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– Queremos proponerle algo -precisó-. Un negocio. De esos seis millones de dólares fraccionados en dos pagos, el segundo lo retendría usted como asociado, a cambio de proporcionar los medios oportunos.

Un silencio largo. El ruso no le quitaba la vista de encima. Y soy una máscara india, pensaba ella. Soy una máscara impasible jugando al póker como Raúl Estrada Contreras, un tahúr profesional, lo respetaba la gente porque jugaba legal, etcétera, o al menos eso dice el corrido, y este chingue a su madre no va a sacarme ni un latido del párpado, porque me rifo el cuero. Así que ya puede mirarme. Como si me mira las chichotas.

– ¿Qué medios?

Te tengo, se dijo Teresa. Te voy a tener.

– Pues no sé decirle ahora. O sí sé. Lanchas. Motores fuera borda. Locales de acogida. Pago de los primeros contactos e intermediarios.

Yasikov seguía tocándose la cara. -¿Usted entiende de eso?

– No me chingue. Estoy barajando mi vida y la de mi amiga… ¿Me cree en situación de venir a cantarle rancheras?

Y fue así, confirmó Saturnino G. Juárez, como Teresa Mendoza y Patricia O'Farrell se asociaron con la mafia rusa de la Costa del Sol. La propuesta que la Mejicana hizo a Yasikov en ese primer encuentro inclinó la balanza. Y en efecto: aparte de aquella media tonelada de cocaína, la Babushka de Solntsevo necesitaba hachís marroquí para no depender en exclusiva de los traficantes turcos y libaneses. Hasta entonces se había visto obligada a recurrir a las mafias tradicionales del Estrecho, mal organizadas, costosas y poco fiables. Y la idea de una conexión directa resultaba seductora. La media tonelada cambió de manos a cambio de tres millones de dólares puestos en un banco de Gibraltar, y de otros tres destinados a financiar una infraestructura cuya fachada legal se llamó Transer Naga S. L., con sede social en el Peñón y un discreto negocio tapadera en Marbella. De ahí, Yasikov y su gente obtuvieron, según el acuerdo al que éste llegó con las dos mujeres, el cincuenta por ciento de los beneficios del primer año y el veinticinco por ciento del segundo; de modo que al tercero se consideró amortizada la deuda. En cuanto a Transer Naga, era una empresa de servicios: transportes clandestinos cuya responsabilidad empezaba en el momento en que se cargaba la droga en la costa marroquí y terminaba cuando alguien se hacía cargo de ella en una playa española o en alta mar. Con el tiempo, por conversaciones telefónicas intervenidas y otras investigaciones, pudo establecerse que la norma de no participar en la propiedad de la droga fue impuesta por Teresa Mendoza. Basándose en su experiencia anterior, sostenía que todo era más limpio si el transportista no se implicaba; eso garantizaba discreción, y también la ausencia de nombres y pruebas que conectaran entre sí a productores, exportadores, intermediarios, receptores y propietarios. El método era simple: un cliente planteaba sus necesidades, y Transer Naga lo asesoraba sobre la forma de transporte mas eficaz, aportando la profesionalidad y los medios. Del punto A al punto C, y nosotros ponemos B. Con el tiempo, apuntó Saturnino Juárez mientras yo pagaba la cuenta del restaurante, sólo les faltó anunciarse en las páginas amarillas. Y ésa fue la estrategia que Teresa Mendoza impuso y mantuvo siempre, sin caer en la tentación de aceptar parte del pago en droga, como acostumbraban otros transportistas. Ni siquiera cuando Transer Naga convirtió el Estrecho de Gibraltar en la gran puerta de entrada de cocaína para el sur de Europa, y el polvo colombiano empezó a entrar por toneladas.

10. Estoy en el rincón de una cantina

Llevaban casi una hora revolviendo ropa. Era la quinta tienda en la que entraban aquella mañana. El sol iluminaba la calle Larios al otro lado del escaparate: terrazas con mesas, automóviles, paseantes con vestimenta ligera. Málaga en invierno hoy toca exploración operativa, había dicho Pati. Estoy harta de dejarte cosas mías, o de que te vistas como una asistenta; así que límpiate la grasa de las uñas y arréglate un poco, que nos vamos. De caza. A sacarle un poco más de brillo a tu nivel social. ¿Te fías o no te fías? Y allí estaban. Desayunaron una primera vez antes de salir de Marbella, y otra en la terraza del café Central, viendo pasar a la gente. Ahora se dedicaban a gastar dinero. Demasiado, a juicio de Teresa. Los precios eran estremecedores. Y qué pasa, era la respuesta. Tú lo tienes y yo lo tengo. Además, puedes considerarlo una inversión. Con rentabilidad calculada, que eso te va mucho. Ya llenarás el calcetín otro día, con tus lanchas y tu logística y todo ese parque acuático que estás organizando, Mejicana. Que no todo en la vida son motores fuera borda y hélices levógiras, o como se llamen. Ya es hora de que te pongas a tono con la vida que llevas. O que vas a llevar.

– ¿Qué te parece esto? -Pati se movía con desenvoltura por la tienda, sacando ropa de los colgadores y dejando la que descartaba en manos de una dependienta que las seguía, solícita-… El traje de chaqueta con pantalón nunca pasa de moda. Y a los tíos los impresiona, sobre todo en tu, en mi, en nuestro ambiente -le ponía delante a Teresa la ropa con las perchas, acercándosela al cuerpo para comprobar el efecto-… Los vaqueros están muy bien, no tienes por qué dejarlos. Pero combínalos con chaquetas oscuras. Azul marino son perfectas.

Teresa tenía otras cosas en la cabeza, más complejas que el color de una chaqueta para llevar con los tejanos. Demasiada gente y demasiados intereses. Horas reflexionando ante un cuaderno lleno de cifras, nombres, lugares. Largas conversaciones con desconocidos a quienes escuchaba atenta y cauta, procurando adivinar, dispuesta a aprender de todo y de todos. Muchas cosas dependían ahora de ella, y se preguntaba si de veras estaba preparada para asumir responsabilidades que antes ni le pasaban por el pensamiento. Pati sabía todo eso, pero no le importaba, o no parecía importarle. Cada cosa a su tiempo, decía. Hoy toca ropa. Hoy toca descansar. Hoy toca salir de marcha. Además, llevar el negocio es más bien asunto tuyo. Tú eres la gerente, y yo miro.

– ¿Ves?… Con vaqueros, lo que mejor te sienta es calzado bajo, tipo mocasín, y esos bolsos: Ubrique, Valverde del Camino. Los bolsos artesanos andaluces te van bien. Para diario.

Había tres bolsos de aquellos en los paquetes que llenaban ya el maletero del coche aparcado en el estacionamiento subterráneo de la plaza de la Marina. De hoy yo pasa, insistía Pati. Ni un día más sin que llenes un armario con lo que necesitas. Y vas a hacerme caso. Yo mando y tú obedeces. ¿Vale?… Además, vestir es menos cuestión de moda que de sentido común. Vete haciendo a idea: poco pero bueno es mejor que mucho y malo. El truco es hacerse un fondo de armario. Y luego, partiendo deahí, ampliar. ¿Me sigues?

Pocas veces estaba tan locuaz, la Teniente OTarrell. Teresa la seguía, en efecto, interesada por aquella nueva forma de ver la ropa y de verse a sí misma. Hasta entonces, vestir de un modo u otro respondía a dos objetivos claros: gustar a los hombres -a sus hombres- o ir cómoda. La indumentaria como herramienta de trabajo, según había dicho Pati arrancándole una carcajada, constituía una novedad. Vestirse no era sólo comodidad o seducción. Ni siquiera elegancia, o status, sino sutilezas dentro del status. ¿Sigues siguiéndome?… La ropa puede ser estado de ánimo, carácter, poder. Una viste como lo que es o como lo que quiere ser, y justo en eso está la diferencia. Las cosas se aprenden, claro. Como los modales, comer y conversar. Se adquieren cuando eres inteligente y sabes mirar. Y tú sabes, Mejicana. No he visto a nadie que mire como tú. Perra india. Como si leyeras libros en la gente. Los libros ya los conoces, y es hora de que también conozcas el resto. ¿Por qué? Porque eres mi socia y eres mi amiga. Porque vamos a pasar mucho tiempo juntas, espero, y a hacer grandes cosas. Y porque ya va siendo hora de que cambiemos de conversación.

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