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– Puede que estemos yendo demasiado lejos -sugirió César-. Si lo piensas bien, esta mañana habría en el Rastro docenas de mujeres rubias con impermeable. Algunas, incluso, llevarían gafas de sol… Sin embargo, tienes razón en lo del envase vacío. Allí, encima del coche, tan a la vista… Realmente grotesco.

– Quizá no tanto -dijo Muñoz, y ambos se lo quedaron mirando. El jugador de ajedrez se hallaba sentado en un taburete ante la mesita baja con el pequeño tablero. Se había quitado gabardina y chaqueta y estaba en camisa; una camisa arrugada, de confección barata, cuyas mangas se veían acortadas con sendos pliegues sobre los codos para evitar que los puños quedaran demasiado largos. Había hablado sin apartar los ojos de las piezas, con las manos sobre las rodillas. Y Julia, que estaba a su lado, vio en un extremo de su boca aquel gesto indefinible que había llegado a conocer bien, a medio camino entre la reflexión silenciosa y la sonrisa apenas esbozada. Entonces comprendió que Muñoz había logrado descifrar el nuevo movimiento.

El jugador de ajedrez acercó un dedo al peón situado en la casilla A7, sin tocarlo:

– El peón negro que estaba en la casilla A7 se come la torre blanca en B6… -dijo, mostrándoles la situación en el tablero-. Es lo que nuestro adversario dice en su tarjeta.

La Tabla De Flandes - pic_13.jpg

– ¿Y eso qué significa? -preguntó Julia.

Muñoz tardó unos segundos en responder.

– Significa que renuncia a hacer otra jugada que, en cierta forma habíamos estado temiendo. Me refiero a comerse la dama blanca en E1, con la torre negra de C1… La jugada habría supuesto forzosamente un cambio de damas -levantó los ojos de las piezas y miró a Julia, preocupado-. Con todo lo que eso implica.

Julia abrió mucho los ojos.

– ¿Quiere decir que renuncia a comerme a mí?

El jugador hizo un gesto ambiguo.

– Puede interpretarse de ese modo -estudió unos instantes la pieza que representaba la reina blanca-. Y en tal caso, nos estaría diciendo: «Puedo matar, pero lo haré cuando quiera.»

– Como el gato que juega con un ratoncillo -murmuró César, golpeando el brazo del sillón-… ¡El miserable!

– Él o ella -dijo Julia.

El anticuario chasqueó la lengua, incrédulo.

– Nadie dice que la mujer del impermeable, si es ella quien estuvo en el callejón, actúe por su cuenta. También puede ser cómplice de alguien.

– Sí, pero ¿de quién?

– Eso quisiera saber yo, querida.

– De todas formas -comentó Muñoz- si olvidan un momento a la mujer del impermeable y se fijan en la tarjeta, pueden llegar a una nueva conclusión sobre la personalidad de nuestro adversario… -los miró alternativamente y se encogió de hombros antes de señalar el ajedrez, como si considerase una pérdida de tiempo buscar respuestas fuera del tablero-. Ya sabemos que tiene una mente muy retorcida; pero resulta que además es autosuficiente… Y presuntuoso. O presuntuosa. En realidad intenta tomarnos el pelo… -indicó de nuevo el tablero, animándolos a observar la posición de las piezas-. Fíjense. En términos prácticos, en puro ajedrez, comerse la dama blanca era una mala jugada… Las blancas no habrían tenido más remedio que aceptar el cambio de damas, comiéndose la reina negra con la torre blanca que está en B2, y eso dejaría a las piezas negras en muy mala posición. Su única salida, a partir de ese momento, hubiera sido mover la torre negra de E1 a E4, amenazando al rey blanco… Pero éste se habría protegido con un simple movimiento del peón blanco de D2 a D4. Después, al verse el rey negro rodeado de piezas enemigas, sin ayuda posible, el jaque mate habría sido inevitable. Las negras perderían la partida.

– ¿Quiere decir -preguntó Julia- que toda esa historia del spray sobre el coche y la amenaza a la dama blanca es sólo un farol?

– No me sorprendería en absoluto.

– ¿Por qué?

– Porque nuestro enemigo ha elegido la jugada que yo mismo habría hecho en su lugar: comerse la torre blanca de B6 con el peón que estaba en A7. Eso reduce la presión de las blancas sobre el rey negro, cuya situación era muy difícil -movió la cabeza, con admiración-. Ya les dije que es buen jugador.

– ¿Y ahora? -preguntó César.

Muñoz se pasó una mano por la frente y reflexionó ante el tablero.

– Ahora tenemos dos opciones… Quizá deberíamos comernos la dama negra, pero eso podría forzar a nuestro adversario a realizar un cambio de damas -miró a Julia- y eso no me gusta. No lo obliguemos a hacer algo que no ha hecho… -movió otra vez la cabeza, como si los escaques blancos y negros confirmasen sus pensamientos-. Lo curioso del asunto es que él sabe que nosotros razonaremos así. Lo que tiene mérito, pues yo veo las jugadas que hace y nos envía, mientras que él se limita a imaginar las mías… E incluso las condiciona. Hasta ahora, estamos haciendo lo que él quiere que hagamos.

– ¿Tenemos elección? -preguntó Julia.

– Hasta ahora, no. Más adelante ya veremos.

– ¿Y cuál es el próximo movimiento?

– Nuestro alfil. Lo llevamos desde F1 a D3, amenazando su dama.

– ¿Y qué hará él… O ella?

Muñoz tardó un rato en contestar. Permanecía inmóvil mirando el tablero, como si no hubiese oído la pregunta.

– En ajedrez -dijo por fintambién las previsiones tienen un límite… El mejor movimiento posible, o el probable, es el que deja al oponente en posición más desventajosa. Por eso, una forma de calcular la oportunidad de la siguiente jugada consiste en suponer simplemente que se la ha efectuado, y a continuación analizar la partida desde el punto de vista del adversario; es decir, apelar a uno mismo, pero puesto en lugar del enemigo. Desde ahí, uno conjetura otro movimiento y se pone de inmediato en el papel de oponente de su oponente. O sea: otra vez en uno mismo. Y así indefinidamente, según la capacidad de cada cual… Con eso quiero decir que sé hasta dónde he llegado yo, pero ignoro hasta dónde ha llegado él.

– Pero, según ese razonamiento -intervino Julia- lo más probable es que escoja el movimiento que más daño nos haga. ¿No le parece?

Muñoz se rascó la nuca. Después, muy despacio, llevó el alfil blanco a la casilla D3, situándolo en las inmediaciones de la dama negra. Parecía sumido en profundas reflexiones mientras analizaba la nueva situación sobre el tablero.

– Haga lo que haga -dijo por fin, y su rostro se había ensombrecido- estoy seguro de que nos comerá una pieza.

XI. APROXIMACIONES ANALÍTICAS

«No sea tonto. La bandera es imposible de modo que no puede estar ondeando Es el viento lo que está ondeando.»

D. R. Hofstadter

La sobresaltó el sonido del teléfono. Sin apresurarse, retiró el tampón con disolvente del ángulo del cuadro en que trabajaba -un fragmento de barniz demasiado adherido en una minúscula porción del ropaje de Fernando de Ostenburgo- y se puso las pinzas entre los dientes. Después miró con desconfianza el teléfono, a sus pies sobre la alfombra, mientras se preguntaba si al descolgarlo iba a tener, otra vez, que escuchar uno de aquellos largos silencios que tan habituales eran desde hacía un par de semanas. Al principio se limitaba a pegarse el auricular a la oreja sin decir palabra, esperando con impaciencia cualquier sonido, aunque se tratase de una simple respiración, que denotara vida, presencia humana, por inquietante que fuera. Pero encontraba sólo un vacío absoluto, sin tan siquiera el cuestionable consuelo de escuchar un chasquido al cortarse la línea. Siempre era el misterioso comunicante -o la misteriosa comunicante- quien aguantaba más; hasta que Julia colgaba, por mucho que tardase en hacerlo. Quienquiera que fuese se quedaba allí, al acecho, sin demostrar prisa ni inquietud ante la posibilidad de que, alertada por Julia, la policía tuviese intervenido el teléfono para localizar la llamada. Lo peor era que quien telefoneaba no podía estar al corriente de su propia impunidad. Julia no se lo había dicho a nadie; ni siquiera a César, o a Muñoz. Sin saber muy bien por qué, consideraba aquellas llamadas nocturnas como algo vergonzoso, atribuyéndoles un sentido humillante al sentirse invadida en la intimidad de su casa, en la noche y el silencio que tanto había amado antes de que empezase la pesadilla. Era lo más parecido a una ritual violación, que se repetía a diario, sin gestos ni palabras.

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