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– Hace tiempo -dijo, inclinándose para comprobar el precio de unos zapatos-. Tres o cuatro años, creo.

– Ahora me explico lo del cuadro… El negocio no te lo propuso el viejo, sino él.

Menchu sonrió, aviesa.

– Premio para ti, guapita. No te equivocas. Tuvimos lo que tú, tan recatada, llamarías un affaire… De eso hace tiempo, pero cuando se le ocurrió lo del Van Huys tuvo el detalle de pensar en mí.

– ¿Y por qué no se encargó de negociarlo directamente?

– Porque nadie se fía de él, incluido don Manuel… -se echó a reír-. Alfonsito Lapeña, más conocido por El Timbas, debe dinero hasta al limpiabotas. Ya hace unos meses escapó por los pelos de ir a la cárcel. Un asunto de cheques sin fondos.

– ¿Y de qué vive?

– De su mujer, de dar sablazos a los incautos, y de la poca vergüenza que tiene.

– Y confía en el Van Huys para salir de apuros.

– Sí. Está loco por convertirlo en montoncitos de fichas sobre un tapete verde.

– Parece un pájaro de cuenta.

– Lo es. Pero tengo debilidad por los golfos, y Alfonso me cae bien -se quedó pensativa un instante-. Aunque tampoco sus aptitudes técnicas, que yo recuerde, sean para darle una medalla. Es… ¿Cómo te diría yo? -reflexionó en busca de la definición adecuada-. Muy poco imaginativo, ¿entiendes? Ni punto de comparación con Max. Monótono, ya sabes: del tipo hola y adiós. Pero te ríes mucho con él. Cuenta unos deliciosos chistes guarros.

– ¿Lo sabe la mujer?

– Supongo que se lo huele, porque tonta no es. Por eso mira con esa cara. La muy perra.

III. UN PROBLEMA DE AJEDREZ

«El noble juego tiene sus abismos en los que muchas veces un alma noble ha desaparecido.»

Un antiguo maestro alemán

– Yo creo -dijo el anticuario- que se trata de un problema de ajedrez.

Hacía media hora que cambiaban impresiones frente al cuadro. César de pie, apoyado en la pared con un vaso de ginebra y limón pulcramente sostenido entre los dedos pulgar e índice. Menchu ocupaba el sofá con aire lánguido. Julia se mordía una uña sentada en la alfombra con el cenicero entre las piernas. Los tres miraban la pintura como si estuviesen frente a un aparato de televisión. Los colores del Van Huys oscurecían ante sus ojos, a medida que se iba extinguiendo la última luz del atardecer por la claraboya del techo.

– ¿Alguien puede encender algo? -sugirió Menchu-. Tengo la sensación de estarme quedando ciega poco a poco.

César accionó el interruptor que tenía a su espalda, y una luz indirecta, reflejada en las paredes, devolvió vida y color a Roger de Arras y a los duques de Ostenburgo. Casi al mismo tiempo, en el reloj de pared sonaron ocho campanadas al compás del largo péndulo de latón dorado. Julia movió la cabeza, acechando en la escalera ruido de pasos inexistentes.

– Álvaro se retrasa -dijo, y vio a César hacer una mueca.

– Por muy tarde que llegue ese filisteo -murmuró el anticuario- siempre llegará demasiado pronto.

Julia le dirigió una mirada de reproche.

– Prometiste ser correcto. No lo olvides.

– No lo olvido, princesa. Reprimiré mis impulsos homicidas, sólo merced a la devoción que te profeso.

– Te lo agradeceré eternamente.

– Eso espero -el anticuario miró su reloj de pulsera como si no confiase en el de pared, viejo regalo suyo-. Pero ese cerdo no es muy puntual, que digamos.

– César.

– Vale, queridísima. Ya me callo.

– No, no te calles -Julia señaló el cuadro-. Estabas diciendo que se trata de un problema de ajedrez…

César asintió. Hizo una pausa teatral para mojar los labios en la bebida, secándoselos después con un pañuelo de inmaculada blancura que extrajo del bolsillo.

– Verás… -Miró también a Menchu y suspiró levemente-. Veréis. Existe en la inscripción oculta un detalle en el que no habíamos caído hasta ahora, al menos yo. Quis necavit equitem se traduce, efectivamente, por la pregunta: ¿Quién mato al caballero? Lo que, según los datos de que disponemos, puede interpretarse como un acertijo sobre la muerte, o el asesinato, de Roger de Arras… Sin embargo -César hizo un gesto de prestidigitador que extrae una sorpresa de su chistera-, esa frase puede traducirse también con matiz diferente. Que yo sepa, la pieza de ajedrez que nosotros conocemos por caballo se llamaba caballero en la Edad Media… Incluso hoy en muchos países europeos sigue siendo así. En inglés, por ejemplo, la pieza es literalmente knight: caballero -miró pensativo el cuadro, juzgando la solvencia de su razonamiento-. Quizá la pregunta, entonces, no sea quién mató al caballero, sino quién mató al caballo… O, formulada en términos ajedrecísticos: ¿Quién se comió el caballo?

Quedaron en silencio, meditando. Por fin habló Menchu.

– Una lástima, nuestro cuento de la lechera -su mueca traslucía la decepción-. Hemos montado toda esta película de una simple bobada…

Julia, que miraba fijamente al anticuario, movió la cabeza.

– Nada de eso; el misterio sigue existiendo. ¿No es cierto, César?… Roger de Arras fue asesinado antes de que se pintara el cuadro -se incorporó indicando un ángulo de la tabla-. ¿Véis? La fecha de ejecución de la pintura está aquí: Petrus Van Huys fecit me, anno MCDLXXI… Eso quiere decir que, dos años después del asesinato de Roger de Arras, Van Huys pintó, haciendo un ingenioso juego de palabras, un cuadro en el que figuraban la víctima y el verdugo -vaciló un momento, pues se le acababa de ocurrir una nueva idea-. Y, posiblemente, el móvil del crimen: Beatriz de Borgoña.

Menchu estaba confusa, pero excitadísima. Se había movido hasta el borde del sofá y miraba la tabla flamenca con ojos muy abiertos, como si la viera por primera vez.

– Explícate, hija. Me tienes en ascuas.

– Según sabemos, Roger de Arras pudo ser asesinado por varias razones; y una de ellas habría sido un supuesto romance entre él y la duquesa Beatriz… La mujer vestida de negro que lee junto a la ventana.

– ¿Quieres decir que el duque lo mató por celos?

Julia hizo un gesto evasivo.

– Yo no quiero decir nada. Me limito a sugerir una posibilidad -indicó con un gesto el montón de libros, documentos y fotocopias que tenía sobre la mesa-. Tal vez el pintor quiso llamar la atención sobre el crimen… Es posible que eso lo decidiera a pintar el cuadro, o quizá lo hizo por encargo -encogió los hombros-. Jamás lo sabremos con certeza, pero hay algo que sí está claro: este cuadro contiene la clave del asesinato de Roger de Arras. Lo prueba la inscripción.

– Inscripción tapada -matizó César.

– Más a mi favor.

– Supongamos que el pintor tuviera miedo de haber sido demasiado explícito… -sugirió Menchu-. Tampoco en el siglo quince podía ir acusándose a la gente así, por las buenas.

Julia miró el cuadro.

– Puede que Van Huys se asustara de haber reflejado la cosa con excesiva claridad.

– O alguien lo hizo después -sugirió Menchu.

– No. Yo también pensé en eso, y además de mirarlo con luz negra hice un análisis estratigráfico, tomando una muestra con bisturí para estudiarla al microscopio -cogió de la mesa una hoja de papel-. Ahí lo tenéis, por capas sucesivas: soporte de madera de roble, una preparación muy delgada con carbonato de calcio y cola animal, blanco de plomo y óleo como imprimación, y tres capas con blanco de plomo, bermellón y negro marfil, blanco de plomo y resinato de cobre, barniz, etcétera. Todo idéntico al resto: las mismas mezclas, los mismos pigmentos. Fue Van Huys en persona quien tapó la inscripción, poco después de haberla escrito. De eso no cabe duda.

– ¿Entonces?

– Siempre teniendo en cuenta que nos hallamos sobre una cuerda floja de cinco siglos, estoy de acuerdo con César. Es muy posible que la clave esté en la partida de ajedrez. En cuanto a lo de comerse el caballo, ni siquiera se me había ocurrido… -miró al anticuario-. ¿Qué opinas tú?

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