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– Jaque -repitió el jugador.

Su movimiento había sido en apariencia simple, limitándose a hacer que un modesto peón avanzase una casilla. Pero su rival dejó de tamborilear con los dedos y los apoyó en la sien, como para calmar un molesto latido. Después desplazó otra casilla su rey blanco, esta vez hacia atrás y en diagonal. Parecía disponer de tres casillas como refugio, pero por alguna razón que a Julia se le escapaba, escogió aquella. Un susurro de admiración surgido en las inmediaciones parecía indicar la oportunidad del movimiento, pero su adversario no se inmutó.

– Ahí hubiera sido mate -dijo, y no había el menor asomo de triunfo en su tono; sólo la comunicación de un hecho objetivo al oponente. Tampoco había condolencia. Pronunció aquellas palabras antes de mover pieza alguna, como si considerase innecesario acompañarlas con una demostración práctica. Y entonces, casi con desgana, sin dedicar el mínimo interés a la mirada de incredulidad de su adversario y de buena parte de los espectadores, trajo, como si viniera de muy lejos, un alfil a través de la diagonal de casillas blancas que cruzaba el tablero de parte a parte, y lo situó en las inmediaciones del rey enemigo, sin amenazarlo directamente. Entre el rumor de comentarios que estalló en torno a la mesa, Julia dirigió al juego una ojeada confusa; no conocía gran cosa de ajedrez, pero sí lo elemental para saber que un jaque mate implicaba amenaza directa sobre el rey. Y aquel rey blanco parecía a salvo.

Miró a César en espera de una aclaración, y después a Cifuentes. El director sonreía bonachón, moviendo admirado la cabeza.

– Habría sido mate en tres jugadas, en efecto… -le informó a Julia-. Hiciera lo que hiciera, el rey blanco no tenía escapatoria.

– Entonces no entiendo nada -dijo ella-. ¿Qué ha pasado?

Cifuentes emitió una risita contenida.

– Ese alfil blanco era el que podía haber dado el golpe de gracia; aunque, hasta que movió, ninguno de nosotros fue capaz de verlo… Ocurre, sin embargo, que ese caballero, a pesar de saber perfectamente cual es la jugada, no quiere desarrollarla. Ha movido el alfil para mostrarnos la combinación correcta, pero situándolo a propósito en una casilla incorrecta, donde esa pieza resulta inofensiva.

– Sigo sin comprender -dijo Julia-. ¿Es que no quiere ganar la partida?

El director del club Capablanca se encogió de hombros.

– Eso es lo curioso… Hace cinco años que viene aquí, es el mejor ajedrecista que conozco, pero no lo he visto ganar ni una sola vez.

En este momento, el jugador levantó los ojos y su mirada encontró la de Julia. Todo su aplomo, toda la seguridad desplegada en el juego, parecían haberse desvanecido. Era como si, al concluir la partida y volver la vista al mundo que lo rodeaba, aquel hombre se viera desprovisto de los atributos que le aseguraban la envidia y respeto de los demás. Sólo entonces reparó Julia en su corbata vulgar, en la chaqueta marrón con arrugas en la espalda y abolsada en los codos, en el mentón mal afeitado sobre el que azuleaba una barba rasurada a las cinco o seis de la mañana, antes de coger el metro, o el autobús, para ir al trabajo. Incluso la expresión de sus ojos se había apagado, tornándose opaca y gris.

– Les presento -dijo Cifuentes- al señor Muñoz. Jugador de ajedrez.

IV. EL TERCER JUGADOR

«Entonces, Watson -dijo Holmes-. ¿No resulta curioso comprobar cómo, a veces, para conocer el pasado, es preciso conocer antes el futuro?»

R. Smullyan

– Es una partida real -opinó Muñoz-. Algo extraña, pero lógica. Acaban de mover negras.

– ¿Seguro? -preguntó Julia.

– Seguro.

– ¿Cómo lo sabe?

– Lo sé.

Estaban en el estudio de la joven, frente al cuadro iluminado por todas las luces disponibles en la habitación. César en el sofá, Julia sentada en la mesa, Muñoz de pie ante el Van Huys, aún algo perplejo.

– ¿Quiere una copa?

– No.

– ¿Un cigarrillo?

– Tampoco. Yo no fumo.

Flotaba cierto embarazo. El ajedrecista parecía incómodo, con la arrugada gabardina puesta y abotonada, como si se reservara el derecho a despedirse de un momento a otro, sin dar explicaciones. Conservaba un aire huraño, desconfiado; no había sido fácil llevarlo hasta allí. Al principio, cuando César y Julia le plantearon la cuestión, Muñoz puso una cara que no precisaba comentarios; los tomaba por un par de chiflados. Después adoptó una actitud suspicaz, a la defensiva. Que lo disculparan si ofendía, pero toda aquella historia de asesinatos medievales y una partida de ajedrez pintada en un cuadro era demasiado extraña. Y aunque fuese cierto lo que le contaban, no comprendía muy bien en qué se relacionaba él con todo aquello. A fin de cuentas -lo repitió como si de ese modo estableciera las debidas distancias- sólo era un contable. Un oficinista.

– Pero usted juega al ajedrez -le había dicho César con la más seductora de sus sonrisas. Acababan de cruzar la calle, sentándose en un bar, junto a una máquina tragaperras que, a intervalos, los aturdía con su monótona musiquilla caza-incautos.

– Sí, ¿y qué? -no había desafío, sino indiferencia en la respuesta-. Mucha gente lo hace. Y no veo por qué yo precisamente…

– Dicen que es el mejor.

El ajedrecista le dirigió a César una mirada indefinible. Tal vez lo fuera, creyó leer Julia en aquel gesto, pero eso no tenía nada que ver con el asunto. Ser el mejor no significaba nada. Se podía ser el mejor, igual que se podía ser rubio o tener los pies planos, sin que eso llevara implícita la obligación de ir por ahí demostrándoselo a la gente.

– Si fuera lo que usted dice -respondió al cabo de un instanteme presentaría a torneos y cosas así. Y no lo hago.

– ¿Por qué?

Muñoz le echó un vistazo a su taza de café vacía antes de encogerse de hombros.

– Porque no. Para eso hay que tener ganas. Quiero decir ganas de ganar… -los miró como si no estuviese muy seguro de que entendieran sus palabras-. Y a mí me da lo mismo.

– Un teórico -comentó César, con gravedad en la que Julia detectó oculta ironía.

Muñoz sostuvo la mirada del anticuario con aire reflexivo, como si se esforzara por encontrar la respuesta idónea.

– Tal vez -dijo por fin-. Por eso no creo serles de mucha utilidad.

Hizo el gesto de levantarse, interrumpido apenas iniciado, cuando Julia alargó una mano, poniéndosela en el brazo. Fue un contacto breve, con angustiosa premura que más tarde, a solas, César calificaría, enarcando una ceja, como de oportunísima femineidad, querida, la dama que solicita ayuda sin excederse en los términos, evitando que el pájaro volase. Él, César, no habría sabido hacerlo mejor; sólo hubiera articulado un gritito de alarma en absoluto apropiado a las circunstancias. El caso es que Muñoz miró un momento hacia abajo, fugazmente, la mano que Julia ya retiraba, y permaneció sentado mientras sus ojos se deslizaban por la superficie de la mesa, deteniéndose en la contemplación de sus propias manos, de uñas no muy limpias, inmóviles a uno y otro lado de la taza.

– Necesitamos su ayuda -dijo Julia en voz baja-. Se trata de algo importante, se lo aseguro. Importante para mí y para mi trabajo.

El ajedrecista ladeó un poco la cabeza antes de mirarla, no directamente, sino a la barbilla; como temiendo que dirigirse a sus ojos estableciera entre ambos un compromiso que no estaba dispuesto a asumir.

– No creo que me interese -respondió por fin.

Julia se inclinó sobre la mesa.

– Plantéeselo como una partida distinta a las que ha jugado hasta ahora… Una partida que, esta vez, valdría la pena ganar.

– No veo por qué iba a ser distinta. En el fondo siempre es la misma partida.

César se impacientaba.

– Le aseguro, mi querido amigo -el anticuario traicionaba su irritación dándole vueltas al topacio en su mano derecha- que no consigo explicarme su extraña apatía… ¿Por qué juega, entonces, al ajedrez?

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