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Hizo una pausa para terminar su colacao, y luego se enjugó la boca con una mano. Se había vuelto a medias para asistir con indiferencia a la algarabía de niños y palomas, antes de encarar de nuevo a Coy. No me la imagino con niños, se dijo éste. Y sé que, pase lo que pase, nunca envejeceré junto a ella. Sólo puedo imaginarla llegando a vieja entre libros y papeles, delgada y elegante pese a las uñas roídas. Solterona con clase y con arrugas en torno a los ojos, sacando recuerdos del baúl: un guante largo y rojo, una vieja carta náutica, un abanico roto, un collar de azabache, un disco de canciones italianas de los años cincuenta, la foto de un antiguo amante. Mi foto, aventuró. Ojalá esa foto fuera mi foto.

Prestó atención, pues ella seguía hablando. Lo ocurrido tras la expulsión de los jesuitas de los dominios de la corona de España ya no les interesaba ni a ella ni a él, dijo. El período importante era el año transcurrido entre el domingo de Ramos de 1766, día del comienzo del motín de Esquilache, y la noche del 31 de marzo de 1767, en que se aplicó el decreto de expulsión de los ignacianos españoles. En ese tiempo, de un modo que recordaba lo ocurrido con los templarios en el siglo XIV, la Compañía pasó de ser una potencia respetada, temible y poderosa, a proscrita y prisionera…

– ¿No te parece interesante?

– Mucho.

Ella lo estudió valorativa, como si hubiera captado la ironía del comentario. Coy mantuvo el rostro impasible. En algún momento, pensaba, terminará por contarme algo que de veras valga la pena. Miró sobre el hombro de Tánger. Los niños volvían sudorosos, vencedores; traían a modo de trofeo plumas de la cola del palomo, que a esas horas, calculó, debía de volar a ciento ochenta kilómetros por hora camino de Ciudad El Cabo. Quizás, se dijo, no todo lo que degolló Herodes fuera inocencia.

Tánger se había callado otra vez, como si considerara si valía la pena seguir hablando. Había inclinado el rostro, y sus dedos se movían en el borde de la mesa, con un repiqueteo que tal vez era impaciente.

– ¿De veras te interesa lo que te cuento?

– Claro que me interesa.

Por alguna razón, la irritación que ella mostraba lo reconcilió consigo mismo. Se acomodó un poco en la silla, con gesto de escuchar atento; y Tánger, tras una última duda, prosiguió su relato. Cuando Carlos III había decidido crear el gabinete de la Pesquisa Secreta, puso al frente a Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda: un aragonés de Huesca, dos veces grande de España, que había sido militar y diplomático. Era capitán general de Valencia cuando, en pleno motín de Esquilache, el rey lo llamó a Madrid para confiarle el gobierno, la presidencia del Consejo de Castilla y la capitanía general de Castilla la Nueva. Inteligente, culto, ilustrado, pasó a la historia como masón; aunque jamás pudo probarse su pertenencia a logia alguna, y los historiadores modernos negaban su afiliación. Por el contrario, había constancia de que fue hombre ecléctico; y entre todos los componentes del gabinete secreto, tal vez quien mejor conocía a los ignacianos, con los que se había educado y entre quienes conservaba muchos amigos, incluido un hermano jesuita. Comparado con furibundos antijesuitas como el fiscal Campomanes, el ministro de justicia Roda y José Moñino, futuro conde de Floridablanca, Aranda podía calificarse de moderado en su actitud frente a la Compañía. Pero aun así, aceptó dirigir el gabinete y refrendar sus conclusiones. La pesquisa se inició en Madrid el 8 de junio de 1766, presidida por Aranda. Lo acompañaban Roda, Moñino y otros antijesuitas seguros, o como se decía entonces, “tomistas”, para oponerlos a los proignacianos o “amigos del cuarto voto”. Y la investigación se llevó a cabo con tal cautela que ni siquiera estuvo al corriente el confesor del rey.

– Sin embargo -prosiguió Tánger- había una conexión importante entre un hombre del gabinete secreto y un destacado ignaciano… Paradójicamente, uno de los mejores amigos del conde de Aranda era un jesuita murciano: el padre Nicolás Escobar. Sus relaciones se habían enfriado un poco; pero lo cierto es que, hasta que Aranda dejó la capitanía general de Valencia llamado por el rey, fueron íntimos. Aunque luego Aranda hizo destruir su correspondencia con el padre Escobar, se conservan algunas cartas que prueban esa relación.

– ¿Has visto esas cartas?

– Sí. Hay tres, y están en la biblioteca de la universidad de Murcia, firmadas de puño y letra por Aranda. Conseguí copias gracias al catedrático de Cartografía, Néstor Perona, cuando lo consulté por teléfono sobre las correcciones que debíamos aplicar al Urrutia.

Otro seducido, pensó Coy. Imaginaba el efecto de Tánger, incluso vía teléfono, en un catedrático de lo que fuera. Devastador.

– Debo reconocer que has trabajado a fondo.

– Nunca sabrás hasta qué punto. Por eso no estoy dispuesta a que nadie me lo quite de las manos.

Aquello, admitió Coy, empezaba a mostrar indicios interesantes. La historia salía de los manuales, adentrándose en la letra pequeña. Cartas de aquel fulano, Aranda. Quizá después de todo, con su banal historia de gabinetes secretos y reyes implacables, ella realmente

lo estaba dirigiendo hacia alguna parte.

– Nicolás Escobar -continuó Tánger- era un jesuita importante, relacionado con los círculos de poder y con el seminario de Nobles, que se movía entre Roma, Madrid, Valencia y Salamanca. Dos décadas atrás había sido director del colegio ignaciano de esa última ciudad, plaza fuerte de la Compañía, en cuyas prensas, y ésta es sólo una de las coincidencias, fue impreso…

Se quedó callada. Adivina la sorpresa, etcétera. Coy no pudo menos que sonreír. Se lo había puesto demasiado fácil, y era imposible decepcionarla. Un equipo, de acuerdo. Tú y yo somos un equipo. Tú lo dices y yo me lo creo.

– El Urrutia -dijo.

Ella asintió, satisfecha.

– Eso es. El “Atlas Marítimo” de Urrutia, impreso en el colegio de los jesuitas de Salamanca en 1751 bajo la protección de otro ministro amigo, el marqués de la Ensenada, impulsor de la marina y los estudios de náutica en España. Y en la época en que se forma el gabinete secreto, el padre Escobar, amigo de marinos ilustres como Jorge Juan y Antonio de Ulloa, se encuentra en Valencia. ¿Adivinas dónde?…

– No. Me temo que esta vez no adivino nada.

– En casa de un viejo conocido tuyo y mío. Sobre todo mío: Luis Fornet Palau, “amigo del cuarto voto”, testaferro de la flota de los jesuitas y armador del “Dei Gloria”.

Se detuvo, complacida por la expresión de Coy. Luego se inclinó hacia él poco a poco, sobre la mesa, mirándolo intensamente a los ojos, y él pudo vislumbrar allí adentro una ambición dura y neta como un trozo de piedra oscura, pulida, muy brillante. El sueño había dejado de serlo hacía tiempo, comprendió. Ahora había una obsesión sólida, concreta. Mientras ella acercaba una mano, poniéndola sobre la suya, buscó desesperadamente el término adecuado para definirla. Sintió el peso de la mano cálida, los dedos que se entrelazaban con los suyos. Tibieza suave, firme, tan segura de sí que el gesto parecía el más natural del mundo. Aquella mano no pretendía consolarse, ni alentar, ni fingir. En ese instante era sincera: compartía. Y la palabra de la obsesión, que él halló por fin, era implacable.

– El “Dei Gloria”, Coy -dijo en voz baja, inclinada sobre la mesa, la mano en la suya-. Estamos hablando del bergantín que sale de Valencia rumbo a América el 2 de octubre, cuando el gabinete secreto lleva tres meses reunido, y regresa a las costas españolas pocas semanas antes de que a los jesuitas se les aseste el golpe final -la presión de sus dedos se hizo más firme-. ¿Atas algunos cabos?… El resto, o sea, “qué” o “quién” pudo viajar a bordo y para qué, te lo contaré camino de Gibraltar. O como decían los viejos folletines, en el próximo capítulo.

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