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– Eso no va a ocurrir.

– Eso siempre ocurre.

La mano seguía inmóvil entre los muslos de Coy, la cara en el hueco del hombro, sus labios le susurraban contra la piel. Él sintió frío. Giró a un lado la cara, hundiéndola en el pelo todavía mojado de la mujer. No podía ver su rostro, pero supo que en ese momento era el mismo que en la foto del marco de plata. Todas las mujeres, sabía ahora, tuvieron ese rostro alguna vez.

– Estás viva -dijo-. Siento latir tu pulso contra mí. Tienes carne, y sangre que corre por ella. Eres hermosa y estás viva.

– Un día ya no estaré aquí.

– Pero todavía estás.

La sintió moverse más estrechamente. Acercar la boca a su oído.

– Jura… que no me dejarás… morir sola.

Lo dijo muy despacio, y su voz era un susurro. Coy estuvo un rato inmóvil, los ojos cerrados, escuchando la lluvia. Después asintió con la cabeza.

– No te dejaré morir sola.

– Júralo.

– Te lo juro.

Sintió que el cuerpo desnudo se le ponía encima a horcajadas; los muslos abiertos sobre sus caderas, el roce de los pechos y la boca buscando la suya. Entonces una lágrima caliente y gruesa le cayó desde arriba, en la cara. Abrió los ojos sorprendido, para encontrarse frente a un rostro hecho de sombras. Y mientras besaba, confuso, los labios entreabiertos y húmedos, advirtió que por ellos se deslizaba otra vez, tenue como un suspiro, aquella larga, dolorosa queja de hembra herida.

XIII. EL MAESTRO CARTÓGRAFO

No es aún lo peor errar

en los accidentes del mar.

Otros yerran por los malos

documentos que se siguen.

Jorge Juan.

“Compendio de navegación

para guardiamarinas”

El “Dei Gloria” no estaba allí. Coy fue adquiriendo esa convicción poco a poco, a medida que la cuadrícula trazada sobre la carta iba quedando cubierta sin encontrar nada. Con sondas entre los sesenta y los veinte metros, la Pathfinder había trazado ya casi todo el relieve de las dos millas cuadradas donde debían encontrarse los restos del bergantín. Los días pasaban y eran cada vez más calurosos y tranquilos, y el “Carpanta” navegaba a dos nudos, con el runrún de su motor de gasóleo, por un mar plano y luminoso como la superficie de un espejo, bordo al norte y bordo al sur con precisión geométrica, con tomas de posición continuas por satélite, mientras el haz de la sonda barría el relieve bajo la quilla, y Tánger, Coy y el Piloto se relevaban empapados en sudor ante la pantalla de cristal líquido. Los símbolos de fondo, naranja suave, naranja oscuro, rojo pálido, se iban sucediendo con exasperante monotonía: fango, arena, algas, cascajo, piedras. Habían cubierto sesenta y siete de las setenta y cuatro franjas previstas, y realizado catorce inmersiones para reconocer ecos sospechosos, sin hallar el menor indicio de los restos de un barco sumergido. Ahora la esperanza se desvanecía con las últimas horas de búsqueda. Nadie pronunciaba en voz alta el veredicto fatídico; pero Coy y el Piloto se dirigían largas miradas, y Tánger, obstinadamente inmóvil ante la sonda, parecía cada vez más hosca y silenciosa. La palabra que flotaba en el aire era fracaso.

La víspera del último día fondearon con treinta metros de cadena en siete metros de agua, entre la punta y la isla de la Cueva de los Lobos. Cuando el Piloto paró el motor y la proa del “Carpanta” borneó despacio en torno al ancla para apuntar sin demasiada convicción a poniente, el sol se ocultaba tras las cortaduras de la sierra parda, iluminando en tonos dorados y rojizos las matas de tomillo, los palmitos y las chumberas. Al pie de las rocas el mar estaba casi quieto, agitándose con suavidad en las piedras cercanas y en la arena escasa que blanqueaba entre macizos de algas.

– No está ahí -dijo Coy en voz baja.

No habló para nadie en concreto. El Piloto terminaba de aferrar la vela mayor en la botavara y Tánger se hallaba sentada en los peldaños de popa, los pies dentro del agua, mirando el mar.

– Tiene que estar -respondió ella.

Mantenía la mirada inmóvil en el mismo sitio, la cuadrícula imaginaria que habían navegado sin apenas descanso durante dos semanas. Llevaba una camiseta de Coy que le venía grande, cubriéndole hasta el arranque de los muslos, y movía los pies despacio, chapoteando suavemente como los niños que juegan en una orilla.

– Todo esto es absurdo -comentó Coy.

El Piloto había bajado a la camareta, y por un portillo abierto llegaban los ruidos que hacía preparando la cena. Cuando subió de nuevo a cubierta para abrir el cofre de la bombona de butano y conectar el gas de la cocina, su mirada grave encontró la de Coy. Es asunto tuyo, marinero.

– Tiene que estar -repitió Tánger de pronto.

Seguía como antes, agitando los pies en el agua. Coy estuvo un poco más apoyado en la bitácora, buscando algo adecuado que decir, o que hacer. Como no se le ocurría nada, fue en busca de una máscara de buceo y se tiró al mar desde la proa, para comprobar el fondeo. El agua estaba limpia, tibia y agradable; y la luz decreciente permitía seguir la línea de la cadena extendida sobre el fondo de arena, con algunas piedras. El ancla, una CQR de veinticinco kilos, estaba en posición correcta, libre de algas que pudieran hacerla garrear si refrescaba el viento durante la noche. Bajó un poco a fin de verla bien, y luego ascendió despacio para regresar al velero nadando de espaldas con sólo el movimiento de las piernas, sin prisa, disfrutando del agua. Deseaba retrasar lo más posible el momento de encontrarse otra vez con Tánger cara a cara.

Una vez a bordo se frotó con una toalla, contemplando la costa que ya enrojecía del todo con el sol poniente, prolongada en arco hacia el este: la ruta del mármol, de las legiones romanas y de los dioses. Esta vez, sin embargo, la vista no le causó placer alguno. Puso a secar la toalla y bajó por el tambucho, sentándose en los últimos peldaños de la escala. El Piloto trajinaba con las cacerolas en la cocina, preparando una fuente de macarrones, y Tánger estaba sentada en la camareta, con las cartas náuticas desplegadas sobre la mesa principal.

– No hay error posible -aseguró ella, antes de que Coy dijera nada.

Tenía su lápiz en la mano e indicaba las coordenadas de latitud y longitud sobre las diferentes cartas, marcando millas en las escalas laterales para transportarlas con el compás de puntas sobre el rectángulo cuadriculado de la zona, como le había enseñado a hacer él.

– Tú mismo revisaste los cálculos -añadió-. Enfilaciones a Mazarrón, al cabezo de las Víboras, a Punta Percheles, al cabo Tiñoso -se inclinaba muy seria mostrándole los resultados, igual que una estudiante que pretendiera convencer al profesor-… 37º 32’ al norte del ecuador y 4º 51’ al este de Cádiz en las cartas esféricas de Urrutia, corresponden a 37º 32’ de latitud norte y lo 21’ de longitud oeste respecto al meridiano de Greenwich… ¿Lo ves?

Coy hizo como que revisaba los números. Había realizado aquellas operaciones tantas veces que se las sabía de memoria. Las cartas estaban llenas de anotaciones de su puño y letra.

– Las tablas de corrección pueden estar equivocadas…

– No lo están -ella movía enérgica la cabeza-. Ya te dije que provienen de las “Aplicaciones de Cartografía Histórica” de Néstor Perona. Ahí, hasta el error de diecisiete minutos de longitud de Cádiz respecto a Greenwich que tenían las cartas de Urrutia está corregido. Son precisas en cada minuto y cada segundo… Gracias a ellas se encontraron hace dos años el “Caridad” y el “Sao Rico”.

– La posición dada por el pilotín pudo estar confundida. Con las prisas, tal vez alguien cometió un error.

– No. Eso no puede ser -Tánger seguía negando con la reticencia de quien oye lo que no desea oír-. Todo era demasiado exacto. El pilotín hablaba incluso de la cercanía del cabo, al nordeste… ¿Recuerdas?

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