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– Oiga, Quart -de mala gana. Aquilino Corvo suavizaba el tono-. Yo no deseo complicarme la vida, y este asunto se enreda demasiado. Le confieso que la palabra escándalo me da pavor, y no quiero aparecer ante la opinión pública como el prelado que chantajea a un pobre párroco para enriquecerse con la venta del solar… ¿Comprende?

Quart comprendía, e hizo un leve gesto aceptando la tregua.

– Además -prosiguió el arzobispo- al Cartujano le puede salir el tiro por la culata, precisamente a causa de la esposa o ex esposa, que no estoy muy seguro, de quien lleva la operación: Pencho Gavira. Un hombre influyente, en alza. Él y Macarena Bruner tienen problemas personales graves. Y ella toma partido abierto por el padre Ferro.

– ¿Es una mujer religiosa?

Al arzobispo se le escapó una carcajada seca, entre dientes. No era ésa la palabra, matizó. No exactamente. En los últimos tiempos tenía en un válgame Dios a toda la buena sociedad sevillana; que tampoco se escandalizaba por cualquier cosa.

– Tal vez sería útil que hablara usted con ella -le dijo a Quart-. Y con su madre, la vieja duquesa. En espera del expediente de ruina y la suspensión del párroco, si ellas retirasen su apoyo podríamos pararle un poco los pies a ese sacerdote.

Quart había sacado unas tarjetas del bolsillo para tomar notas; siempre utilizaba el dorso de tarjetas de visita propias o ajenas. Al arzobispo no le pasó inadvertido que la estilográfica fuese una Montbalanc, pues la miró moverse con ojo crítico. Tal vez le parecía impropia de un clérigo.

– ¿Desde cuándo está paralizado el expediente de ruina? -quiso saber Quart.

La mirada censora que monseñor Corvo dirigía a la estilográfica se trocó en inquietud.

– Desde las muertes -repuso, cauto.

– Muertes misteriosas, según cuentan.

El arzobispo, que se había llevado la pipa a la boca y acercaba un fósforo encendido a la cazoleta, torció el gesto. Nada había de misterioso, informó a Quart. Sólo dos casos de mala suerte. Un tal Peñuelas, arquitecto municipal, fue comisionado por el Ayuntamiento para elaborar el expediente de ruina. No era un hombre simpático, y protagonizó un par de agarradas notables con el padre Ferro, que distaba de ser modelo de mansedumbre En el curso de sus idas y venidas, a Peñuelas le cedió la barandilla de madera de un andamio y se cayó desde el tejado, con tan mala fortuna que fue a ensartarse en uno de los tubos metálicos a medio montar.

– ¿Estaba solo o acompañado? -se interesó Quart

Captando el sentido de la pregunta, monseñor Corvo movió la cabeza. Nada oscuro por ese lado. Otro funcionario acompañaba al fallecido. También el padre Óscar, el vicario, se encontraba allí. Fue quien le dio los últimos sacramentos.

– ¿Y el secretario de Su Ilustrísima?

El arzobispo entornó los ojos tras una bocanada de humo, Hasta Quart llegaba el aroma del tabaco inglés

– Eso fue más doloroso. El padre Urbizu era mi colaborador desde hacía años -hizo una pausa reflexiva, como si creyera necesario añadir algo en memoria del difunto-. Un hombre excelente

Quart asintió despacio con la cabeza, como si también él hubiera conocido a Urbizu y compartiese el dolor por su pérdida

– Un hombre excelente -repitió, con aire de meditar el adjetivo- Cuentan que andaba presionando al padre Ferro en nombre de Su Ilustrísima.

Aquello no le gustó a monseñor Corvo. Se había quitado la pipa de la boca y miraba a su interlocutor con el ceño fruncido:

– Presionar es una palabra desagradable. Y excesiva -Quart observo que disimulaba su impaciencia golpeando la mano libre en el canto de la mesa- Yo no puedo ir llamando a la puerta de las iglesias para discutir con los párrocos. Así que Urbizu mantuvo en mi nombre conversaciones con el padre Ferro; pero éste siguió en sus trece. Algunos encuentros fueron un poco subidos de tono e incluso el padre Óscar llegó a amenazar a mi secretario.

– ¿Otra vez el padre Óscar?

– Sí. Oscar Lobato. Contaba con un buen currículum y lo destine a Nuestra Señora de las Lágrimas para que me ayudase en el relevo del viejo cura. como en aquella película de Bing Crosby

– Siguiendo mi camino -apuntó Quart.

– Pues éste lo siguió también. A la semana, mi caballo de Troya se pasó al enemigo. Por supuesto, he tomado medidas -el arzobispo hizo un gesto para barrer al vicario de encima de la mesa-… En cuanto a mi secretario, continuó visitando la iglesia y a los dos sacerdotes. Incluso consideré la posibilidad de retirarles la imagen de Nuestra Señora de las Lágrimas, que es una talla antigua, muy valiosa. Pero justo el día que el pobre Urbizu iba a plantear esa eventualidad, un trozo de cornisa se desprendió del techo y le abrió la cabeza.

– ¿Hubo investigación?

El arzobispo observó a Quart en silencio, la pipa entre los dientes. Parecía no haber oído la pregunta.

– Sí -dijo al cabo de un momento-. Porque en este caso todo ocurrió sin testigos, y además yo lo tomé como… Bueno. Un asunto personal -volvió a situar una mano sobre el pecho mientras Quart recordaba las palabras de monseñor Spada: «Ha jurado no dejar piedra sobre piedra»-… Pero la investigación coincidió en que tampoco había indicios de homicidio.

– ¿El informe excluía una muerte provocada y no probada?

– No, pero técnicamente era casi imposible. La piedra cayó del techo. Nadie pudo tirarla desde allí.

– Salvo la Providencia.

– No diga estupideces, Quart.

– No es mi intención, Monseñor. Sólo constato la veracidad del informe de Vísperas, cuando afirma que al padre Urbizu lo mató la propia iglesia. Como al otro.

– Eso es una atrocidad sin sentido. Y precisamente lo que temo: que empiecen con las tonterías sobrenaturales y nos metan de por medio a nosotros, como si esto fuese una novela de Stephen King. Ya nos ronda un periodista, un tipo desagradable que anda fastidiando con la historia. Si lo encuentra en su camino, cuídese de él. Dirige una revista de escándalos llamada Q+S, y es quien publica esta semana la foto de Macarena Bruner en situación comprometida con un torero. Se llama, y no es un chiste, Honorato Bonafé.

Quart encogió los hombros.

– Vísperas acusaba a la iglesia. El edificio mata para defenderse, dijo.

– Ya. Muy espectacular. Ahora dígame para defenderse de quién. ¿De nosotros? ¿Del banco? ¿Del Maligno?… Yo tengo mis ideas sobre Vísperas.

– Podríamos compartirlas, Monseñor.

Cuando bajaba la guardia, a los ojos de Aquilino Corvo asomaba el desprecio que sentía por Quart. Ahora le enturbió la mirada unos segundos, antes de ocultarse tras el humo de la pipa.

– Gánese el sueldo. Para eso ha venido.

Sonrió de nuevo Quart. Cortés, disciplinado:

– Hábleme entonces Su Ilustrísima del padre Ferro.

Durante cinco minutos, entre chupada y chupada a la pipa y con muy escaso sentido de la caridad pastoral, monseñor Corvo se despachó a gusto con la biografía del párroco. Tosco cura rural durante casi toda su vida: desde los veintitantos a los cincuenta y cuatro años, en un pueblo perdido del Alto Aragón; un lugar olvidado de Dios donde se le fueron muriendo los feligreses, uno por uno, hasta que se quedó sin parroquia. Después, diez años en Nuestra Señora de las Lágrimas. Cerril, fanático, inculto y reaccionario como una mula de varas. Sin el menor sentido de lo posible, del tipo omnia sunt possibilia credenti, esa gente que confunde su punto de vista con la realidad que los rodea. Quart, aconsejó el prelado, tendría que asistir a una de sus homilías dominicales. Todo un espectáculo. El padre Ferro manejaba las penas del infierno con el mismo desahogo que un predicador de la Contrarreforma, y tenía en vilo a la parroquia con esa cantinela del fuego eterno que ya nadie osaba utilizar. Cada vez que terminaba el sermón, un suspiro de alivio recorría las filas de los feligreses.

– Y sin embargo -concluyó el arzobispo- en otras cosas resulta de lo más contradictorio y avanzado. Inoportunamente avanzado, diría yo.

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