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Se desnudó, metiéndose bajo la ducha con la puerta abierta y la música de Vivaldi acompañándola entre el vapor del agua. La restauración de La partida de ajedrez para su puesta en el mercado podía reportarle un beneficio razonable. A los pocos años de terminada su licenciatura, Julia se había granjeado ya una sólida reputación en el ambiente de los restauradores de arte más solicitados por museos y anticuarios. Metódica y disciplinada, pintora de cierto talento a ratos libres, tenía fama de enfrentarse a cada obra con un acusado respeto al original, posición ética que no siempre compartían sus colegas. En la difícil y a menudo incómoda relación espiritual que se establecía entre cualquier restaurador y “su” obra, en la áspera batalla planteada entre conservación y renovación, la joven poseía la virtud de no perder de vista un principio fundamental: una obra de arte nunca era devuelta, sin grave perjuicio, a su estado primitivo. Julia opinaba que el envejecimiento, la pátina, incluso ciertas alteraciones de colores y barnices, desperfectos, repintes y retoques, se convertían, con el paso del tiempo, en parte tan sustancial de una obra de arte como la obra en sí misma. Tal vez por eso, los cuadros que pasaban por sus manos salían de éstas no revestidos de nuevos e insólitos colores y luces pretendidamente originales -cortesanas repintadas, los llamaba César-, sino matizados con una delicadeza que integraba las huellas del tiempo en el conjunto de la obra.

Salió del cuarto de baño envuelta en un albornoz, con el cabello húmedo goteándole sobre los hombros, y encendió el quinto cigarrillo de la jornada mientras se vestía ante el cuadro: zapatos de tacón bajo y cazadora de piel sobre la falda tableada color castaño. Después echó un vistazo satisfecho a su imagen en el espejo veneciano y, vuelta de nuevo hacia los dos severos jugadores de ajedrez, les guiñó un ojo, provocativa, sin que ninguno se diera por enterado ni alterase el grave semblante. Quién mató al caballero. La frase, como si de un acertijo se tratara, daba vueltas en su cabeza cuando metió en el bolso su informe sobre el cuadro y las fotografías. Después conectó la alarma electrónica e introdujo con doble vuelta la llave en la cerradura de seguridad. Quis necavit equitem. Fuera lo que fuese, aquello había de tener algún sentido. Repitió en voz baja las tres palabras al bajar la escalera, mientras deslizaba los dedos sobre el pasamanos guarnecido de latón. Estaba realmente intrigada por el cuadro y la inscripción oculta; pero no se trataba sólo de eso. Lo desconcertante era que sentía, también, una singular aprensión. Como cuando era niña y, al final de la escalera de su casa, reunía el valor necesario para asomar la cabeza al interior del desván oscuro.

– Reconoce que es una belleza. Quattrocento puro.

Menchu Roch no se refería a una de las pinturas expuestas en la galería que llevaba su apellido. Los ojos claros, excesivamente maquillados, miraban los anchos hombros de Max, que conversaba con un conocido en la barra de la cafetería. Max, un metro ochenta y cinco, espaldas de nadador bajo la bien cortada tela de su chaqueta, llevaba el pelo largo y recogido bajo la nuca en una breve coleta rodeada por cinta de seda oscura, y se movía con gestos lentos y flexibles. Menchu deslizó sobre él una mirada valorativa antes de mojar los labios en el borde empañado de la copa de martini, con satisfacción de propietaria. Era su último amante.

– Quattrocento puro -repitió saboreando las palabras al mismo tiempo que la bebida-. ¿No te recuerda esos maravillosos bronces italianos?

Julia asintió con desgana. Eran viejas amigas, pero seguía sorprendiéndole aquella facilidad de Menchu para dar aires equívocos a toda referencia vagamente artística.

– Cualquiera de esos bronces, me refiero a los originales, te saldría más barato.

Menchu soltó una risita cínica.

– ¿Más barato que Max?… De eso no te quepa duda -suspiró excesivamente mientras mordisqueaba la aceituna del martini-. Al menos, Miguel Ángel los esculpía desnuditos. No tenía que vestirlos con la Américan Express.

– Nadie te obliga a firmar sus facturas.

– Ahí está el morbo, cariño -la galerista parpadeó, lánguida y teatral-. En que nadie me obliga. O sea.

Y terminó su copa, procurando -lo hacía aposta, por pura provocación- levantar ostensiblemente el meñique. Más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, Menchu opinaba que el sexo latía en cualquier rincón, incluso en los más sutiles matices de una obra de arte. Tal vez por eso era capaz de situarse ante los hombres con la misma actitud calculadora y rapaz que desplegaba al evaluar las posibilidades de una pintura. Entre sus conocidos, la propietaria de la galería Roch tenía fama de no haber dejado pasar nunca la ocasión de hacerse con un cuadro, un hombre o una dosis de cocaína que despertaran su interés. Aún se podía considerar atractiva, aunque era difícil pasar por alto lo que, en vista de su edad, César definía, mordaz, como anacronismos estéticos. Menchu no se resignaba a envejecer, entre otras cosas porque no le apetecía en absoluto. Y, tal vez a modo de desafío ante sí misma, contraatacaba con una calculada vulgaridad, extensiva a la elección de maquillaje, vestidos y amantes. Por lo demás, para confirmar su idea de que un marchante de arte o un anticuario no eran sino traperos cualificados, solía presumir de una incultura que estaba lejos de ser cierta, embarullaba a propósito las citas y se mofaba abiertamente del ambiente más o menos selecto en el que se desenvolvía su vida profesional. Alardeaba de todo ello con la misma naturalidad con que sostenía haber tenido el más intenso orgasmo de su vida masturbándose ante una reproducción catalogada y numerada del David de Donatello; episodio que César, con su refinada crueldad casi femenina, citaba como el único detalle de auténtico buen gusto que Menchu Roch había tenido en su vida.

– ¿Qué hacemos con el Van Huys? -preguntó Julia.

Menchu miró de nuevo las radiografías que estaban sobre la mesa, entre su copa y el café de su amiga. Tenía los ojos maquillados de azul y llevaba un vestido azul demasiado corto. Sin que mediase mala intención, Julia pensó que habría estado francamente guapa veinte años antes. De azul.

– Todavía no lo sé -dijo la galerista-. En Claymore se comprometen a subastar el cuadro tal y como está… Habrá que ver si esa inscripción lo revaloriza.

– ¿Te imaginas?

– Me encanta. Igual has tumbado el patito de la feria, sin saberlo.

– Consúltalo con el propietario.

Menchu metió las radiografías en el sobre y cruzó las piernas. Dos jóvenes que bebían aperitivos en la mesa contigua dirigieron furtivas miradas de interés a sus muslos bronceados. Julia se agitó en el asiento con una punzada de irritación. Solía divertirle la espectacularidad con que Menchu planificaba sus efectos especiales de cara al público masculino, pero a veces el habitual despliegue se le antojaba excesivo. Aquellas -miró el Omega cuadrado que llevaba en la cara interior de la muñeca izquierda- no eran horas para exhibir lencería fina.

– El propietario no es problema -explicaba Menchu-. Se trata de un viejecito encantador que va en silla de ruedas. Y si descubriendo la inscripción aumentamos sus beneficios, le parecerá muy bien… Tiene dos sobrinos que son dos sanguijuelas.

En la barra, Max continuaba la conversación; pero, consciente de su deber, se volvía de vez en cuando para dedicarles una espléndida sonrisa. Hablando de sanguijuelas, se dijo Julia, aunque procuró no comentarlo en voz alta. Tampoco es que a Menchu le hubiera importado mucho, pues profesaba un admirable cinismo a la hora de considerar cuestiones masculinas; pero Julia tenía un acusado sentido de las conveniencias que le impedía ir demasiado lejos.

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