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Pero aquel miedo, que Julia acababa de descubrir, era diferente. Nuevo, insólito, desconocido hasta entonces, sazonado por la sombra del Mal con mayúscula, inicial de aquello que está en el origen del sufrimiento y del dolor. El Mal capaz de abrir el grifo de una ducha sobre el rostro de un hombre asesinado. El Mal que sólo puede pintarse con negro de oscuridad, negro tiniebla, negro soledad. El Mal con M de miedo. Con M de matar.

Matar. Era sólo una hipótesis, se dijo mientras observaba en el suelo su propia sombra. La gente resbala en las bañeras, rueda escaleras abajo, se salta un semáforo y muere. También los forenses y los policías se pasan de listos de vez en cuando, por deformación profesional. Todo eso era cierto; pero alguien le había enviado a ella el informe de Álvaro cuando Álvaro llevaba veinticuatro horas muerto. Eso no era una hipótesis: los documentos estaban en su propia casa, en un cajón. Y aquello sí era real.

Se estremeció antes de mirar sobre sus pasos para ver si la seguían. Y aunque no esperaba descubrir a nadie, vio, efectivamente, a alguien. Que la siguiese o no a ella, eso era difícil de establecer; pero una silueta caminaba a unos cincuenta metros, iluminada a intervalos cuando cruzaba los espacios de luz que, reverberando en la fachada del museo, pasaban entre las copas de los árboles.

Julia miró al frente, siguiendo su camino. Todos sus músculos contenían la necesidad imperiosa de correr, como cuando era niña y cruzaba el portal oscuro de su casa, antes de subir a saltos la escalera y llamar a la puerta. Pero se impuso la lógica de una mente acostumbrada a la normalidad. Salir corriendo, por el mero hecho de que alguien caminara en su misma dirección, cincuenta metros atrás, no sólo era desproporcionado, sino ridículo. Sin embargo, reflexionó después, pasear tranquilamente por una calle sólo a medias iluminada, con un potencial asesino a la espalda, por muy hipotético que fuese, no sólo era también desproporcionado, sino suicida. El debate entre ambos pensamientos ocupó su atención durante unos instantes en los que, ensimismada, relegó el miedo a un razonable segundo plano para decidir que su imaginación podía jugarle una mala pasada. Inspiró hondo, mirando atrás de reojo mientras se burlaba de sí misma, y en ese momento pudo observar que la distancia entre ella y el desconocido se había acortado unos metros. Entonces volvió a sentir miedo. Tal vez a Álvaro lo habían asesinado realmente, y quien hizo eso le había mandado después el informe sobre el cuadro. Se establecía un vínculo entre La partida de ajedrez, Álvaro, Julia y el presunto, posible o lo que diablos fuera, asesino. Estás hasta el cuello en esto, se dijo, y ya no fue capaz de encontrar pretextos para reírse de su propia inquietud. Miró a su alrededor, buscando alguien a quien acercarse en demanda de ayuda, o simplemente para colgarse de su brazo y rogarle que la acompañara lejos de allí. También pensó regresar a la comisaría, pero aquello planteaba una dificultad: el desconocido se interponía justo en mitad del camino. Un taxi, tal vez. Pero no había ninguna lucecita verde -verde esperanza- a la vista. Entonces sintió la boca tan seca que la lengua se le pegaba al paladar. Calma, se dijo. Conserva la calma, estúpida, o estarás realmente en peligro. Y consiguió reunir la calma suficiente, justo para echar a correr.

Un quejido de trompeta, desgarrado y solitario. Miles Davis en el tocadiscos y la habitación en penumbra, sólo iluminada por un pequeño flexo orientado, desde el suelo, hacia el cuadro. Tic-tac del reloj en la pared, con un leve reflejo metálico cada vez que el péndulo alcanzaba su máxima oscilación a la derecha. Un cenicero humeante, un vaso con restos de hielo y vodka sobre la alfombra, junto al sofá; y sobre éste, Julia, con las piernas encogidas, rodeadas por los brazos, un mechón de pelo cayéndole sobre la cara. Sus ojos, de pupilas dilatadas, fijos ante sí, miraban la pintura sin verla exactamente, enfocados hacia algún punto ideal situado más allá de la superficie, entre ésta y el paisaje entrevisto al fondo, a mitad de camino entre los dos jugadores de ajedrez y la dama sentada junto a la ventana.

Había perdido la noción del tiempo que llevaba sin cambiar de postura, sintiendo la música moverse suavemente en su cerebro junto a los vapores del vodka el calor de sus muslos y rodillas desnudas entre los brazos. A veces, una nota de trompeta emergía con mayor intensidad entre las sombras y ella movía despacio la cabeza a uno y otro lado, siguiendo el compás. Te amo, trompeta. Eres, esta noche, mi única compañía, apagada y nostálgica como la tristeza que rezuma mi alma. Y aquel sonido se deslizaba por la habitación oscura y también por la otra, iluminada, donde los jugadores seguían su partida, para salir por la ventana de Julia, abierta sobre el resplandor de las farolas que iluminaban la calle, allá abajo. Donde tal vez alguien, en la sombra proyectada por un árbol o un portal, miraba hacia arriba, escuchando la música que salía también por la otra ventana, la pintada en el cuadro, hacia el paisaje de suaves verdes y ocres en que despuntaba, apenas esbozada por un finísimo pincel, la minúscula aguja gris de un lejano campanario.

V. EL MISTERIO DE LA DAMA NEGRA

«Ahora ya sabía que había entrado en el país malvado, pero no conocía las reglas del combate»

G. Kasparov

Octavio, Lucinda y Scaramouche los observaban con sus ojos de porcelana pintada, en respetuoso silencio y perfecta inmovilidad, tras el cristal de la urna. La luz de la vidriera emplomada, descompuesta en rombos de color, arlequineaba la chaqueta de terciopelo de César. Nunca Julia había visto a su amigo tan silencioso y quieto, tan parecido a una de las estatuas, bronce, terracota y mármol, situadas un poco por aquí y por allá, entre cuadros, cristales y tapices, en su tienda de antigüedades. En cierto modo ambos, César y Julia, parecían formar parte del decorado, más propio del abigarrado escenario de una farsa barroca que del mundo real donde pasaban la mayor parte de su existencia. César tenía un aspecto especialmente distinguido -al cuello un pañuelo de seda color burdeos y entre los dedos su larga boquilla de marfil- y adoptaba una pose visiblemente clásica, casi goethiano en el contraluz multicolor, una pierna sobre la otra, caída con estudiada negligencia una mano encima de la que sostenía la boquilla, el pelo sedoso y blanco en el halo de luz dorada, roja y azul de la vidriera. Julia vestía una blusa negra con cuello de encaje, y su perfil veneciano iba a reflejarse en un gran espejo que escalonaba en profundidad muebles de caoba y arquetas de nácar, gobelinos y telas, columnas que se retorcían en espirales bajo desconchadas tallas góticas e, incluso, el gesto resignado y vacío de un gladiador de bronce, desnudo y caído de espaldas sobre sus armas, incorporado sobre un codo mientras aguardaba el veredicto, pulgar arriba o pulgar abajo, de un emperador invisible y omnipotente.

– Estoy asustada -confesó, y César hizo un movimiento a medio camino entre la solicitud y la impotencia. Un leve gesto de magnánima e inútil solidaridad, la mano que transparentaba delicadas venas azules suspendida en el aire, entre la luz dorada. Un gesto de amor consciente de sus limitaciones, expresivo y elegante, como el de un cortesano dieciochesco hacia una dama a la que venera cuando entrevé, al final de la calle por la que a ambos los conduce la fúnebre carreta, asomar la sombra de la guillotina.

– Quizá sea excesivo, querida. O al menos prematuro. Nadie ha demostrado todavía que Álvaro no resbalase en la bañera.

– ¿Y los documentos?

– Confieso que no encuentro explicación.

Julia inclinó la cabeza hacia un lado, y las puntas del cabello le rozaron el hombro. Se hallaba absorta en inquietantes imágenes interiores.

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