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Se apartó de la ventana y fue hasta la mesa en busca de un cigarrillo. El paquete de Faros seguía junto a la Sig Sauer y los tres cargadores llenos de parque 9 parabellum. Al principio Teresa no estaba familiarizada con aquella pistola, y Pote Gálvez pasó una mañana enseñándole a desmontarla y volverla a montar con los ojos cerrados. Si vienen de noche y a usted se le embala la escuadra, patrona, mejor que pueda arreglárselas sin prender la luz. Ahora el gatillero se acercó con un fósforo encendido, inclinó breve la cabeza cuando ella dio las gracias, y después fue al sitio que Teresa había ocupado junto la ventana, a echar un vistazo afuera.

– Todo está en orden -dijo ella, exhalando el humo.

Era un placer echarse faritos después de tantos años. El gatillero encogió los hombros, dando a entender que, respecto a lo del orden, en Culiacán la palabra resultaba relativa. Después fue al pasillo y Teresa lo oyó hablar con uno de los federales que estaban en la casa. Tres dentro, seis en el jardín, veinte guachos en el perímetro exterior, relevándose cada doce horas, manteniendo lejos a los curiosos, a los periodistas y a los malandrines que a esas horas sin duda rondaban ya en espera de una oportunidad. Me pregunto, calculó en sus adentros, cuánto ofrecerá por mi cuero el diputado y candidato a senador por Sinaloa don Epifanio Vargas.

– ¿Cuánto crees que valdremos, Pinto?

Había aparecido otra vez en la puerta, con aquel aspecto de oso torpe de cuando temía hacerse notar demasiado. Tranquilo en apariencia, como de costumbre. Pero ella observó que, tras los párpados entornados, sus ojos oscuros y suspicaces no paraban de medirle el agua a los tamales.

A mí me bajan gratis, patrona… Pero usted se ha vuelto bocado grande. Nadie andaría en esta quema por menos de un madral.

– ¿Serán los mismos escoltas o vendrán de fuera?

Resopló el otro, arrugando el bigote y la frente. -Me late que de fuera -dijo-. Los narcos y los policías son iguales pero no siempre, aunque a veces sí… ¿Me comprende?

– Más o menos.

– Ésa es la neta. Y de los guachos, el coronel se me hace mero mero. Buena onda… De los que truenan nomás sus chicharrones.

Ahí veremos, ¿no?

– Pos fíjese que estaría requetebién padre, mi doña. Verlo de una vez, y pelarnos.

Teresa sonrió al oír aquello. Comprendía al gatillero. La espera siempre resultaba peor que la bronca, por pesada que ésta fuese. De cualquier manera, ella había adoptado medidas adicionales. Preventivas. No era una chava inexperta, tenía medios y conocía a sus clásicos. El viaje a Culiacán estaba precedido de una campaña de información en los niveles adecuados, incluida la prensa local. Sólo Vargas, era el lema. Ni madrineo, ni dedo, ni pitazos: asunto personal en plan duelo en la barranca, y el resto a disfrutar del espectáculo. A salvo. Ni un nombre más, ni una fecha. Nada. Sólo don Epifanio, ella y el fantasma del Güero Dávila quemándose en el Espinazo del Diablo doce años atrás. No se trataba de una delación, sino de una venganza limitada y personal; eso podía entenderse muy bien en Sinaloa, donde lo primero estaba mal visto y lo segundo era norma al uso y abastecimiento habitual de panteones. Aquél había sido el pacto en el hotel Puente Romano, y el Gobierno de México estuvo de acuerdo. Hasta los gringos, aunque a regañadientes, lo estuvieron. Un testimonio concreto y un nombre concreto. Ni siquiera César Batman Güemes o los demás chacas que en otro tiempo fueron próximos a Epifanio Vargas debían sentirse amenazados. Eso, era de esperar, habría tranquilizado bastante al Batman y a los otros. También aumentaba las posibilidades de supervivencia de Teresa y reducía los frentes a cubrir. A fin de cuentas, en el tiburoneo del dinero y la narcopolítica sinaloense, don Epifanio había sido o era un aliado, un prócer local; pero también un competidor y, tarde o temprano, un enemigo. A muchos les iría de perlas que alguien lo sacara de escena a tan bajo precio.

Sonó el teléfono. Fue Pote Gálvez quien agarró el auricular, y después se quedó mirando a Teresa como si al otro lado de la línea hubiesen pronunciado el nombre de un espectro. Pero ella no se sorprendió en absoluto. Llevaba cuatro días esperando esa llamada. Y ya se tardaba.

– Esto es irregular, señora. No estoy autorizado. El coronel Edgar Ledesma estaba de pie en la alfombra del salón, las manos cruzadas a la espalda, el uniforme de faena bien planchado, las botas relucientes húmedas de lluvia. Su pelo recorto, puro guacho, le sentaba muy bien, confirmó Teresa, con todo y sus canas blancas. Tan educado y tan limpio. Le recordaba un poco a aquel capitán de la Guardia Civil de Marbella, mucho tiempo atrás, cuyo nombre había olvidado.

– Estamos a menos de veinticuatro horas de su declaración en la Procuraduría General.

Teresa permanecía sentada, fumando, cruzadas las piernas con los pantalones de seda negra. Mirándolo desde abajo. Cómoda. Muy cuidadosa de poner las cosas en su sitio.

– Déjeme decirle, coronel. Yo no estoy aq i en calidad de prisionera.

– Por supuesto que no.

– Si acepto su protección es porque deseo aceptarla. Pero nadie puede impedirme ir a donde quiera… Ése fue el pacto.

Ledesma apoyó el peso de su cuerpo en una bota, y luego en otra. Ahora miraba al licenciado Gaviria, de la Procuraduría General del Estado, su enlace con la autoridad civil que manejaba el asunto. Gaviria también estaba de pie, aunque algo más alejado, con Pote Gálvez detrás, recostado en el marco de la puerta, y el ayudante militar del coronel -un teniente joven- mirando por encima de su hombro, desde el pasillo.

– Dígale a la señora -rogó el coronel- que lo que pide es imposible.

Gaviria le dio la razón a Ledesma. Era un individuo flaquito, agradable, vestido y afeitado con mucha corrección. Teresa lo miró fugazmente, dejando resbalar la vista como si no lo viera.

– Yo no pido nada, coronel -le dijo al guacho-. Me limito a comunicarle que tengo intención de salir esta tarde de aquí durante hora y media. Que tengo una cita en la ciudad… Usted puede tomar disposiciones de seguridad, o no hacerlo.

Ledesma movía la cabeza, impotente.

– Las leyes federales me prohíben mover tropas por la ciudad. Con esa gente que tengo ahí afuera ya apuramos mucho la letra pequeña.

– Y por su parte, la autoridad civil… -empezó a decir Gaviria.

Teresa apagó el cigarrillo en el cenicero, con tanta fuerza que se quemó entre las uñas.

– Usted no se me agüite, licenciado. Ni tantito así. Con la autoridad civil cumpliré mañana como está previsto, a la hora en punto.

– Habría que considerar que, en términos legales…

– Oiga. Tengo el hotel San Marcos lleno de abogados que me cuestan un chingo -señaló el teléfono-… ¿A cuántos quiere que llame?

– Podría ser una trampa -argumentó el coronel. -Híjole. No me diga.

Ledesma se pasó una mano por la cabeza. Después dio unos pasos por la habitación, seguido por los ojos angustiados de Gaviria.

Tendré que consultar con mis superiores. -Consulte con quien guste -dijo Teresa-. Pero tenga clara una cosa: si no me dejan acudir a esa cita, interpreto que estoy retenida aquí, a pesar de los compromisos del Gobierno. Y eso deshace el trato… Además, les recuerdo que en México no hay cargos contra mí.

El coronel la observó con fijeza. Se mordía el labio inferior como si le molestase un pellejito. Inició el ademán de ir hacia la puerta, pero se detuvo a la mitad. -¿Qué gana con rifársela así?

Era evidente que deseaba comprender de veras. Teresa descruzó las piernas, alisándose con las manos las arrugas de la seda negra. Lo que gane o pierda, respondió, es cosa mía y a ustedes les vale madres. Lo dijo de ese modo y se quedó callada, y al momento oyó suspirar bronco al guacho. Otra mirada entre él y Gaviria.

– Pediré instrucciones -dijo el coronel. -Yo también -apostilló el funcionario. -Órale. Pidan lo que tengan que pedir. Mientras tanto, yo exijo un carro en la puerta a las siete en punto.

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