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VII. EL PUNTO DE ENCAJE

Después de mi encuentro con los aliados, don Juan interrumpió durante varios meses su explicación de la maestría de la conciencia de ser. Cierto día volvió a iniciarla al aclarar un extraño acontecimiento.

Don Juan estaba en ese entonces en el norte de México. Ya entrada, la tarde, llegué a la casa que él tenía ahí, y de inmediato me hizo cambiar a un estado de conciencia acrecentada. Al instante recordé que don Juan siempre volvía a Sonora a fin de renovarse. Me había explicado que un nagual, siendo un líder con tremendas responsabilidades, debe tener un punto de referencia físico, un lugar en el mundo donde ocurra una confluencia de energías compatibles con él. Para don Juan, el desierto de Sonora era tal lugar.

Al entrar en la conciencia acrecentada, noté que estaba otra persona escondida en la penumbra dentro de la casa. Le pregunté a don Juan si Genaro estaba con él. Contestó que estaba solo, y que yo había visto a uno de sus aliados, el que cuidaba la casa.

Don Juan hizo un gesto extraño. Contorsionó el rostro como si estuviera sorprendido o aterrado. Y al momento se abrió la puerta del cuarto y apareció la figura de un hombre extraño. La presencia del hombre ese me asustó tanto que me sentí hasta mareado. Y antes de que pudiera recuperarme del susto, el hombre se abalanzó sobre mí con escalofriante ferocidad. Me aferró de los antebrazos y sentí una sacudida bastante parecida a la descarga de una corriente eléctrica baja.

Yo estaba enmudecido, prisionero de un terror que no podía dispersar. Don Juan me sonreía. Balbuceé y gemí, tratando de pedir auxilio, mientras sentía una sacudida aún mayor.

El hombre me apretó con más fuerza y trató de tirarme de espaldas al suelo. Don Juan, sin prisa en la voz; me exhortó a que me serenara y a que no combatiera mi miedo, sino que me dejara llevar por él. Ten miedo sin estar aterrado, dijo. Don Juan vino a mi lado y, sin intervenir en mi lucha, me susurró al oído que debía dirigir toda mi concentración al punto medio de mi cuerpo.

A través de los años, insistió en que yo midiera mi cuerpo, hasta en milímetros, y estableciera su exacto punto medio, tanto a lo largo como a lo ancho. Siempre había dicho que tal punto es un verdadero centro de energía en todos nosotros.

En cuanto hube enfocado mi atención en ese punto medio, el hombre me soltó. Al instante me di cuenta de que no era un ser humano sino algo que sólo tenía una vaga similaridad con el hombre. En cuanto perdió su forma humana para mí, el aliado se convirtió en una masa amorfa de luz opaca. Se alejó de mí. Corrí tras ella, impulsado por una gran fuerza que me hacía seguir a esa luz opaca.

Don Juan me detuvo, y caminó conmigo a la ramada de su casa. Me hizo sentar en un macizo cajón de madera que usaba como banca.

El aliado me perturbó intensamente, pero el hecho de que mi terror hubiera desaparecido de manera tan rápida y completa me perturbaba aún más.

Comenté mi repentino cambio. Don Juan dijo que cambios volátiles como el mío no tenían nada de extraño, y que el miedo se extinguía en cuanto el resplandor de la conciencia cruzaba cierto umbral dentro del capullo del hombre.

Empezó entonces su explicación. Brevemente delineó las verdades acerca del estar consciente de ser que ya habíamos discutido. Que no existe un mundo de objetos, sino sólo un universo de campos energéticos que los videntes llaman las emanaciones del Águila, y que cada uno de nosotros está envuelto en un capullo que encierra una pequeña porción de estas emanaciones. Que la conciencia de ser es el producto de la constante presión que ejercen las emanaciones exteriores, llamadas emanaciones en grande, sobre las emanaciones interiores. Que la conciencia da lugar a la percepción, que ocurre cuando las emanaciones interiores se alinean con las correspondientes emanaciones en grande.

– La quinta verdad -prosiguió-, es que la percepción es canalizada porque en cada uno de nosotros hay un factor llamado el punto de encaje, que selecciona emanaciones internas y externas para alinearlas. El determinado alineamiento que percibimos como el mundo es producto del especifico lugar en nuestro capullo donde está localizado nuestro punto de encaje.

Repitió esto varias veces, dándome tiempo para entenderlo. Como yo no di muestras de haberlo comprendido, dijo que para poder entender y corroborar las verdades del estar consciente de ser no se necesitaba raciocinio sino energía.

– Yo te dije una vez -prosiguió-, que tratar con los pinches tiranos ayuda a los videntes a lograr una maniobra de gran sofisticación. Ahora puedo decirte que esa maniobra es mover el punto de encaje.

Dijo que percibir un aliado significaba que yo había sacado a mi punto de encaje de su posición acostumbrada. En otras palabras, el resplandor de mi conciencia había pasado cierto umbral, borrando también así mi terror. Y todo esto ocurrió porque tenía yo energía sobrante.

Horas más tarde, durante la noche, después de completar una parte de sus enseñanzas para el lado derecho en las montañas vecinas, regresamos a su casa y don Juan me hizo cambiar otra vez de niveles de conciencia. Continuó luego con su explicación y me dijo que para describir la naturaleza del punto de encaje, tenía que empezar discutiendo la primera atención.

Dijo que los nuevos videntes examinaron la forma desapercibida en que funciona la primera atención, y al tratar de explicársela a otros, arreglaron las verdades de la conciencia de ser en un orden específico. Me aseguró que no todos los videntes son dados a las explicaciones. Por ejemplo, a su benefactor el nagual Julián le importaban un comino las explicaciones. Pero sí le importaban al nagual Elías, el benefactor del nagual Julián, a quien don Juan tuvo la fortuna de conocer. Entre las largas y detalladas explicaciones del nagual Elías, las breves del nagual Julián, y lo que él verá, don Juan llegó a entender y a corroborar esas verdades.

Don Juan explicó que para que nuestra primera atención pueda enfocar al mundo que percibimos tiene que poner en relieve ciertas emanaciones. Las emanaciones seleccionadas provienen de la estrecha banda en la que se localiza la conciencia del hombre. Las emanaciones desechadas aún quedan al alcance de uno, pero permanecen latentes, desconocidas para el hombre por toda la vida.

Los nuevos videntes llaman a las emanaciones puestas en relieve el lado derecho, la conciencia normal, el tonal, este mundo, lo conocido, la primera atención. El hombre común lo llama realidad, racionalidad, sentido común.

Las emanaciones acentuadas integran una gran porción de la banda del hombre, pero son sólo una pequeña parte del espectro total de emanaciones presentes dentro del capullo. Las emanaciones desechadas, aún dentro de la banda del hombre, son consideradas como el preámbulo de lo desconocido. Lo desconocido propiamente dicho consiste del resto de las emanaciones que no son parte de la banda humana y que jamás son acentuadas. Los videntes las llaman la conciencia del lado izquierdo, el nagual, el otro mundo, lo desconocido, la segunda atención.

– Este proceso de poner en relieve ciertas emanaciones -continuó don Juan-, fue descubierto y practicado por los antiguos videntes. Se dieron cuenta de que un hombre nagual o una mujer nagual, por el hecho de tener más energía que el hombre común, pueden empujar el resplandor de la conciencia y sacarlo de las emanaciones acostumbradas y moverlo a las emanaciones vecinas. Ese empujón es conocido como el golpe del nagual.

Don Juan dijo que este movimiento forzado tuvo una aplicación práctica para los antiguos videntes, quienes la usaron para mantener sojuzgados a sus aprendices. Mediante ese golpe elevaban a sus aprendices a un agudísimo estado de conciencia acrecentada y los transformaban en seres extremadamente impresionables; mientras permanecían indefensos y moldeables, los antiguos videntes les enseñaban aberrantes técnicas de hechicería que convertían a los aprendices en hombres siniestros, iguales a sus maestros.

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