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Lee Beatriz de Ostenburgo, que, a pesar de su matrimonio, por linaje y orgullo de sangre jamás ha dejado de serlo de Borgoña. Y lee un curioso libro ornado con clavos de plata, con cinta de seda para marcar las páginas, y cuyas capitulares son primorosas miniaturas coloreadas por el maestro del Coeur d.Amour epris: un libro titulado Poema de la dama y el caballero que, si bien de autor oficialmente anónimo, todo el mundo sabe que fue escrito casi diez años atrás, en la corte francesa del rey Carlos Valois, por un caballero ostenburgués llamado Roger de Arras:

«Señora, el mismo rocío

que al despuntar la mañana

destila en vuestro jardín

sobre las rosas escarcha,

en el campo de batalla

deja caer, como lágrimas,

gotas en mi corazón,

y en mis ojos, y en mis armas…»

A veces sus ojos azules, de luminosas claridades flamencas, van del libro a los dos hombres que, en torno a la mesa, juegan la partida de escaques. El esposo medita, inclinado sobre el codo izquierdo, mientras con los dedos acaricia, distraído, el Toisón de Oro que su tío político Felipe el Bueno, ya fallecido, le envió como presente de bodas, y que lleva al cuello, al extremo de una pesada cadena de oro. Fernando de Ostenburgo duda, alarga la mano hacia una pieza, la toca y parece pensarlo mejor, rectifica y lanza una mirada de disculpa a los ojos tranquilos de Roger de Arras, cuyos labios curva una cortés sonrisa. ‘Quien toca mueve, monseñor’, murmuran aquellos labios con un ápice de amistosa ironía, y Fernando de Ostenburgo, ligeramente avergonzado, se encoge de hombros y mueve la pieza tocada, porque sabe que su oponente ante el tablero es algo más que un cortesano; es su amigo. Y se remueve en el escabel sintiéndose, a pesar de todo, vagamente feliz, pues sabe que no es malo tener cerca a alguien que, de vez en cuando, le recuerde que incluso para los príncipes existen ciertas reglas.

Las notas de la mandolina ascienden desde el jardín y llegan a otra ventana que no puede verse desde la estancia, donde Pieter Van Huys, pintor de corte, prepara una tabla de madera de roble, compuesta por tres piezas que su ayudante acaba de encolar. El viejo maestro no está muy seguro de qué aplicación darle. Tal vez se decida por un tema religioso que hace tiempo le ronda la cabeza: una virgen joven, casi niña, que vierte lágrimas de sangre mirándose, con expresión dolorida, el regazo vacío. Pero tras considerar la cuestión, Van Huys agita la cabeza y suspira, desalentado. Sabe que jamás pintará ese cuadro. Nadie lo iba a entender como es debido, y él ya tuvo, años atrás, demasiados problemas con el Santo Oficio; sus gastados miembros no resistirían el potro. Con los dedos de uñas sucias de pintura se rasca la cabeza calva bajo el birrete de lana. Se está convirtiendo en un anciano, y lo sabe; faltan ideas prácticas y sobran confusos fantasmas de la razón. Para conjurarlos cierra un momento los ojos cansados y vuelve a abrirlos ante la tabla de roble que permanece intacta, esperando la idea que le dé vida. En el jardín suena una mandolina; sin duda, un paje enamorado. El pintor sonríe para sus adentros y, tras mojar el pincel en la cazuela de barro, sigue aplicando la imprimación en capas finas, de arriba abajo, siguiendo la veta de la madera. De vez en cuando mira por la ventana y se llena los ojos de luz, agradecido al tibio rayo de sol que, entrando oblícuamente, calienta sus viejos huesos.

Roger de Arras ha dicho algo en voz baja y el duque ríe, de buen humor, pues acaba de comerse un caballo. Y Beatriz de Ostenburgo, o de Borgoña, siente que la música es insoportablemente triste. Y está a punto de requerir a una de sus doncellas para que la haga callar, pero se contiene, pues percibe en sus notas el eco exacto, la armonía con la congoja que inunda su corazón. Y con la música se mezcla el murmullo amistoso de los dos hombres que juegan al ajedrez, mientras encuentra angustiosamente bello el poema cuyas líneas tiemblan entre sus dedos. Y en los ojos azules, desprendida del mismo rocío que cubre la rosa y las armas del caballero, hay una lágrima cuando levanta la mirada y encuentra la de Julia, que observa en silencio desde la penumbra. Y piensa que la mirada de esa joven de ojos oscuros y aspecto meridional, parecida a algunos de los retratos que vienen de Italia, no es sino el reflejo, en la superficie empañada de un espejo lejano, de su propia mirada fija y dolorida. Y a Beatriz de Ostenburgo, o de Borgoña, le parece estar fuera de la habitación, al otro lado de un cristal oscuro, y desde allí se contempla a sí misma, bajo el mutilado San Jorge del capitel gótico, ante la ventana que enmarca un cielo azul que contrasta con el negro de su vestido. Y comprende que no habrá confesión que alivie su pecado.

X. EL COCHE AZUL

«Ése fue un truco sucio -dijo Haroun al Visir-. Muéstrame otro que sea honesto.»

R. Smullyan

César enarcó una ceja bajo el ala del sombrero, displicente, mientras balanceaba el paraguas, y después miró en torno con el desdén, matizado de exquisito hastío, en que solía atrincherarse cuando la realidad confirmaba sus peores aprensiones. Lo cierto es que aquella mañana el Rastro no tenía aspecto acogedor. El cielo gris amenazaba lluvia, y los propietarios de los puestos instalados en las calles por las que se extendía el mercadillo adoptaban precauciones ante un eventual chaparrón. En algunos tramos, el paseo se convertía en penoso sortear de gente, lonas y mugrientas fundas de plástico colgando de los tenderetes.

– En realidad -le dijo a Julia, que miraba una pareja de abollados candelabros de latón expuesta en el suelo, sobre una mantaesto es perder el tiempo… Hace siglos que no saco de aquí nada que merezca la pena.

Aquello no era del todo exacto, y Julia lo sabía. De vez en cuando, merced a su bien adiestrado ojo de experto, César desenterraba en el montón de escoria que era el mercado viejo, en aquel inmenso cementerio de sueños arrojados a la calle por la resaca de anónimos naufragios, una perla olvidada, un diminuto tesoro que el azar había querido mantener oculto a ojos de los demás: la copa de cristal dieciochesca, el marco antiguo, la diminuta porcelana. Y una vez, en cierto ruin tenducho de libros y revistas viejas, dos bellas páginas capitulares, delicadamente iluminadas por la destreza de algún monje anónimo del siglo XIII que, restauradas por Julia, el anticuario había terminado vendiendo por una pequeña fortuna.

Subieron despacio hacia la parte alta, donde, a lo largo de un par de edificios de muros desconchados y en sombríos patios interiores comunicados por pasadizos con verjas de hierro, estaba la mayor parte de las tiendas especializadas en antigüedades a las que podía considerarse razonablemente serias; aunque incluso al referirse a ellas, César añadía un gesto de prudencia escéptica.

– ¿A qué hora has quedado con tu proveedor?

Tras cambiar de mano el paraguas -una pieza carísima, con mango de plata bellamente torneado- César se echó hacia atrás el puño izquierdo de la camisa, mirando la esfera del cronómetro de oro que llevaba en la muñeca. Estaba muy elegante con el sombrero de fieltro color tabaco, de ala ancha y cinta de seda, y el abrigo de pelo de camello sobre los hombros, con un pañuelo asomando entre el cuello desabrochado de la camisa de seda. Siempre en todo tipo de límites pero sin transgredir ninguno.

– Dentro de quince minutos. Tenemos tiempo.

Curiosearon un poco en los tenderetes. Bajo la mirada socarrona de César, Julia se interesó por un plato de madera pintada, un amarillento paisaje de trazos groseros que representaba una escena rural; un carro de bueyes alejándose por un camino entre árboles.

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