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Con ese güey -señaló a Pote Gálvez- dentro y bien armado… Lo que haya alrededor o por encima, coronel, es cosa suya.

Lo había dicho mirando todo el tiempo a Ledesma Y esta vez, calculó, puedo permitirme sonreír un poco. Les impresiona mucho que una hembra sonría mientras les retuerce los huevos. Qué onda, mi perro. Te creías el caballo de Marlboro.

Zum, zum. Zum, zum. Las escobillas del parabrisas sonaban monótonas, con la lluvia repicando como granizo de balas en el techo de la Suburban. Cuando el federal que manejaba hizo girar a la izquierda el volante y enfiló la avenida Insurgentes, Pote Gálvez, que ocupaba el asiento contiguo al conductor, miró a un lado y a otro y puso las dos manos sobre el cuerno de chivo Aká 47 que cargaba sobre las rodillas. También llevaba en un bolsillo de la chaqueta un boquitoqui conectado en la misma frecuencia que la radio de la Suburban, y Teresa escuchaba desde el asiento de atrás las voces de los agentes y los guachos que participaban en el operativo. Objetivo Uno y Objetivo Dos, decían. El Objetivo Uno era ella misma. Y con el Objetivo Dos iba a encontrarse de allí a nada.

Zum, zum. Zum, zum. Era de día, pero el cielo gris oscurecía las calles y algunos comercios tenían las luces encendidas. La lluvia multiplicaba los destellos luminosos del pequeño convoy. La Suburban y su escolta -dos Ram federales y tres trocas Lobo con guachos encaramados tras las ametralladoras- levantaban regueros de agua en el torrente pardo que llenaba las calles y corría hacia el Tamazula, rebosando conducciones y alcantarillas. Había una franja negra en el cielo, al fondo, recortando los edificios más altos de la avenida, y otra franja rojiza por debajo que parecía vencerse por el peso de la negra.

– Un retén, patrona -dijo Pote Gálvez.

Sonó el cuerno de chivo al cerrojearlo, y eso valió al gatillero una ojeada inquieta, de soslayo, del conductor. Cuando lo rebasaban sin aflojar la marcha, Teresa vio que se trataba de un retén militar y que los guachos, casco de combate, Errequinces y Emedieciséis a punto, habían hecho aparcar a un lado dos carros de la policía y vigilaban sin disimulo a los judiciales que se hallaban dentro. Era evidente que el coronel Ledesma se fiaba lo justo; y también que, tras buscarle mucho las vueltas a las leyes que prohibían mover tropas dentro de las ciudades, el subcomandante de la Novena Zona había encontrado por dónde fregarse la letra pequeña -a fin de cuentas, el estado natural de un militar lindaba siempre con el estado de sitio-. Teresa observó más guachos y federales escalonados bajo los árboles que dividían el doble sentido de la avenida, con tránsitos desviando la circulación para otras calles. Y allí mismo, entre las vías de ferrocarril y el gran cuadrado de cemento de la Unidad Administrativa, la capilla de Malverde parecía mucho más pequeña de lo que ella recordaba, doce años atrás.

Recuerdos. De pronto comprendió que, durante aquel larguísimo viaje de ida y vuelta, sólo había adquirido tres certezas sobre la vida y los seres humanos: que matan, recuerdan y mueren. Porque llega un momento, se dijo, en que miras adelante y sólo ves lo que dejaste atrás: cadáveres que fueron quedando a tu espalda mientras caminabas. Entre ellos vaga el tuyo, y no lo sabes. Hasta que al fin lo ves, y lo sabes.

Se buscó en las sombras de la capilla, en la paz del banquito puesto a la derecha de la efigie del santo, en la penumbra rojiza de las velas que ardían con débil chisporroteo entre las flores y las ofrendas colgadas de la pared. La luz afuera se iba ahora muy deprisa, y el resplandor intermitente rojo y azul de un carro federal iluminaba la entrada con destellos mas intensos a medida que se entenebrecía el gris sucio de la tarde. Detenida frente al santo Malverde, observando su pelo negro como teñido de peluquería, la chaqueta blanca y la mascada al cuello, los ojos achinados y el mostacho charro, Teresa movió los labios para rezar, como hiciera tiempo atrás -Dios vendiga mi camino y permita mi regreso-; pero no logró llegar a oración alguna. Quizá sea un sacrilegio, pensó de pronto. Tal vez no debí establecer la cita en este sitio. Quizás el tiempo me ha vuelto estúpida y arrogante, y va siendo hora de que pague por ello.

La última vez que estuvo allí había otra mujer mirándola desde las sombras. Ahora la buscaba sin hallarla. A menos, resolvió, que yo sea la otra mujer, o la tenga dentro, y la morra de ojos asustados, la chavita que huía con una bolsa y una Doble Águila en las manos, se haya convertido en uno de esos espectros que vagan a mi espalda, mirándome con ojos acusadores, o tristes, o indiferentes. Quizá la vida sea eso, y una respire, camine, se mueva sólo para un día mirar atrás y verse allí. Para reconocerse en las sucesivas muertes propias y ajenas a las que te condena cada uno de tus pasos.

Metió las manos en los bolsillos de la gabardina -un suéter debajo, tejanos, botas cómodas con suela de goma- y extrajo el paquete de faritos. Encendía uno en la llama de una vela de Malverde cuando don Epifanio Vargas se recortó en los destellos rojos y azules de la puerta.

– Teresita. Cuánto tiempo.

Seguía casi igual, apreció. Alto, corpulento. Había colgado el impermeable en un gancho junto a la puerta. Traje oscuro, camisa abierta sin corbata, botas picudas.

Con aquella cara que recordaba las viejas películas de Pedro Armendáriz. Tenía muchas canas en el bigote y en las sienes, unas cuantas arrugas más, la cintura ensanchada, tal vez. Pero era el mismo.

Apenas te reconozco.

Dio unos pasos adentrándose en la capilla después de mirar a un lado y a otro con recelo. Observaba fijamente a Teresa, intentando relacionarla con la otra mujer que tenía en la memoria.

– Usted no ha cambiado mucho -dijo ella-. Algo más de peso, quizá. Y las canas.

Estaba sentada en el banco, junto a la efigie de Malverde, y no se movió al verlo entrar.

– ¿Llevas un arma? -preguntó don Epifanio, cauto.

– No.

– Qué bueno. A mí me checaron ahí afuera esos putos. Yo tampoco traía.

Suspiró un poco, miró a Malverde iluminado por la luz trémula de las velas, luego otra vez a ella.

– Ya ves. Acabo de cumplir sesenta y cuatro. Pero no me quejo.

Se aproximó hasta quedar muy cerca, estudiándola con atención desde arriba. Ella permaneció como estaba, sosteniéndole la mirada.

– Creo que te fueron bien las cosas, Teresita. -Tampoco a usted le han ido mal.

Don Epifanio movió la cabeza en una lenta afirmación. Pensativo. Después se sentó al lado. Estaba exactamente igual que la última vez, excepto que ella no tenía una Doble Águila en las manos.

– Doce años, ¿verdad? Tú y yo en este mismo sitio, con la famosa agenda del Güero…

Se interrumpió, dándole ocasión de mezclar los recuerdos con los suyos. Pero Teresa guardó silencio. Al cabo de un instante don Epifanio sacó un cigarro habano del bolsillo superior de la chaqueta. Nunca imaginé, empezó a decir mientras quitaba la vitola. Pero se detuvo otra vez, como si acabara de llegar a la conclusión de que lo nunca imaginado no tenía importancia. Creo que todos te infravaloramos, dijo al fin. Tu hombre, yo mismo. Todos. Lo de tu hombre lo dijo un poco más bajo, y parecía que intentara deslizarlo inadvertido entre el resto.

A lo mejor por eso sigo viva.

El otro reflexionó sobre aquello mientras aplicaba la llama de un encendedor al cigarro.

– No es un estado permanente, ni garantizado. -concluyó con la primera bocanada-. Uno sigue vivo hasta que deja de estarlo.

Fumaron un poco los dos, sin mirarse. Ella casi tenía consumido su cigarrillo.

– ¿Qué haces metida en esto?

Aspiró por última vez la brasa entre sus dedos. Luego dejó caer la colilla y la pisó con cuidado. Pues fíjese, repuso, que nomás arreglar cuentas viejas. Cuentas, repitió otro. Después volvió a chupar su habano y emitió una opinión: esas cuentas es mejor dejarlas como están. Ni modo, dijo Teresa, si hacen que duerma mal.

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