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– Fuiste todo el tiempo agarrado a la manilla y rogándome «Despacio… Despacio…» -se burló poniendo una vocecilla atiplada y miedosa.

Mattia recordó que en realidad había ido de mala gana. Aquella tarde tenía que estudiar para un examen de análisis y sólo aceptó porque para ella parecía algo de vida o muerte. Se había pasado todo el rato pensando en las horas de estudio que perdía. Ahora que lo recordaba se sintió estúpido, como se siente uno si piensa cuánto tiempo se pierde deseando estar en otro sitio. Quiso ahuyentar aquellos pensamientos y dijo:

– Nos pasamos media hora dando vueltas para encontrar un sitio libre donde supieras aparcar.

– Era sólo una excusa para estar más rato contigo. Pero tú nunca te enterabas de nada.

Se echaron a reír para conjurar los fantasmas que aquellas palabras trajeron.

– ¿Adónde voy? -preguntó Mattia en tono serio.

– Da la vuelta.

– Vale. Pero ya está bien. Ahora conduces tú.

Cambió de tercera a segunda sin que Alice tuviera que decírselo y tomó bien la curva. Enfiló una carretera en sombra, más estrecha que la otra y sin mediana, emparedada entre grandes edificios iguales y sin ventanas.

– Paro ahí delante.

Se disponía a hacerlo cuando por la esquina apareció un tráiler en sentido contrario, ocupando buena parte de la calzada.

Mattia aferró el volante. No tenía el reflejo de pisar el freno y lo que hizo fue apretar el acelerador. Alice buscó con la pierna buena un pedal de freno inexistente. El camión se echó un poco a un lado, pero no redujo.

– No paso -se asustó Mattia-, no paso.

– Frena -ordenó Alice aparentando calma.

Él no lograba pensar. El tráiler se acercaba y el conductor por fin aminoraba. Mattia tenía el pie como agarrotado sobre el acelerador y sólo pensaba en cómo pasar por el lado. Se acordó de cuando él y Michela bajaban por la rampa de la pista de bicis con sus bicicletas; al final él frenaba y pasaba despacio entre los postes que vedaban la entrada a los coches; Michela, en cambio, en su bici con ruedecillas, pasaba a toda velocidad tan campante y sin rozarlos nunca con el manillar.

Se desvió un poco a la derecha y casi pareció que iba a estamparse contra los edificios. Alice repitió:

– Frena; el pedal del medio.

Mattia lo pisó de golpe con los dos pies; el coche dio un frenazo y se detuvo a dos palmos de la pared.

Mattia se golpeó la cabeza contra la ventanilla, pero el cinturón lo retuvo. Atice se dobló hacia delante como un junco, aunque iba agarrada firmemente de la manilla. El camión pasó por su lado como si tal cosa, escindido en dos largos segmentos rojos.

Se quedaron callados unos segundos, como haciéndose cargo de lo tremendo de la situación. Al cabo Alice se echó a reír. A Mattia le escocían los ojos y los tendones del cuello le palpitaban como si fueran a reventar.

– ¿Te has hecho daño? -le preguntó ella, aún riendo como si no pudiera parar.

Él estaba asustado y no contestó. Ella procuró ponerse seria.

– Déjame ver. -Se quitó el cinturón y se inclinó hacia él.

Mattia miraba la pared, tan próxima, y pensaba que impactar contra aquella superficie rígida habría supuesto la liberación brusca de la energía cinética que ahora le hacía temblar las piernas.

Por fin levantó los pies del freno y el coche, calado, se movió un poco hacia atrás por la levísima pendiente de la carretera. Alice echó el freno de mano.

– No es nada -le dijo tocándole la frente.

Él cerró los ojos, inclinó la cabeza y se concentró en no llorar.

– Vamos a casa y te tumbas un rato -sugirió ella, como si vivieran en la misma casa.

– No; me voy a mi casa -protestó Mattia con escasa convicción.

– Ya te llevo luego, ahora has de descansar.

– Tengo que…

– Calla.

Bajaron del coche para cambiarse de sitio. Había oscurecido casi por completo y en el horizonte apenas quedaba una última franja de luz.

No cambiaron palabra en todo el trayecto. Mattia llevaba la cabeza apoyada en la mano derecha. Se frotaba los ojos y se oprimía las sienes. Leía una y otra vez en el retrovisor «Objetcs in the mirror are closer than they appear». Pensando en el artículo que había dejado que escribiera Alberto solo y en los disparates que podía poner, se decía que debía volver cuanto antes. Además, tenía que preparar las clases en su piso, un lugar silencioso.

A ratos Alice, apartando la vista de la carretera, lo miraba preocupada. Procuraba conducir despacio. Se preguntó si sería buena idea poner música, pero no sabía cuál le gustaba. La verdad, ya no sabía nada de él.

Llegaron. Ella quiso ayudarlo a bajar, él prefirió hacerlo solo. Ella abrió la puerta, él dudó. Alice se movía con rapidez, pero con cuidado. Se sentía responsable de lo ocurrido, como si hubiera sido la inesperada consecuencia de una ligereza temeraria por su parte.

Tiró al suelo los cojines del sofá para dejar sitio y le dijo que se tumbara; él obedeció. Fue a la cocina a prepararle un té o una manzanilla, lo que fuera, algo que pudiera llevar cuando volviera al salón.

Mientras esperaba a que el agua hirviera se puso a ordenar la cocina frenéticamente. Cada poco se volvía hacia la sala de estar, pero sólo alcanzaba a ver el respaldo del sofá azul oscuro.

Mattia no tardaría en preguntarle por qué le había pedido que viniera y ella tendría que decírselo. Ahora, sin embargo, ya no estaba segura de nada. Había visto a una chica que se parecía a él, sí, ¿y qué? El mundo está lleno de gente que se parece; lleno de coincidencias estúpidas que nada significan. Ni siquiera había hablado con la chica, ni sabía dónde encontrarla. Ahora que lo pensaba, ahora que Mattia estaba allí, todo le parecía absurdo y cruel.

Lo único que sabía es que él había vuelto y no deseaba que se fuera.

Fregó unos platos ya limpios y apilados en el fregadero, vació una olla con agua que había sobre un quemador. En el fondo había un puñado de arroz que llevaba allí semanas; vistos a través del agua, los granos parecían más grandes.

Vertió el agua hirviendo en una taza e introdujo una bolsita de té; una mancha oscura coloreó el agua. Le echó dos cucharadas de azúcar y volvió al salón.

Mattia tenía los ojos cerrados y la mano se le había deslizado al cuello; la cara, distendida, presentaba una expresión neutra. Su pecho se movía con regularidad y respiraba sólo por la nariz.

Alice posó la taza sobre la mesilla de cristal y sin dejar de mirarlo se sentó en un sillón. La respiración de Mattia la calmó. No se oía otro sonido.

Poco a poco le pareció que empezaba a pensar con más coherencia y sensatez, después de haberlo hecho como corriendo locamente a ninguna parte. Se sorprendió así en la sala de su propia casa, como si viniera de otro mundo.

Delante tenía a un hombre al que una vez conoció pero que ahora era un desconocido. Podía parecerse, en efecto, a la chica del hospital, pero idénticos no eran, eso estaba claro. El Mattia que dormía en su sofá ya no era aquel muchacho al que vio desaparecer por las puertas del ascensor cierta tarde de viento cálido y juguetón que soplaba de las montañas. No era aquel Mattia que se le había metido en la cabeza sin dejar espacio para nada más.

No; ante ella había una persona adulta que, en medio de un drama espantoso, sobre un terreno quebradizo, había rehecho su vida lejos de aquel lugar, entre gentes a las que Atice no conocía. Y ella estaba a punto de destruir todo aquello, de desenterrar un horror olvidado, por una simple sospecha, leve como el recuerdo de un recuerdo.

Aunque ahora que Mattia estaba allí, cerrados los ojos, sumido en pensamientos a ella inaccesibles, todo parecía aclarársele de pronto: le había pedido que viniera porque lo necesitaba, porque desde el día que se despidieron en aquel rellano su vida había caído en un pozo y ya no había salido; él era el cabo de aquella madeja interior que los años no habían hecho sino enredar, y si aún había una posibilidad de desenmarañarla, ahora tenía a su alcance tirar de ese cabo.

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