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– Estoy metiéndome en un lío.

Esta vez el camarero no respondió en seguida. Observaba la espuma de la cerveza en el borde de su vaso.

– Igual ella vale la pena -dijo al cabo de un instante.

– Todavía no lo sé -Coy encogía los hombros-. Hay un barco hundido, como en las películas… Y me parece que hasta hay malos.

El otro lo miró por primera vez. Parecía levemente interesado.

– ¿Peligrosos?

– No tengo ni puta idea.

Estuvieron callados más rato. Siguió jugando y bebió un par de sorbos mientras el camarero terminaba su caña, recostado al extremo de la barra. Después sacó un paquete de cigarrillos de debajo del mostrador y se puso a fumar sin ofrecerle a Coy. Su mano tatuada incluía cuatro puntos azules entre los nudillos del pulgar y el índice: una marca carcelaria típica. Era joven, así que no podían haber sido muchos años. Dos o tres, calculó. Cuatro o cinco.

– Me parece -dijo Coy- que voy a seguir con esto.

El camarero asintió despacio y no dijo nada. Entonces Coy dejó dos monedas en el mostrador, guardó el resto y salió a la calle.

IV. LATITUD Y LONGITUD

Me preguntas en qué latitud y longitud me encuentro; no tengo ni idea de qué es longitud y latitud, pero son dos palabras fantásticas.

Lewis Carroll.

“Alicia en el país de las maravillas”

“Zas” movía el rabo tumbado en el suelo, apoyada la cabeza sobre un zapato de Coy. Había un rayo de sol que entraba oblicuo por la ventana, haciendo brillar el pelo dorado del labrador, y también el compás de puntas, las reglas paralelas y el transportador que estaban sobre la mesa, comprados aquella misma mañana en la librería Robinson. Las paralelas y el transportador eran Blundell Harling, y el compás un W amp; HC de latón y acero inoxidable que Coy había pedido, con dos lápices blandos, una goma de borrar, un cuaderno de hojas cuadriculadas y las últimas ediciones actualizadas del libro de faros y del Derrotero número 2 del Instituto Hidrográfico de la Marina, correspondiente a las costas españolas del Mediterráneo. Tánger Soto lo había pagado con su tarjeta de crédito, y ahora todo eso estaba sobre la mesa del cuarto de estar de la casa del paseo Infanta Isabel. El “Atlas” de Urrutia también estaba allí, abierto por la carta número doce, y Coy pasaba los dedos por la superficie ligeramente rugosa del papel grueso, blanco e intacto, superviviente a doscientos cincuenta años de guerras, catástrofes, incendios y naufragios. “De monte Cope hasta la torre Herradora u Horadada”. El levantamiento abarcaba sesenta millas de costa, horizontal y en dirección este hacia el cabo de Palos, y vertical hacia el norte desde allí, como dos lados de un rectángulo, incluyendo el lago de agua salada del Mar Menor, separado del Mediterráneo por la estrecha franja de arena de La Manga. Salvo el error que ya había apreciado la primera vez que vio la carta -Palos un par de minutos al sur de su latitud real-, el trazado de la costa era riguroso para su época: la amplia bahía arenosa de Mazarrón a poniente del cabo Tiñoso, la costa de rocas y la ensenada del Portús a levante, el puerto de Cartagena con la amenazadora crucecita que marcaba el bajo de la isla de Escombreras en la bocana, y luego de nuevo las rocas hasta la punta de Palos y las siniestras islas Hormigas, con el único resguardo de la bahía de Portman, que la carta aún mostraba libre del fango de las minas que iban a cegarla años más tarde. El grabado era de una calidad extraordinaria, con suaves punteados y finas líneas para marcar los diversos accidentes geográficos. Y tenía, como el resto de las ilustraciones del atlas, una bella cartela situada en el ángulo superior izquierdo: “Presentada al Rey Nuestro Señor por el Excmo. Sr. D. Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, y construida por el Sr. capitán de navío Don Ignacio Urrutia Salcedo”. Además de la fecha -”Año 1751” la cartela contenía también la indicación: “Los números de la Sonda son Brazas de a dos Varas Castellanas”. Coy detuvo el dedo en esa línea y miró inquisitivo a Tánger.

– Una vara castellana -dijo ella- estaba formada por tres de los llamados pies de Burgos. Eran ochenta y tres centímetros y medio… La mitad de los que vosotros los marinos llamáis brazas. Seis pies sumaban una braza española.

– Un metro sesenta y siete centímetros.

– Eso es.

Coy asintió, volviendo los ojos a la carta para observar los pequeños números que marcaban veriles de profundidad en las cercanías de fondeaderos, cabos y arrecifes. Ahora las sondas eran electrónicas, y en medio segundo proporcionaban el relieve exacto del fondo del mar con sus profundidades; pero a mediados del XVIII aquellos datos sólo podían obtenerse mediante la laboriosa tarea de sondar a mano con el escandallo, un largo cordel con lastre de plomo en el extremo. Si las sondas marcadas en el Urrutia eran brazas, sería necesario transformar en metros cada una de esas indicaciones de profundidad, para hacerlas coincidir con las cartas españolas actuales. Cada dos unidades en la carta de Urrutia se convertían así en tres metros y medio, aproximadamente.

Había dos tazas de café vacías a un lado de la mesa, junto a los lápices y la goma de borrar. También había un cenicero limpio y una cajetilla de los cigarrillos ingleses que ella fumaba a veces. Sonaba música en la minicadena del aparador: algo antiguo y tal vez francés o italiano, muy agradable; una melodía que hizo pensar a Coy en jardines con setos recortados geométricamente, fuentes de piedra y palacios al extremo de avenidas rectas. Miró el perfil de la mujer sobre la carta náutica. Le iba, pensó. Aquella música era tan apropiada como la holgada camisa caqui que llevaba abierta sobre la camiseta de algodón blanca: una camisa masculina, militar, con grandes bolsillos. La ropa informal le sentaba tan bien como la formal, con los tejanos que hacían estrechos pliegues en las ingles y junto a las rodillas, descubriendo los tobillos desnudos -también cubiertos de pecas, había comprobado con delicioso estupor- sobre las zapatillas de tenis.

Inclinándose con atención, Coy estudió las escalas de latitudes y longitudes. Desde que los fenicios empezaron a cruzar el Mediterráneo, toda la ciencia náutica se orientaba a facilitar al marino su posición sobre la carta; establecida la posición era posible conocer la derrota a seguir y los peligros de ésta. Las cartas, los portulanos y los derroteros no eran sino guías útiles, manuales para aplicar físicamente los cálculos astronómicos, geográficos, cronométricos y la combinación de éstos, que permitían, de modo directo o por estima, obtener la situación en los meridianos -latitud norte o latitud sur respecto al ecuador- y en los paralelos -longitud este o longitud oeste respecto al meridiano correspondiente-. La latitud y la longitud ayudaban a situarse sobre una carta hidrográfica, utilizando las escalas situadas en el marco de ésta. Escalas que en las cartas modernas estaban detalladas en grados, minutos y décimas, de los que cada minuto equivalía a una milla náutica convencional de 1.852 metros. La posición en los paralelos se establecía usando la escala que figuraba en la parte superior e inferior de cada carta; y la posición en los meridianos, mediante la que estaba a derecha e izquierda. Luego, con ayuda del compás y las reglas paralelas, se hacían cruzar las líneas de ambas posiciones, y en su intersección, si los cálculos se habían hecho correctamente, era donde estaba el barco. La cuestión se complicaba con factores añadidos, como la declinación magnética, las corrientes marinas y otros elementos que requerían cálculos complementarios. También había gran diferencia entre navegar con las cartas planas usadas por los antiguos, donde meridianos y paralelos medían lo mismo sobre el papel, que con las cartas esféricas, más ajustadas a la forma real de la tierra, con la distancia entre meridianos acortándose a medida que se acercaban a los polos. De Tolomeo a Mercator, la transición había sido larga y compleja; y los levantamientos hidrográficos no empezaron a alcanzar la perfección hasta finales del siglo XVIII, con la aplicación del cronómetro marino para determinar la longitud. En cuanto a la latitud, ésta se establecía desde antiguo por la observación y declinación astronómica: la ballestilla, el octante, el moderno sextante.

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