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El paquete que Marcial había dejado al guarda de la puerta contenía dos mascarillas, no una, para el caso de que se averíe el sistema purificador del aire en alguna, decía la nota. Y nuevamente la petición, Cuídeme de Marta, por favor. Era casi la hora del almuerzo, una mañana perdida, pensó Cipriano Algor, acordándose de los moldes, del barro que esperaba, del horno que perdía calor, de las filas de muñecos allí dentro. Después, en medio de la avenida, conduciendo de espaldas a la pared del Centro donde la frase, USTED ES NUESTRO MEJOR CLIENTE, PERO, POR FAVOR, NO SE LO DIGA A SU VECINO, trazaba con descaro irónico el diagrama relacional en que se consumaba la complicidad inconsciente de la ciudad con el engaño consciente que la manipulaba y absorbía, se le pasó por la cabeza, a Cipriano Algor, la idea de que no era sólo esta mañana la que perdía, que la obscena frase del subjefe había hecho desaparecer lo que quedaba de la realidad del mundo en que aprendió y se habituó a vivir, que a partir de hoy todo sería poco más que apariencia, ilusión, ausencia de sentido, interrogaciones sin repuesta. Dan ganas de estrellar la furgoneta contra un muro, pensó. Se preguntó por qué no lo hacía y por qué nunca, probablemente, lo llegaría a hacer, después se puso a enumerar sus razones. Pese a que ésta se encuentra dislocada en el contexto del análisis, por lo menos en principio, las personas se suicidan precisamente porque tienen vida, la primera de las razones fuertes de Cipriano Algor para no hacerlo era el hecho de estar vivo, luego en seguida apareció su hija Marta, y tan junta, tan ceñida a la vida del padre, que fue como si hubiese entrado al mismo tiempo, después vino la alfarería, el horno, y también el yerno Marcial, claro, que es tan buen mozo y quiere tanto a Marta, y Encontrado, aunque a mucha gente le parezca escandaloso decirlo y objetivamente no se pueda explicar, hasta un perro es capaz de agarrar a una persona a la vida, y más, y más, y más qué, Cipriano Algor no encontraba ningunas otras razones, sin embargo tenía la impresión de que todavía le estaba faltando una, qué será, qué no será, de súbito, sin avisar, la memoria le lanzó a la cara el nombre y el rostro de la mujer fallecida, el nombre y el rostro de Justa Isasca, por qué, si Cipriano Algor lo que estaba buscando eran razones para no estrellar la furgoneta contra un muro y si ya las había encontrado en número y sustancia suficientes, a saber, él mismo, Marta, la alfarería, el horno, Marcial, el perro Encontrado y además el moral, por olvido no mencionado antes, era absurdo que la última, esa inesperada razón de cuya existencia inquietamente se había apercibido como una sombra o una provocación, fuese alguien que ya no pertenecía a este mundo, es verdad que no se trata de una persona cualquiera, es la mujer con quien estuvo casado, la compañera de trabajo, la madre de su hija, pero, aun así, por mucho talento dialéctico que se ponga en la olla, será difícil de sustentar que el recuerdo de un muerto pueda ser razón para que un vivo decida seguir vivo. Un amante de proverbios, adagios, anejires y otras máximas populares, de esos ya raros excéntricos que imaginan saber más de lo que les enseñan, diría que aquí hay gato encerrado con el rabo fuera. Con disculpa de lo inconveniente e irrespetuoso de la comparación, diremos que la cola del felino, en el caso a examen, es la fallecida Justa, y que para encontrar lo que falta del gato no sería necesario más que doblar la esquina. Cipriano Algor no lo hará. No obstante, cuando llegue al pueblo, dejará la furgoneta ante la puerta del cementerio donde no ha vuelto a entrar desde aquel día, y se dirigirá a la sepultura de la mujer. Estará allí unos minutos pensando, tal vez para agradecer, tal vez preguntando, Por qué apareciste, tal vez oyendo preguntar, Por qué apareciste, después levantará la cabeza y mirará alrededor como buscando a alguien. Con este sol, hora de almorzar, no será probable.

La primera media centuria en salir del horno fue la de los esquimales, que eran los que estaban más a mano, justo a la entrada. Una afortunada casualidad en la inmediata opinión de Marta, Como entrenamiento no podría tener mejor comienzo, son fáciles de pintar, más fáciles que éstos sólo las enfermeras, que van todas vestidas de blanco. Cuando las estatuillas se enfriaron del todo, las transportaron a las tablas de secado donde Cipriano Algor, armado con la pistola de pulverizar y resguardado tras el filtro de la máscara, metódicamente las cubrió con la blancura mate de la base. Para sus entretelas refunfuñó que no merecía la pena andar con eso tapándole la boca y la nariz, Bastaba que me pusiese a favor del viento, y la pintura se iría lejos, no me tocaría, pero luego pensó que estaba siendo injusto y desagradecido, sin olvidar que con este buen tiempo que hace no faltarán los días en que no corra ni un céfiro. Terminada su parte de trabajo, Cipriano Algor ayudó a la hija a colocar las pinturas, el recipiente de petróleo, los pinceles, los dibujos coloreados que servirán de modelo, trajo el banco donde ella se debería sentar, y apenas la vio dar la primera pincelada observó, Esto está mal pensado, con los muñecos puestos así en fila, como están, tendrás que desplazar constantemente el banco a lo largo de la plancha, te vas a cansar, Marcial me dijo, Qué le dijo Marcial, preguntó Marta, Que debes tener mucho cuidado, evitar las fatigas, A mí lo que me cansa es oír tantas veces la misma recomendación, Es por tu bien, Mire, si pongo ante mí una docena de muñecos, ve, están todos a mi alcance y sólo tendré que mudar el banco cuatro veces, además me viene bien moverme, y ahora que ya le he explicado el funcionamiento de esta cadena de montaje invertida, le recuerdo que no hay nada más perjudicial para quien trabaja que la presencia de los que no hacen nada, como en esta ocasión me parece que es su caso, No me olvidaré de decirte lo mismo cuando sea yo quien esté trabajando, Ya lo hizo, es decir, fue peor, me expulsó, Me voy, no se puede hablar contigo, Dos cosas antes de que se vaya, la primera es que si existe alguien con quien se puede hablar, es precisamente conmigo, Y la segunda, Deme un beso. Todavía ayer Cipriano Algor le pidió un abrazo al yerno, ahora es Marta quien pide un beso al padre, algo está sucediendo en esta familia, sólo falta que comiencen a aparecer en el cielo cometas, auroras boreales y brujas galopando en escobas, que Encontrado aúlle toda la noche a la luna, incluso no habiendo luna, que de un momento a otro el moral se vuelva estéril. Salvo que todo esto no sea más que un efecto de sensibilidades excesivamente impresionables, la de Marta porque está embarazada, la de Marcial porque está embarazada Marta, la de Cipriano Algor por todas las razones que conocemos y algunas que sólo él sabe. En fin, el padre besó a la hija, la hija besó al padre, a Encontrado le concedieron un poco de las atenciones que pedía, no se podrá quejar. Como se suele decir, aquí no ha pasado nada. Entró Cipriano Algor en la alfarería para comenzar el modelado de los trescientos muñecos de la segunda entrega, y Marta, bajo la sombra del moral, ante la mirada concienzuda de Encontrado, que ha regresado a sus responsabilidades de guardián, se prepara para acometer la pintura de los esquimales. No podía, se había olvidado de que primero era necesario lijar los muñecos, desbastarles la rebaba, las irregularidades de superficie, los defectos de acabado, después limpiarlos de polvo, y, como una desgracia nunca viene sola y un olvido en general recuerda otro, tampoco los podría pintar como pensaba, pasando de un color a otro, sucesivamente, sin interrupción, hasta la última pincelada. Se le vino a la cabeza la página del manual, ésa donde se explica con claridad que sólo cuando un color estuviere bien seco se podría aplicar el siguiente, Ahora, sí, me vendría bien una cadena de montaje en serio, dijo, los muñecos pasando ante mí de uno en uno para recibir el azul, otra vez para el amarillo, luego para el violeta, luego para el negro, y el rojo, y el verde, y el blanco, y la bendición final, esa que trae dentro todos los colores del arco iris, Que Dios te ponga la virtud, que yo, por mi parte, ya hice lo que pude, y no será tanto la virtud adicional de Dios, sujeto como cualquier común mortal a olvidos e imprevistos, la que contribuya a la coronación de los esfuerzos, sino la conciencia humilde de que si no conseguimos hacerlo mejor es simplemente porque de tal no somos capaces. Argumentar con lo que tiene que ser es siempre una pérdida de tiempo, para lo que tiene que ser los argumentos no pasan de conjuntos más o menos casuales de palabras que esperan recibir de la ordenación sintáctica un sentido que ellas mismas no están seguras de poseer. Marta dejó a Encontrado mirando por los muñecos y, sin más debates con lo inevitable, fue a la cocina a buscar la única hoja de lija fina que sabía que había en casa, Esto se gasta en un instante, pensó, tendré que comprar unas cuantas más. Si hubiese atisbado por la puerta de la alfarería, vería que las cosas tampoco allí estaban ocurriendo bien. Cipriano Algor presumió ante Marcial de haber inventado unos cuantos trucos para aligerar la obra, lo que, desde un punto de vista, por decirlo así, global, era verdad, pero la rapidez no tardó en mostrarse incompatible con la perfección, de lo que resultó un número de figuras defectuosas mucho mayor que el verificado en la primera serie. Cuando Marta volvió a su trabajo ya los primeros estropeados estaban instalados en la estantería, pero Cipriano Algor, hechas las cuentas entre el tiempo que ganaba y los muñecos que perdía, decidió no renunciar a sus fecundos aunque no irreprensibles ni nunca explicados trucos. Y así fueron pasando los días. A los esquimales siguieron los payasos, después salieron las enfermeras, y pronto los mandarines, y los asirios de barbas, y finalmente los bufones, que eran los que estaban junto a la pared del fondo. Marta bajó en el segundo día al pueblo a comprar dos docenas de hojas de lija. Era en este establecimiento donde Isaura había comenzado a trabajar, como Marta sabía desde que la visitó tras el perturbador encuentro, emocionalmente hablando, se entiende, que la vecina tuviera con el padre. Estas mujeres no se ven mucho, pero tienen motivos de sobra para que se conviertan en grandes amigas. Con discreción, de modo que las palabras no llegasen a los oídos del dueño de la tienda, Marta le preguntó a Isaura si se sentía bien en ese trabajo y ella respondió que sí, que se sentía bien, Una se habitúa, dijo. Hablaba sin alegría, pero con firmeza, como si quisiese dejar claro que el gusto nada tenía que ver con la cuestión, que fue la voluntad, y sólo ella, la que pesó en su decisión de aceptar el empleo. Marta recordaba palabras oídas tiempo atrás, Cualquier trabajo mientras pueda seguir viviendo aquí. La pregunta que Isaura hizo después, a la vez que enrollaba las hojas de lija, blandamente como es aconsejable, la entendió Marta como un eco, distorsionado pero aun así reconocible, de aquellas palabras, Y por su casa, cómo están todos, Cansados, con mucho trabajo, pero en general bien, Marcial, pobrecillo, tuvo que trabajar en el horno su día de descanso, supongo que todavía andará con los riñones arrasados. Las hojas de lija estaban enrolladas. En tanto que recibía el dinero y le daba la vuelta, Isaura, sin levantar los ojos, preguntó, Y su padre. Marta sólo consiguió responder que el padre estaba bien, un pensamiento angustioso le atravesó de súbito el cerebro, Qué va a hacer esta mujer con su vida cuando nos vayamos. Isaura se despedía, tenía que atender a otro cliente, Dé recuerdos, dijo, si en aquel momento Marta le hubiese preguntado, Qué va a hacer con su vida cuando nos vayamos, tal vez respondiese como hace poco, sosegadamente, Una se habitúa. Sí, oímos decir muchas veces, o lo decimos nosotros mismos, Uno se habitúa, lo dicen, o lo decimos, con una serenidad que parece auténtica, porque realmente no existe, o todavía no se ha descubierto, otro modo de expresar con la dignidad posible nuestras resignaciones, lo que nadie pregunta es a costa de qué se habitúa uno. Marta salió de la tienda casi deshecha en lágrimas. Con una especie de remordimiento desesperado, como si estuviese acusándose de haber engañado a Isaura, pensaba, Pero ella no sabe nada, ni siquiera sabe que estamos a punto de irnos de aquí.

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