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No hay, como ves, venganza posible, maestro Van Huys. Sólo en tus manos y en tu ingenio la fío, y nadie jamás te pagará un cuadro al precio que yo te pagare ése. Quiero justicia, aunque sea para mí solo. Aunque sea para que ella sepa que lo sé, y para que alguien además de Dios, cuando todos seamos cenizas como Roger de Arras, quizá también pueda saberlo. Así que pinta ese cuadro, maestro Van Huys. Por el cielo, píntalo. Quiero que todo esté allí, y que sea tu mejor, tu más terrible obra. Píntalo y que el Diablo, que una vez retrataste cabalgando junto a él, nos lleve a todos.»

Y vio por fin al caballero, jubón acuchillado y calzas amaranto, con una cadena de oro al cuello y una inútil daga colgada al cinto, paseando a la anochecida junto al foso de la Puerta Este, solo, sin escudero que perturbase su meditación. Lo vio levantar los ojos hacia la ventana ojival y sonreír; apenas un esbozo de sonrisa, distante y melancólica. Una sonrisa de aquellas que traslucen recuerdos, amores y peligros, y también la intuición del propio destino. Y tal vez Roger de Arras adivina el ballestero oculto que, al otro lado de una almena desmochada, entre cuyas piedras brotan retorcidos arbustos, tensa la cuerda de su ballesta y le apunta al costado. Y de pronto comprende que toda su vida, el largo camino, los combates dentro de la rechinante armadura, ronco y sudoroso, los abrazos a cuerpos de mujer, los treinta y ocho años que lleva a cuestas como un pesado fardo, concluyen exactamente aquí, en este lugar y momento, y que nada más habrá después de sentido el golpe. Y lo inunda una pena muy honda por sí mismo, porque le parece injusto acabar así entre dos luces, asaeteado como un verraco. Y levanta una mano delicada y bella, varonil, de esas que inmediatamente hacen pensar qué espada blandió, qué riendas empuñó, qué piel acarició, qué pluma de ave mojó en un tintero antes de rasguear palabras sobre un pergamino… Levanta esa mano en señal de una protesta que sabe inútil, porque entre otras cosas no está muy seguro de ante quién ha de plantearla. Y quiere gritar, pero recuerda el decoro que se debe a sí mismo. Por eso lleva la otra mano hacia la daga, y piensa que al menos con un acero empuñado, aunque sólo sea ese, morir resultará más propio de un caballero… Y escucha el “tump” de la ballesta y se dice, de modo fugaz, que debe apartarse de la trayectoria del venablo; pero sabe que un virote corre más que un hombre. Y siente que su alma gotea despacio un llanto amargo por sí misma, mientras busca desesperadamente, en la memoria, un Dios a quien confiar su arrepentimiento. Y descubre con sorpresa que no se arrepiente de nada, aunque tampoco está muy claro que haya, en este anochecer, un Dios dispuesto a escuchar. Entonces siente el golpe. Hubo otros antes, donde ahora tiene cicatrices; pero sabe que este no dejará cicatriz. Tampoco duele; simplemente el alma parece escapársele por la boca. Entonces llega de pronto la noche irremediable, y antes de hundirse en ella comprende que esta vez será eterna. Y cuando Roger de Arras grita, ya no es capaz de oír su propia voz.

VIII. EL CUARTO JUGADOR

«Las piezas del ajedrez eran despiadadas. Lo retenían y absorbían. Había horror en esto, pero también la única armonía. Porque, ¿qué existe en el mundo además del ajedrez?»

V. Nabokov

Muñoz sonrió a medias, con aquel gesto mecánico y distante que parecía no comprometerlo a nada, ni siquiera al intento de inspirar simpatía.

– Así que se trataba de eso -dijo en voz baja, ajustando su paso al de Julia.

– Sí -caminaba con la cabeza inclinada, absorta. Después sacó una mano del bolsillo de la cazadora para apartarse el cabello de la cara-. Ahora conoce usted toda la historia… Tiene derecho, supongo. Se lo ha ganado.

El ajedrecista miró ante sí, reflexionando sobre aquel derecho recién adquirido.

– Ya veo -murmuró.

Caminaron en silencio, sin prisa, el uno junto al otro. Hacía frío. Las calles más estrechas y cerradas aún estaban a oscuras, y la luz de las farolas se reflejaba a trechos en el asfalto mojado, con relumbres de barniz fresco. Poco a poco, las sombras en los rincones más abiertos se iban suavizando con la claridad plomiza que cuajaba despacio, al extremo de la avenida, donde las siluetas de los edificios, recortadas en el contraluz, pasaban del negro al gris.

– ¿Y hay alguna razón especial -preguntó Muñoz- para que me haya ocultado hasta ahora el resto de la historia?

Ella lo observó de soslayo antes de responder. No parecía ofendido sino vagamente interesado, mirando con aire ausente la calle vacía ante ellos, con las manos en los bolsillos de la gabardina y el cuello subido hasta las orejas.

– Pensé que tal vez no quisiera complicarse la vida.

– Comprendo.

El estrépito de un camión de la basura los saludó al doblar una esquina. Muñoz se detuvo un momento para ayudarla a pasar entre dos cubos vacíos.

– ¿Y qué piensa hacer ahora? -preguntó.

– No sé. Terminar la restauración, supongo. Y escribir un largo informe con esta historia. Gracias a usted seré un poco famosa.

Muñoz escuchaba distraído, como si sus pensamientos estuvieran en otra parte.

– ¿Y qué pasa con la investigación policial?

– Al final encontrarán un asesino, si es que lo hay. Siempre lo hacen.

– ¿Sospecha de alguien?

Julia se echó a reír.

– Cielo santo, claro que no -meditó sobre eso con una mueca-. Al menos eso espero… -miró al jugador de ajedrez-. Imagino que investigar un crimen que puede no serlo, es muy parecido a lo que usted hizo con el cuadro.

Muñoz curvó los labios en su media sonrisa.

– Todo es cuestión de lógica, supongo -respondió-. Y tal vez eso sea común a un ajedrecista y un detective… -entornó los ojos, y Julia no podía saber si hablaba en serio o en broma-. Dicen que Sherlock Holmes jugaba al ajedrez.

– ¿Lee novelas policiacas?

– No. Aunque lo que suelo leer se parece un poco a eso.

– ¿Por ejemplo?

– Libros de ajedrez, por supuesto. También juegos matemáticos, problemas de lógica… Cosas así.

Cruzaron la avenida desierta. Al llegar a la otra acera Julia observó de nuevo a su acompañante, con disimulo. No parecía un hombre de extraordinaria inteligencia. Por lo demás, dudaba que las cosas le hubiesen ido demasiado bien en la vida. Viéndolo caminar con las manos en los bolsillos, el ajado cuello de la camisa y las grandes orejas asomando sobre la gabardina vieja, daba la impresión de no ser sino lo que era: un oscuro oficinista, cuya única fuga de la mediocridad era el mundo de combinaciones, problemas y soluciones que el ajedrez podía ofrecerle. Lo más curioso en él era la mirada que se apagaba al apartarse del tablero; aquella forma de inclinar la cabeza igual que si algo le pesara demasiado en las vértebras del cuello, ladeándola; como si de esa forma intentase que el mundo exterior se deslizara por su lado sin rozarlo más que lo necesario. Recordaba un poco a los soldados prisioneros que caminaban con la cabeza baja en los viejos documentales de guerra. Era el suyo el aire inequívoco del derrotado antes de la batalla; de quien cada día abre los ojos y se despierta vencido.

Y, sin embargo, había algo más. Al explicar una jugada, siguiendo el retorcido hilo de la trama, en Muñoz despuntaba el destello fugaz de algo sólido, incluso brillante. Como si, a pesar de su apariencia, en el interior latiese un extraordinario talento lógico, matemático, o del género que fuera, que daba aplomo, autoridad indiscutible a sus palabras y gesto.

Le habría gustado conocerlo mejor. Comprendió que lo ignoraba todo de él, salvo que jugaba al ajedrez y era contable. Pero ya resultaba demasiado tarde. El trabajo había terminado, y sería difícil encontrarse de nuevo.

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