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XII. REINA, CABALLO, ALFIL

«No estoy jugando con peones blancos o negros, sin vida. Juego con seres humanos de carne y sangre.»

E. Lasker

El juez no ordenó levantar el cadáver hasta las siete, y a esa hora ya era de noche. Durante toda la tarde, la casa había sido un ir y venir de policías y funcionarios del juzgado, de flashes fotográficos que relampagueaban en el pasillo y el dormitorio. Por fin sacaron a Menchu en una camilla, dentro de una funda de plástico blanco cerrada con una cremallera, y sólo quedó de ella la silueta trazada con tiza en el suelo por la mano indiferente de uno de los inspectores; el mismo que conducía el Ford azul cuando Julia sacó la pistola en el Rastro.

El inspector jefe Feijoo fue el último en marcharse, y antes de hacerlo permaneció aún casi una hora en casa de Julia, para completar las declaraciones que ella y Muñoz, así como César -que acudió apenas lo telefonearon para darle la noticia- habían hecho poco antes. El desconcierto del policía, que en su vida puso la mano sobre un tablero de ajedrez, era evidente. Miraba a Muñoz como a un bicho raro, asintiendo con suspicaz gravedad a las explicaciones técnicas de éste, y de vez en cuando se volvía hacia César y Julia como preguntándose si entre los tres no estaban colocándole una monumental tomadura de pelo. Apuntaba notas de vez en cuando, se tocaba el nudo de la corbata, y cada cierto tiempo sacaba del bolsillo, para echarle una obtusa ojeada, la tarjeta de cartulina hallada junto al cuerpo de Menchu, con signos escritos a máquina que, después de un intento de interpretación a cargo de Muñoz, le habían levantado a Feijoo un extraordinario dolor de cabeza. Lo que a él le interesaba realmente, al margen de lo extraño que resultaba todo aquello, eran detalles sobre la discusión que la galerista y su novio habían tenido la tarde anterior. Porque -funcionarios enviados al efecto comunicaron el informe a media tarde- Máximo Olmedilla Sánchez, soltero, veintiocho años de edad, de profesión modelo publicitario, se hallaba en paradero desconocido. Para más detalle: dos testigos, un taxista y el portero de la finca vecina, habían reconocido a un hombre joven, de sus rasgos físicos, saliendo del portal de Julia entre las 12 y las 12,15 de la mañana. Y según el primer dictamen del forense, Menchu Roch fue estrangulada, de frente y tras recibir un primer golpe mortal en la parte anterior del cuello, entre las 11 y las 12 horas. El detalle de la botella introducida en el sexo -tres cuartos de ginebra Beefeater, prácticamente llena- y al que Feijoo se refirió en varias ocasiones con crudeza excesiva -un desquite del galimatías ajedrecístico que sus tres interlocutores acababan de plantearle-, lo interpretaba el policía como una prueba de peso, en el sentido de que por el lado del crimen pasional era por donde podían ir los tiros. A fin de cuentas, la mujer asesinada -aquí había fruncido el ceño con cara de circunstancias, dando a entender que donde las dan las toman- no era, según la propia Julia y don César acababan de explicarle, una persona de moral sexual intachable. En lo que se refería a la relación de todo aquello con la muerte del profesor Ortega, el vínculo podía establecerse ya como evidente, en vista de la desaparición del cuadro. Todavía dio algunas explicaciones más, escuchó con atención las respuestas de Julia, Muñoz y César a sus nuevas preguntas, y terminó despidiéndose tras citarlos a todos a la mañana siguiente en comisaría.

– En cuanto a usted, señorita, pierda cuidado -se había detenido en el umbral, mirándola con formal gesto de funcionario que controla la situación-. Ahora sabemos a quién buscar. Buenas noches.

Después de cerrar la puerta, Julia apoyó en ella la espalda y miró a sus dos amigos. Tenía profundos cercos bajo los ojos ahora serenos. Había llorado mucho, de dolor y rabia, atormentada por su impotencia. Primero en silencio, ante Muñoz, apenas descubierto el cuerpo de Menchu. Después, al llegar César demudado y presuroso con el horror de la noticia aún pintado en el semblante, lo había abrazado como cuando era una chiquilla, y el llanto se quebró en sollozos, perdido el control de sí misma, aferrada al anticuario que le susurraba inútiles palabras de consuelo. No era sólo la muerte de su amiga la que había puesto a Julia en aquel estado. Era, como dijo con voz sofocada mientras regueros de lágrimas le quemaban la cara, la insoportable tensión de todos aquellos días; la certeza humillante de que el asesino seguía jugando con sus vidas en absoluta impunidad, seguro de tenerlos a su merced.

Al menos, el interrogatorio de la policía había obrado un efecto positivo: devolverle el sentido de la realidad. La testaruda estupidez con que Feijoo se negaba a asumir lo evidente, la falsa condescendencia con que asentía, sin entender nada, ni siquiera pretenderlo, a las detalladas explicaciones que entre todos le dieron sobre lo que estaba ocurriendo, había hecho comprender a la joven que, por ese lado, no tenía mucho que esperar. La llamada telefónica del inspector enviado a casa de Max y el hallazgo de dos testigos habían terminado por afirmar a Feijoo en su idea, típicamente policial: el móvil más sencillo solía ser el más probable. Aquella historia del ajedrez era interesante, de acuerdo. Algo que, sin duda, completaría los detalles del suceso. Pero, en lo referido al meollo del asunto, pura anécdota… El detalle de la botella era definitivo. Pura patología criminal. Porque, a pesar de lo que cuentan las novelas policiacas, señorita, las apariencias nunca engañan.

– Ahora ya no hay duda -dijo Julia. Los pasos del policía sonaban aún en la escalera-. Álvaro fue asesinado, como Menchu. Alguien lleva mucho tiempo detrás del cuadro.

Muñoz, de pie ante la mesa y con las manos en los bolsillos de la chaqueta, miraba el papel en el que, apenas desaparecido Feijoo, acababa de anotar el contenido de la tarjeta que encontraron junto al cadáver. En cuanto a César, estaba sentado en el sofá donde Menchu había pasado la noche, mirando aún con estupor el caballete vacío. Al escuchar a Julia movió la cabeza.

– No ha sido Max -dijo, tras brevísima reflexión-. Es absolutamente imposible que ese imbécil haya organizado todo esto…

– Pero estuvo aquí. Al menos en la escalera. El anticuario hundió los hombros ante la evidencia, pero sin convicción.

– Entonces es que hay alguien más de por medio… Si Max era, digamos, la mano de obra, otra persona ha movido los hilos -levantó despacio la mano para señalarse la frente con el dedo índice-. Alguien que piensa.

– El jugador misterioso. Y ha ganado la partida.

– Todavía no -dijo Muñoz, y lo miraron, sorprendidos.

– Tiene el cuadro -precisó Julia-. Si eso no es ganar…

El ajedrecista había levantado la vista de los croquis que tenía sobre la mesa. Mostraban sus ojos un punto de absorta fascinación, y las pupilas dilatadas parecían ver, más allá de aquellas cuatro paredes, el ajuste matemático en el espacio de complejas combinaciones.

– Con cuadro o sin él, la partida continúa -dijo. Y les mostró el papel:

D Í T

De7? – - – Db3 Æ

Rd4? – - – Pb7 Í Pc6

– Esta vez -añadió- el asesino no indica una jugada, sino tres -fue hasta la gabardina, doblada sobre el respaldo de una silla, y extrajo del bolsillo su tablero plegable-. La primera está a la vista: D Í T, la dama negra se come la torre blanca… Menchu Roch ha sido asesinada bajo la identidad de esa torre, de la misma forma que en esta partida el caballo blanco simbolizaba a su amigo Álvaro, como en el cuadro se refería a Roger de Arras -sin dejar de hablar, Muñoz ordenaba las piezas sobre el tablero-. La dama negra sólo se ha comido hasta ahora, por tanto, dos piezas en el juego. Y en la práctica -miró brevemente a César y Julia, que se habían acercado a observar el tablero- esas dos piezas comidas se traducen en sendos asesinatos… Nuestro adversario se identifica con la reina negra; cuando es otra pieza de su color la que come, como ocurrió hace dos jugadas cuando perdimos la primera torre blanca, no pasó nada especial. Al menos, que nosotros sepamos.

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