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Quart se encomendó a monseñor Corvo, pero éste se lavaba las manos con su más diplomática sonrisa:

– Es cierto -confirmó, encantado con las dificultades de Quart-. Tampoco quiso responderme a mí.

Era una pérdida de tiempo. El agente del IOE tenía constancia de que todo aquello no llevaba a ninguna parte, pero había un ritual que cumplir. Así que adoptó un tono muy oficial para preguntarle al cura si era consciente de lo que se estaba jugando. Los sesenta y cuatro años del otro se burlaron, sarcásticos, a modo de respuesta. Impasible, Quart siguió recorriendo el formulario: necesidad del informe, posible punto de partida para graves medidas disciplinarias, etcétera. Que el padre Ferro se encontrara a un año de la jubilación, por encima del bien y del mal como quien dice, no bastaba para asegurar la tolerancia de sus superiores. En la Santa Sede…

– No sé nada de esas muertes -le cortó el párroco, a quien la Santa Sede tenía ostensiblemente sin cuidado-. Fueron accidentes.

Quart se lanzó por la brecha:

– ¿Quizá muy oportunos desde su punto de vista?

Había un tonillo de camaradería, una insinuación del tipo vamos, hombre, ábrase un poco y procuremos arreglar esto de una puñetera vez. Pero el viejo tenía las conchas blindadas:

– Antes mencionó a la Providencia. Plantéele a ella la cuestión, y yo rezaré por usted.

Respiró Quart despacio, un par de veces, antes de intentarlo de nuevo. Lo que más le irritaba era el buen rato que debía de estar pasando Su Ilustrísima, en butaca de patio y escudado tras el humo de la pipa.

– ¿Está usted en condiciones de asegurar, bajo su carácter sacerdotal, que no medió intervención humana en las dos muertes de su parroquia?

– Vayase al infierno.

– ¿Perdón?

Hasta el neutral monseñor Corvo había dado otro respingo en su asiento. El párroco lo miraba:

– Con todo el respeto que debo a Su Ilustrísima, me niego a seguir contestando a este interrogatorio, y desde ahora guardaré silencio.

Aquel desde ahora era un eufemismo, y así lo hizo constar Quart. Llevaban veinte minutos de conversación, y lo único que había hecho don Príamo Ferro era precisamente guardar silencio. Monseñor Corvo repuso con una mueca y echando más humo; él oficiaba de acólito. Así que Quart se puso en pie. La cabeza canosa e hirsuta del párroco, tan parecida a la que no quería recordar, le llegaba a la altura del segundo botón de la camisa. No había regresado más que una vez, tras su ordenación: una visita rápida a la madre viuda, otra a la sombra negra agazapada en la iglesia como un molusco al fondo de su concha. Y había dicho misa allí, en el altar ante el que tantas veces actuó de monaguillo, sintiéndose extranjero en la nave húmeda y fría, por cuyos rincones vagaba el espectro del niño perdido frente al mar, bajo la lluvia. Después se fue sin regresar nunca más, y la iglesia, y el viejo párroco, y el pueblo de casitas blancas, y el mar desprovisto de piedad y de sentimientos, se fueron difuminando despacio en su recuerdo, como un mal sueño del que había logrado despertar.

Volvió lentamente a la realidad. Todo cuanto detestaba seguía ante él, en los ojos negros y obstinados que lo miraban con dureza, como un reproche.

– Tengo una pregunta más. Sólo una -había guardado las inútiles tarjetas y la estilográfica-. ¿Por qué se niega a abandonar esa iglesia?

El padre Ferro lo miró de abajo arriba. Correoso como un trozo de cuero viejo, era la definición. Aunque a Quart se le ocurrían unas cuantas.

– Ese no es asunto suyo -dijo-. Concierne a mi obispo y a mí.

Quart se felicitó mentalmente por acertar de antemano la respuesta, e hizo un gesto dando por concluida aquella estupidez. Para su sorpresa, Aquilino Corvo acudió al quite:

– Le ruego que conteste al padre Quart, don Príamo.

– El padre Quart nunca lo entendería.

– Estoy seguro de que pondrá su mejor voluntad. Inténtelo, se lo ruego.

Entonces el párroco hizo un gesto hosco y torpe, y movió testarudo la cabeza recortada a trasquilones, murmurando que Quart nunca había escuchado la confesión de una pobre mujer arrodillada en busca de consuelo, el llanto de un recién nacido, la respiración de un moribundo o el sudor de una mano en la suya. Así que, aunque hablase horas y horas, allí nadie iba a entender nunca una maldita palabra. Y Quart, a pesar del pasaporte diplomático que llevaba en el bolsillo, a pesar del respaldo oficial de la Curia, de la tiara y las llaves de Pedro que lucía en el extremo superior izquierdo de sus credenciales, comprendió que carecía del más mínimo poder sobre aquel huraño anciano de aspecto miserable, en las antípodas de lo que cualquier eclesiástico relacionaría con la gloria de Dios. Fue un fogonazo de inquietud que proyectó un instante, sobre su aplomo, la silueta de un viejo fantasma: Nelson Corona. Afloraba el mismo distanciamiento de la realidad oficial, idéntica mirada resuelta en los ojos que ahora tenía delante. Con la diferencia de que, tras los cristales empañados de las gafas del brasileño, Quart había visto mezclarse a un tiempo la resolución y el miedo; mientras que la mirada opaca del padre Ferro no reflejaba más que una firmeza semejante a piedra oscura. Ya concluía el párroco, de vuelta al silencio que lo abroquelaba como una coraza, cuando Quart le oyó decir que su iglesia era un refugio; una trinchera. Aquello era pintoresco, así que el enviado vaticano enarcó una ceja, irónico, e intentó recobrar, en busca de sosiego, el viejo desdén ante el cura de pueblo: de nuevo alfil de élite frente a peón de brega, con el fantasma de Nelson Corona esfumándose por una esquina del tablero.

– Curiosa definición.

Sonrió Quart, seguro de sí. De pronto era otra vez fuerte y sin fisuras, sin remordimientos, y ya volvía a ver sólo la sotana raída llena de manchas, el mentón mal afeitado del párroco. Resulta singular, se dijo, el efecto tranquilizador del desprecio. Pone las cosas en su sitio igual que una aspirina, un poco de alcohol o un cigarrillo. Así que decidió formular otra pregunta:

– ¿Una trinchera, frente a qué?

Era innecesario, y de pronto supo que iba a arrepentirse antes de cerrar la boca. Desde abajo, pequeño y duro, el padre Ferro miraba directamente a los ojos de Quart:

– Frente a tanto cuento -dijo-. Y tanta mierda.

Los coches de caballos, pintados de negro y amarillo, se alineaban a la espera de clientes bajo la sombra de los naranjos. Apoyado en la pared de una tienda de recuerdos turísticos, el Potro del Mantelete vigilaba la puerta del Arzobispado. Tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuadros demasiado estrecha, abierta sobre un suéter blanco de cuello de cisne que moldeaba sus pectorales enjutos y recios. Un palillo se le movía rítmicamente de una a otra comisura de la boca, y entornaba los ojos bajo las cejas surcadas de cicatrices con la mirada fija en el hueco que enmarcaban las columnas gemelas del pórtico barroco. No lo pierdas de vista, había ordenado don Ibrahim antes de meterse dentro de la tienda a mirar postales y curiosear, porque los tres de plantón hacían demasiado bulto en la acera. Como el Potro era hombre cabal, de confianza, y la espera se prolongaba, don Ibrahim y la Niña Puñales, después de repasar ante la mirada suspicaz del tendero todos los expositores de postales y las vitrinas con camisetas, abanicos, castañuelas y reproducciones en plástico de la Giralda y la Torre del Oro, decidieron trasladarse al bar más cercano, en la otra esquina de la calle, donde la Niña debía de rondar ya la quinta manzanilla. Así que el Potro, en ausencia de nuevas órdenes, no perdía de vista la puerta. En la hora larga que el cura alto llevaba allí adentro, aquél sólo había apartado la mirada dos veces: el tiempo empleado por una pareja de guardias en pasarle por delante, una vez calle arriba y otra, al regreso, calle abajo; momentos dedicados por el Potro a contemplarse detenidamente las puntas de los zapatos. Cuatro cornadas, dos reenganches en la Legión y un cerebro que funcionaba a piñón fijo, contuso por golpes y campanillazos de asalto en asalto, imprimen carácter. Si don Ibrahim o la Niña Puñales hubieran llegado a olvidarlo, él habría sido capaz de permanecer inmóvil noche y día, bajo el sol o la lluvia, hasta ser relevado o caer desfallecido, sin mover los ojos de la puerta del Arzobispado como un concienzudo centinela. Del mismo modo que veintitantos años atrás, durante una bronca impresionante en una plaza de mala muerte, cuando su apoderado le dijo aquello de si no te mata el toro, desgraciado, te mata el público a la salida, el Potro del Mantelete, con el sudor en la cara y el miedo en los ojos, se había ido a los medios con la muleta en la cintura para quedarse allí, inmóvil, hasta que el morlaco -Carnicero, se llamaba- se le vino encima, y con la cuarta y última cornada de su carrera lo sacó para siempre de la plaza y de los toros. Después, episodios similares fueron añadiendo cicatrices a su cuerpo y a su memoria en el pugilismo, en el Tercio y en el penal del Puerto de Santa María. Porque si es cierto que la materia gris del Potro del Mantelete tenía las mismas luces que un trozo de madera, en su caso era ésta, sin duda, madera de héroe.

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