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Don Juan se levantó y dijo que era hora de que fuéramos al centro del pueblo, porque yo tenía que ver el molde del hombre entre la gente. En silencio, caminamos hacia la plaza, pero antes de que llegáramos sentí una oleada de energía incontenible y corrí por la calle hasta las afueras del pueblo. Llegué a un puente, y precisamente allí, como si me estuviera esperando, vi al molde del hombre como una cálida y resplandeciente luz ambarina.

Caí de rodillas, no tanto por devoción, sino en una reacción física ante el asombro reverente. La visión del molde del hombre era más sorprendente que nunca. Sin arrogancia alguna, sentí que había experimentado un cambio enorme desde la primera vez que lo vi. Sin embargo, todas las cosas que había visto y aprendido sólo me dieron una apreciación más grande y más profunda del milagro que tenía frente a los ojos.

Al principio, el molde del hombre estaba sobrepuesto al puente, luego algo en mí se agudizó y vi que, hacia arriba y hacia abajo, el molde del hombre se extendía hasta el infinito; el puente no era más que un pequeñísimo armazón, un pequeñísimo bosquejo sobrepuesto a lo eterno. Eso eran también las minúsculas figuras de personas que se movían a mi alrededor, mirándome con descarada curiosidad. Pero yo sentía estar más allá de su alcance, aunque nunca estuve en una situación tan vulnerable. El molde del hombre no tenía poder para protegerme o compadecerse de mi, y sin embargo yo lo amaba con una pasión que no conocía límites.

Pensé entender entonces algo que don Juan me dijo una y otra vez, que el verdadero afecto no puede ser una inversión. Con toda felicidad, me hubiera convertido en sirviente del molde del hombre, no por lo que pudiera darme, porque no tiene nada que dar, sino por el absoluto afecto que sentía por él.

Tuve la sensación de algo que me jalaba, alejándome de aquel lugar, y antes de desaparecer de su presencia le grité una promesa al molde del hombre, pero una gran fuerza me arrebató antes de que pudiera terminar lo que quería decir. De pronto, me encontré de rodillas en el puente, mientras un grupo de gente local me miraban riéndose.

Don Juan llegó a mi lado y me ayudó a incorporarme y juntos caminamos de vuelta a la casa.

– Hay dos maneras de ver el molde del hombre -comenzó don Juan en cuanto nos sentamos-. Lo puedes ver como un hombre o lo puedes ver como una luz. Eso depende del movimiento del punto de encaje. Si el movimiento es lateral, el molde es un ser humano; si el movimiento ocurre en la sección media de la banda del hombre, el molde es una luz. El único valor de lo que has hecho hoy es que tu punto de encaje se desplazó en la sección media.

Dijo que la posición en la que uno ve el molde del hombre es muy cercana a aquella en que aparecen el cuerpo de ensueño y la barrera de la percepción. Esa era la razón por la que los nuevos videntes recomendaban ver y comprender el molde del hombre.

– ¿Estás seguro de entender lo que es realmente el molde del hombre? -me preguntó con una sonrisa.

– Le aseguro, don Juan, que estoy perfectamente consciente de lo que es el molde del hombre -dije.

– Cuando llegué al puente te oí gritarle insensateces al molde del hombre -dijo con una sonrisa en extremo maliciosa.

Le dije que me sentí como un sirviente inservible que adoraba a un amo inservible, y sin embargo un afecto absoluto me llevó a jurar amor eterno.

Todo le pareció chistoso y se rió hasta que empezó a ahogarse.

– La promesa de un sirviente inservible a un amo inservible es inservible -dijo y volvió a ahogarse de risa.

No sentí necesidad de defender mi posición. Mi afecto por el molde del hombre fue ofrecido sin reserva, sin pensar en recompensas. No me importaba que mi promesa fuera inservible.

XVII. EL VIAJE DEL CUERPO DE ENSUEÑO

Don Juan montó en mi coche y me dijo que los dos viajaríamos a la ciudad de Oaxaca, por última vez. Expresó muy claramente que jamás volveríamos a estar juntos ahí. Dijo que quizás sus sentimientos regresarían, pero ya nunca más la totalidad de sí mismo.

En Oaxaca, don Juan pasó horas mirando cosas mundanas y triviales, el color desteñido de las paredes, las siluetas de las montañas lejanas, la configuración de las grietas en el cemento de las aceras, las caras de la gente. Fuimos a la plaza y nos sentamos en su banca favorita que, como siempre, se encontraba desocupada cuando quería usarla.

Durante nuestra larga caminata por la ciudad hice mi mejor esfuerzo por entrar en un estado de tristeza, pero simplemente no pude lograrlo. Había algo festivo en su partida. Lo explicó como el vigor irrestringible de la libertad total.

– La libertad es como una enfermedad contagiosa -dijo-. Es transmitida; su portador es el nagual impecable. Quizá la gente no lo aprecie, pero eso se debe a que no quieren ser libres. La libertad es aterradora. Recuérdalo. Pero no para nosotros. Durante casi toda mi vida me he preparado para este momento. Y tú harás lo mismo.

Repitió una y otra vez que, en la fase en que me encontraba, ninguna suposición racional debía interferir con mis acciones. Repitió que el cuerpo de ensueño y la barrera de la percepción son posiciones del punto de encaje, y que ese conocimiento resulta tan vital para los videntes como el leer y escribir para el hombre moderno. Ambos son logros que se alcanzan después de años de práctica.

– Es muy importante que ahora mismo recuerdes la ocasión en que tu punto de encaje alcanzó esa posición y creó tu cuerpo de ensueño -dijo con tremenda urgencia.

Sonrió y comentó que quedaba muy poco tiempo, y que el recuerdo del viaje principal de mi cuerpo de ensueño colocaría a mi punto de encaje en posición para romper la barrera de la percepción y alinear otro mundo.

– El cuerpo de ensueño es conocido por diferentes nombres -dijo tras una larga pausa-. El nombre que más me gusta es el otro. Ese término pertenece a los antiguos videntes, junto con el estado de ánimo que evoca. No me interesa sobremanera el estado de ánimo que evoca, pero tengo que reconocer que me gusta el término. Es misterioso, prohibido. Al igual que los antiguos videntes, me provoca una sensación de oscuridad, de sombras. Los antiguos videntes decían que el otro siempre se presenta envuelto en un velo de viento.

A lo largo de los años, don Juan y sus compañeros videntes trataron de hacerme comprender que podemos estar en dos lugares a la vez, que podemos experimentar una especie de dualidad perceptual.

Mientras don Juan hablaba, comencé a recordar algo tan profundamente olvidado que, al principio, era como si sólo hubiera escuchado hablar de ello. Paso a paso, me di cuenta de que yo mismo viví esa experiencia.

Había estado en dos lugares a la vez. Esto tuvo lugar una noche, en las montañas del norte de México. Durante todo el día recolecté plantas con don Juan, como parte de sus enseñanzas en la conciencia normal. Nos detuvimos para pasar la noche y casi me dormí de cansancio cuando de pronto se presentó una ráfaga de viento y don Genaro brotó de la oscuridad, justo frente a mí, y casi me mata del susto.

Mi primer pensamiento fue de sospecha. Pensaba que don Genaro estuvo escondido entre los arbustos durante todo el día, esperando a que cayera la oscuridad antes de hacer su aterradora aparición. Al verlo haciendo cabriolas a mi alrededor, me di cuenta de que, esa noche, había algo verdaderamente extraño acerca de él. Algo palpable, real, y sin embargo, algo que yo no podía precisar.

Bromeó conmigo e hizo payasadas, llevando a cabo actos que desafiaban mi razón. Al ver mi congoja, don Juan se rió como idiota. Cuando juzgó que había llegado el momento oportuno, me hizo cambiar a la conciencia acrecentada y durante un momento pude verlos como a dos burbujas de luz. Genaro no era el don Genaro que yo conocía en mi estado de conciencia normal, sino su cuerpo de ensueño. Lo sabía, porque lo vi como una bola de fuego suspendida sobre el suelo. No estaba arraigado como don Juan. Era como si Genaro, la burbuja de luz, estuviera a punto de despegar, ya en el aire, a medio metro de la tierra, listo para remontarse velozmente.

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