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Cinco minutos más tarde, Coy salió a la calle. El resplandor de la ciudad iluminaba nubes corriendo hacia el sudeste por el cielo oscuro, y supo que iba a rolar el viento y que tal vez llovería aquella noche. Estaba ante el portal con las manos en los bolsillos de la chaqueta mientras decidía si caminar a la izquierda o a la derecha; lo que suponía la diferencia entre un bocadillo en un bar cercano, o un paseo hasta la plaza Real y dos Bombay azules con mucha tónica. O tal vez una, rectificó con rapidez tras recordar el lastimoso estado de su billetera. Había poco tráfico en la calle, y entre las hojas de los árboles una prolongada línea de semáforos iba pasando del ámbar al rojo hasta donde alcanzaba la vista. Tras reflexionar diez segundos, justo en el momento en que el último semáforo se puso rojo y el más próximo cambió de nuevo a verde, echó a andar hacia la derecha. Ése fue su primer error de aquella noche.

LENC: Ley de los Encuentros Nada Casuales. Basándose en la conocida ley de Murphy -de la que había tenido serias confirmaciones en los últimos tiempos- Coy tendía a establecer, para consumo interno, una serie de leyes pintorescas que bautizaba con absoluta solemnidad técnica. LBMF: Ley de Bailar con la Más Fea, por ejemplo; o LTMSCBA: Ley de la Tostada de Mantequilla que Siempre Cae Boca Abajo; y otros principios más o menos aplicables a los funestos avatares de su vida reciente. Aquello no servía de nada, por supuesto; salvo para sonreír a veces. Sonreír de sí mismo. De cualquier modo, sonrisas aparte, Coy estaba convencido de que en el extraño orden del Universo, como en el jazz -era muy aficionado al jazz-, se daban azares, improvisaciones tan matemáticas que uno se preguntaba si no estarían escritas en alguna parte. Ahí era donde situaba su recién enunciada LENC. Porque a medida que se acercaba a la esquina, vio primero un coche gris metalizado, grande, aparcado junto al bordillo de la acera con una de las puertas abiertas. Luego, a la luz de un farol, alcanzó a ver un poco más lejos a un hombre que conversaba con una mujer. Reconoció primero al hombre, que se hallaba de frente; y a los pocos pasos, cuando pudo distinguir su gesto airado, comprendió que discutía con la mujer, que ahora dejaba de estar oculta por el farol y era rubia, con el pelo recortado en la nuca, vestida con una chaqueta de ante y una falda oscura. Sintió un hormigueo en el estómago mientras reía sorprendido para sus adentros. A veces, se dijo, la vida resulta previsible de puro imprevisible. Dudó un poco antes de añadir: o viceversa. Luego estimó rumbo y abatimiento. Si a algo estaba acostumbrado era a calcular por instinto ese tipo de cosas; aunque la última vez que se había ocupado de trazar una derrota -nunca mejor dicho, lo de derrota- ésta lo hubiera llevado directamente hasta un tribunal naval. De cualquier modo alteró diez grados su rumbo, a fin de pasar lo más cerca posible de la pareja. Aquél fue su segundo error: estaba reñido con el sentido común de cualquier marino, que aconseja dar debido resguardo a toda costa, o peligro.

Al hombre de la coleta gris se le veía furioso. Al principio no alcanzó a escuchar sus palabras, pues hablaba en voz baja; pero observó que tenía alzada una mano y un dedo apuntaba a la mujer, que se mantenía inmóvil frente a él. Por fin el dedo se adelantó, golpeándole el hombro con más cólera que violencia, y ella retrocedió un paso, como si aquello la asustase.

– … Las consecuencias -alcanzó Coy a oírle decir al de la coleta-. ¿Comprende?… Todas las consecuencias.

Levantaba el dedo, dispuesto a darle otro golpecito en el hombro, y ella se apartó aún más, y el tipo pareció pensarlo mejor, pues lo que hizo fue agarrarla por un brazo; tal vez no de modo violento sino persuasivo, intimidatorio. Pero se le veía tan irritado que al sentir su mano en el brazo la mujer dio un respingo, asustada, y retrocedió de nuevo zafándose de él. Entonces el hombre quiso agarrarla otra vez, aunque no pudo porque Coy estaba entre él y ella, mirándolo muy de cerca; y el otro se quedó con la mano en el aire, una mano con anillos que brillaban a la luz del farol, y con la boca abierta porque iba a decirle algo en ese instante a la mujer, o porque no sabía de dónde acababa de salir aquel fulano con chaqueta de marino, zapatillas de tenis, hombros compactos y manos anchas y duras que pendían con falso descuido a ambos lados, junto a las perneras de unos raídos pantalones tejanos.

– ¿Perdón? -dijo el de la coleta.

Tenía un leve acento indefinido, entre andaluz y extranjero. Miraba a Coy sorprendido, curioso, como si intentara situarlo en todo aquello, sin éxito. Su gesto ya no era irritado, sino estupefacto. Sobre todo cuando pareció comprender que el intruso le resultaba desconocido. Era más alto que Coy -casi todo el mundo lo era aquella noche-, y éste lo vio echar un vistazo por encima de él, en dirección a la mujer, cual si esperase una aclaración respecto a semejante variedad del programa. Coy no podía verla a ella, que permanecía a su espalda sin moverse y sin decir una palabra.

– ¿Qué diantre…? -empezó el de la coleta y se interrumpió de pronto, con la cara tan fúnebre como si acabaran de darle una mala noticia. De pie ante él, la boca cerrada y las manos colgando a los lados, Coy calculó las posibilidades del asunto. Pese a estar furioso, el otro tenía una voz educada. Vestía un traje caro, corbata y chaleco, iba bien calzado, y en la mano izquierda, que era la de los anillos, lucía un reloj carísimo de oro macizo y diseño ultramoderno. Este individuo levanta diez kilos de oro cada vez que se anuda la corbata, pensó Coy. Resultaba apuesto, con buenos hombros y aspecto deportivo; pero no era la clase de prójimo, concluyó, que se lía a trompazos en mitad de la calle, a la puerta de las subastas Claymore.

Seguía sin ver a la mujer, que continuaba detrás de él, aunque intuyó su mirada. Al menos, se dijo, espero que no salga corriendo y tenga tiempo de decir gracias, si es que no me rompen la cara. Incluso aunque me la rompan. Por su parte, el de la coleta se había vuelto hacia su izquierda, mirando el escaparate de una tienda de modas como si esperase que alguien saliera de allí con una explicación en una bolsa de Armani. A la luz del farol y del escaparate, Coy comprobó que tenía los ojos pardos; aquello lo sorprendió un poco, pues los recordaba verdosos de antes, en la subasta. Luego el hombre volvió el rostro en dirección contraria, hacia la calzada, y pudo comprobar que tenía un ojo de cada color, pardo el derecho, verde el izquierdo: babor y estribor. También vio algo más inquietante que el color de sus ojos: la puerta abierta del coche, que era un Audi enorme, iluminaba el interior, donde la secretaria asistía a la escena fumando un cigarrillo; y también iluminaba al chófer, un jayán de pelo muy rizado, vestido con traje y corbata, que en ese momento abandonaba el asiento para quedarse de pie junto al bordillo. El chófer no era elegante ni tenía aspecto de tener la voz educada como el de la coleta: la nariz era aplastada, al modo de los boxeadores, y la cara parecían habérsela cosido y recosido media docena de veces, dejando algunos trozos fuera. Tenía un toque cetrino, casi bereber. Coy recordaba haber visto chulos de su catadura haciendo de porteros en burdeles de Beirut o en salas de fiestas panameñas. Solían llevar la navaja automática escondida bajo el calcetín derecho.

Aquello no podía terminar bien, reflexionó resignado. LMTPD: Ley de Mucho Toma y Poco Daca. A él iban a romperle un par de huesos imprescindibles, y mientras tanto la chica escaparía corriendo, como la Cenicienta, o como Blancanieves -Coy siempre confundía esos dos cuentos, porque no salían barcos-, sin que volviera a verla nunca. Pero de momento seguía allí, y él notaba los ojos azules con reflejos oscuros; o tal vez lo contrario, recordó, oscuros con reflejos azules. Los notaba fijos en su espalda. No carecía de retorcida gracia que estuvieran a punto de cascarle el alma por una mujer a la que había visto de frente dos segundos.

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