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Era obvio que Tánger no necesitaba biodramina. Estaba sentada en la brazola de la bañera con las piernas hacia fuera, en la banda de barlovento, vestida con el pantalón de aguas rojo que le había prestado el Piloto, y sin duda disfrutaba de la navegación. Para sorpresa de Coy no había mostrado excesiva contrariedad cuando el viento los obligó a interrumpir la búsqueda; parecía como si en los últimos días se hubiera adaptado mejor a los avatares del mar, asumiendo el fatalismo relacionado con la cambiante suerte del marino. En el mar, lo que no podía ser, no podía ser; y además era imposible. Ahora, sentada allí, el peto holgado, los anchos tirantes, la camiseta, el pañuelo anudado en torno a la frente, los pies descalzos, le daban un aspecto singular; y a Coy le costaba apartar los ojos de ella para prestar atención al rumbo y las velas. Recostado en la bañera, a cubierto, el Piloto fumaba tranquilamente. De vez en cuando, después de estar un rato observando a Tánger, Coy encontraba los ojos de su amigo fijos en él. Qué quieres que te diga, respondía en silencio. Las cosas son como son, y no como uno querría que fueran.

El anemómetro marcó 25-29 nudos, y una racha endureció el tacto del timón entre las manos de Coy. Fuerza 7. Era fuerte, pero no era demasiado. El “Carpanta” se había enfrentado a temporales de fuerza 9, con 46 nudos aullando en la jarcia y olas de seis metros cortas y rápidas; como aquella vez que el Piloto y él tuvieron que correr veinte millas con mar de popa y a palo seco tras rifárseles el tormentín: pese al motor, pasaron la bocana de Cartagena abatiendo muy justos, a sólo cinco metros de las piedras, y una vez amarrados el Piloto se arrodilló muy serio para besar la tierra. Comparado con todo eso, veintinueve nudos no era mucho. Pero cuando Coy miraba arriba, al cielo gris sobre el palo oscilante, veía que los cirros altos avanzaban desde la izquierda del viento que soplaba a nivel del mar, y que hacia levante empezaba a definirse una línea de nubes oscuras, de aspecto amenazador, bajo y sólido. De ahí vendría el viento dentro de poco. Así que, concluyó, más valía andarse con ojo.

– Yo tomo el segundo rizo, Piloto.

Lo dijo cuando el otro miraba la vela mayor, consciente de que pensaba lo mismo. Pero el Piloto era el patrón a bordo y le correspondía ese tipo de decisiones; así que Coy estuvo a la expectativa hasta que lo vio hacer un gesto con la cabeza, tirar el cigarrillo a sotavento y ponerse en pie. Encendieron el motor para poner proa a la mar y al viento, el génova flameando con un tercio de su lona enrollada en el estay. Tánger cogió el timón, manteniendo el rumbo, y mientras el Piloto cazaba la botavara al centro y luego amollaba la driza de la mayor, dejándola caer gualdrapeando hasta el segundo rizo, Coy se metió unos cuantos matafiones en los bolsillos, sujetó otro entre los dientes y se fue al pie del palo, procurando que los violentos cabeceos del barco no lo enviaran al mar por segunda vez en una semana. Allí, sosteniéndose con las rodillas contra el quitavientos de la bañera, encajó el ollao del segundo rizo en el gancho de barlovento. Después, cuando el Piloto tensó de nuevo, Coy se movió hacia popa acompasando el cuerpo a los movimientos del barco, y pasó un matafión por cada ollao de la vela, anudándolos bajo la botavara para aferrar la lona sobrante. En ese momento un roción espeso rompió sobre cubierta, empapándole la espalda, y Coy huyó de un salto hacia la bañera, junto a Tánger. Sus cuerpos chocaron en el balanceo, y tuvo que agarrarse al timón para no caer, en torno a ella, abarcándola en un involuntario abrazo.

– Ya puedes arribar -dijo él-. Déjalo caer poco a poco a sotavento.

El Piloto los miraba divertido, adujando la driza de la mayor. Ella giró las cabillas del timón hacia estribor y las velas dejaron de flamear; y un poco antes de que el “Carpanta” ganase velocidad, la mar lo sacudió de través, oscilando el palo, y haciendo también que Tánger se estremeciera entre los brazos y el pecho de Coy, que la ayudaba a conseguir el giro exacto de la rueda. Por fin la roca del cabo Cope, gris entre las nubes bajas, estuvo de nuevo en la amura de estribor, bajo la vela henchida del génova; y la aguja de la corredera se estabilizó en cinco nudos. Entonces vino un roción más fuerte que los anteriores, que rompió sobre ellos mojándoles la cara, las manos y la ropa. Y Coy vio que el agua fría erizaba la piel en el cuello y los brazos desnudos de la mujer; y que ésta, vuelto el rostro hacia él, más cerca de lo que había estado nunca, sonreía de un modo extraño, muy feliz y muy dulce, como si por alguna razón le debiera a él ese momento. Las salpicaduras de agua multiplicaban hasta el infinito las manchas de su rostro, y la boca se entreabría como si fuese a pronunciar palabras que ciertos hombres esperan escuchar desde hace siglos.

En la terraza del restaurante, un cobertizo de madera, cañas, yeso y hojas de palma cuyas dos plantas se alzaban sobre la playa, la orquesta tocaba música brasileña. Eran dos chicos y una chica que hacían una buena imitación de Vinicius de Moraes, Toquinho y María Bethania. Cantaban haciendo que algunos clientes que ocupaban las mesas se moviesen en sus sillas al ritmo de la melodía. La chica, una mulata bastante guapa, de ojos grandes y boca africana, golpeaba rítmicamente los bongos mientras cantaba mirando a los ojos del guitarrista, un joven barbudo y sonriente: “A tonga da mironga do kabulet\”. Había caipiriñas y ron en las mesas, y palmeras bordeando el mar, y Coy pensó que la escena podía corresponder a Río, o Bahía.

Miró al otro lado de la balaustrada de madera abierta a la playa, donde aún veían al Piloto alejándose camino del puerto deportivo cuyo bosquecillo de palos se alzaba un poco más allá, detrás de un pequeño espigón. Al fondo de la ensenada, sobre la alta roca que protegía los muelles y la lonja pesquera, el castillo de Águilas estaba rodeado de un penacho gris que el atardecer oscurecía poco a poco. En el otro extremo, la marejada rompía en la punta de tierra y en la isla cuya forma daba nombre al puerto; pero el viento había cesado, y una fina llovizna cálida imprimía reflejos en la arena gris oscura de la playa, donde el agua estaba en calma. En ese momento vio encenderse el faro principal, visible todavía en la luz incierta su torre pintada con bandas blancas y negras, y estuvo observando la cadencia hasta que pudo establecerla: dos destellos blancos cada cinco segundos.

Cuando se volvió de nuevo a Tánger, ella lo miraba. Él había estado hablando, contándole una historia casual relacionada con la música y la playa. Había empezado a contarla sin excesiva convicción, para llenar un silencio incómodo después que el Piloto bebiera su café y se despidiera, dejándolos el uno frente al otro con la música y la última claridad cenicienta apagándose despacio en la bahía. Tánger parecía esperar que él continuase con su historia; pero estaba terminada hacía rato, y Coy no sabía qué traer a cuento para llenar el silencio. Por suerte quedaba la música, las voces de la chica y sus acompañantes, el clima de la melodía intensificado por la proximidad de la playa y la llovizna que susurraba en las hojas de palma del techo. Podía callar sin hacerse violencia, así que alargó una mano hacia el vaso de vino blanco y lo llevó a los labios. Tánger sonrió. Movía un poco los hombros al compás de la música. Ella se había pasado hacía rato a la caipiriña, y ésta le brillaba en los iris azul marino que mantenía fijos en Coy.

– ¿Qué miras?

– Te observo.

Él se volvió de nuevo hacia la playa, incómodo, y luego puso más vino en el vaso, aunque estaba casi lleno. Los ojos seguían frente a él, escrutadores.

– Cuéntame -dijo ella- qué es lo que ha cambiado en el mar.

– Yo no he dicho nada de eso.

– Sí lo has dicho. Cuéntame por qué ahora es diferente.

– No es ahora. Ya era diferente cuando empecé a navegar.

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