, te dejamos trabajar, que estás muy ocupada.

– Bien.

Y dando media vuelta echaron a andar hacia la calle, con un taconeo que retumbó en el ámbito de la iglesia ya vacía.

Los novios la esperaban a la sombra de un gran árbol, sin abrazarse. Alice aparcó junto al Porsche y se apeó con la cámara al hombro. Hacía calor y el pelo se le pegaba a la nuca.

– Hola -dijo yendo hacia ellos.

– Ali -le contestó Viola-, no imaginaba que…

– Ni yo -la interrumpió Alice.

Se dieron un abrazo con falsa efusión, como si no quisieran estropearse el vestido. Viola estaba aún más guapa que en el instituto. Con los años sus facciones se habían suavizado, sus formas eran más delicadas y sus ojos habían perdido la vibración imperceptible que tan terribles los hacía. Y seguía teniendo el mismo cuerpo perfecto.

– Él es Carlo -presentó a su flamante marido.

Alice le estrechó la mano, que sintió muy suave, y para atajar dijo:

– ¿Empezamos?

Viola asintió y miró a su marido, aunque éste no lo notó.

– ¿Dónde nos ponemos?

Alice miró a un lado y a otro. El sol caía a pico y tendría que usar el flash para eliminar las sombras de la cara. Señaló un banco a pleno sol, a la orilla del río.

– Sentaos allí.

Empleó más tiempo del necesario en preparar la cámara, montar el flash, elegir el objetivo. El novio se daba aire con la corbata y con el dedo se enjugaba las gotitas de sudor de la frente.

Alice dejó que se asaran otro poco, fingiendo buscar la distancia idónea.

Por último, empezó a darles órdenes con sequedad. Abrazaos, sonreíd, poneos serios, cógele la mano, apoya la cabeza en su hombro, susúrrale al oído, miraos, acercaos más, mirad hacia el río, quítate la chaqueta. Crozza le había enseñado que al fotografiar a las personas no hay que darles tregua ni tiempo de pensar, pues basta un instante para que la espontaneidad se esfume.

Viola obedecía y en dos o tres ocasiones preguntó con voz nerviosa si lo hacía bien.

– Bien, ahora vamos a aquel prado.

– ¿Más? -se alarmó Viola. La rojez de sus encendidas mejillas empezaba a transparentarse bajo la capa de maquillaje, y la raya de los ojos, medio corrida, le daba un aire de cansancio y dejadez.

– Echa a correr y él que te siga por el prado -pidió Alice.

– ¿Qué? ¿Tengo que correr?

– Sí, tienes que correr.

– Pero… -quiso protestar Viola y miró a su marido, que se encogió de hombros.

Resoplando, se recogió la falda y salió corriendo. Los tacones se hundían unos milímetros en la tierra y despedían pellas de barro que le manchaban los bajos del blanco traje. Su marido, que corría tras ella, la animó:

– Más rápido.

Ella se volvió con ímpetu y lo fulminó con aquella mirada que Alice recordaba muy bien.

Dejó que se persiguieran dos o tres minutos más, hasta que Viola, desasiéndose de Carlo, dijo que ya estaba bien. El peinado se le había deshecho por un lado; una de las horquillas se había soltado y un mechón de pelo suelto le caía por la mejilla.

– Unas pocas más y terminamos.

Los llevó a un quiosco y les compró dos polos de limón.

– Tomad.

Los novios no entendían y los desenvolvieron con recelo. Viola tuvo mucho cuidado de no pegotearse las manos. Debían fingir que los comían cruzando los brazos uno con otro y ofreciéndoselos recíprocamente. Viola sonreía cada vez más tirante.

Y cuando Alice le dijo que se cogiera de la farola y girara alrededor, estalló:

– ¡Qué estupidez!

El novio la miró intimidado, y luego miró a Alice como excusándose.

– Es que eso forma parte del álbum clásico -les explicó ésta sonriendo-, que es el que habéis pedido. Pero podemos saltárnoslo.

Procuró sonar sincera. Notaba el tatuaje palpitar como si fuera a saltarle de la piel. Viola la fulminó con la mirada y ella se la sostuvo hasta que los ojos le escocieron.

– ¿Hemos acabado? -preguntó al cabo la novia. Alice afirmó con la cabeza-. Pues vámonos -le dijo a su marido.

Antes de verse arrastrado, él se acercó a Alice y le dio la mano con toda educación.

– Gracias.

– De nada.

Alice los vio remontar la leve pendiente del parque y llegar al aparcamiento. Apagados, se oían los ruidos propios del sábado: risas de niños en el tiovivo, voces de madres vigilantes. Llegaban también de lejos, como ruido de fondo, un eco de música y el rumor del tráfico en la avenida.

Le habría gustado contárselo a Mattia, porque él lo entendería. Pero ahora Mattia estaba lejos. Y pensó en el cabreo que cogería Crozza, pero que al final, bien lo sabía, la perdonaría.

Y sonriendo sacó el carrete de la cámara y allí mismo, a la brillante luz solar, desenrolló la película de punta a cabo.

Lo que queda (2007)

31

Su padre telefoneaba los miércoles por la tarde, entre ocho y ocho y cuarto. En los últimos nueve años se habían visto pocas veces, la última hacía mucho, pero cuando sonaba el teléfono en el pisito de Mattia, nunca quedaba sin respuesta. En las largas pausas de la conversación reinaba el mismo silencio a ambos lados de la línea, un silencio sin ruido de televisiones, radios o invitados que hicieran tintinear platos y cubiertos.

Mattia se imaginaba a su madre oyendo la conversación sentada en el sillón, los brazos apoyados en los del asiento y la misma expresión inmutable, como cuando Michela y él iban a primaria y ella se sentaba en la misma butaca para oírlos recitar poemas de memoria, que Mattia se sabía perfectamente y Michela, inútil para todo, no, por lo que se quedaba callada.

Y todos los miércoles, cuando colgaba, Mattia se preguntaba si el sillón seguía teniendo aquel estampado de flores de azahar, que él recordaba ya gastado, o si lo habían cambiado. Y se preguntaba si sus padres habían envejecido. Sí, habían envejecido, se lo notaba a su padre en la voz, más lenta, más cansada, y en la manera de respirar, ruidosa, cada vez más parecida a un jadeo.

Su madre lo llamaba de tarde en tarde y sólo para hacerle las preguntas de marras, siempre las mismas: si hacía frío, si había cenado ya, cómo iban las clases. Las primeras veces Mattia contestaba que allí se cenaba a las siete, luego simplemente que sí.

– Diga -contestó en italiano. No era necesario hablar en inglés. Su número de teléfono lo tenían como mucho diez personas, a ninguna de las cuales se le ocurriría llamarlo a aquellas horas.

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