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Le expliqué a don Juan que lo que yo le había preguntado era si, en el presente, en nuestra época, los pinches tiranos podrían derrotar alguna vez a un guerrero.

– Todos los días -contestó-. Las consecuencias no son tan terribles como las del pasado. Hoy en día, por supuesto, los guerreros siempre tienen la oportunidad de retroceder, luego reponerse y después volver. Pero el problema de la derrota moderna es de otro género. El ser derrotado por un repinche tiranito no es mortal sino devastador. En sentido figurado, el grado de mortandad de los guerreros es elevado. Con esto quiero decir que los guerreros que sucumben ante un repinche tirano son arrasados por su propio sentido de fracaso. Para mí eso equivale a una muerte figurada.

– ¿Cómo mide usted la derrota?

– Cualquiera que se une al pinche tirano queda derrotado. El enojarse y actuar sin control o disciplina, el no tener refrenamiento es estar derrotado.

– ¿Qué pasa cuando los guerreros son derrotados?

– O bien se reagrupan y vuelven a la pelea con más tino, o dejan el camino del guerrero y se alinean de por vida a las filas de los pinches tiranos.

III. LAS EMANACIONES DEL ÁGUILA

Al día siguiente, don Juan y yo dimos un paseo por la carretera a la ciudad de Oaxaca. A esa hora, el camino estaba desierto. Eran las dos de la tarde.

De pronto, mientras caminábamos tranquilamente, don Juan comenzó a hablar. Dijo que nuestra discusión acerca de los pinches tiranos sólo había sido una introducción al tema de estar consciente de ser. Yo comenté que la discusión me había revelado un nuevo panorama. Me pidió que explicara lo que quería decir.

Le dije que tenía que ver con una conversación que habíamos tenido algunos años antes, acerca de los indios yaquis. En el curso de sus enseñanzas para el lado derecho, él trató de explicarme las ventajas que los yaquis podían encontrar en su opresión. Yo afirmé apasionadamente que no había ventajas posibles en las miserables condiciones en que vivían. Le dije que yo no podía entender cómo él, siendo un indio yaqui, no reaccionaba contra tan enorme injusticia.

Me escuchó con atención. Y luego, cuando yo estaba seguro de que iba a defender su punto de vista, aceptó que las condiciones de los indios yaquis eran realmente miserables. Pero recalcó que era inútil aislar específicamente a los yaquis cuando las condiciones de vida del hombre en general eran horrendas.

– No solamente sientas lástima por los pobres indios yaquis -dijo-. Siente lástima por la humanidad. En el caso de los indios yaquis, incluso puedo decir que son los afortunados. Están oprimidos, pero al final, algunos de ellos hasta pueden salir triunfando. Los opresores son otra historia, los pinches tiranos que los aplastan, no tienen esperanza alguna.

De inmediato, le contesté con una descarga de lemas políticos. Yo no había entendido lo que quería decirme. De nuevo intentó explicarme el concepto de los pinches tiranos, pero la idea se me escapó por completo. Sólo ahora todo encajaba en su lugar.

– Nada ha encajado en su lugar todavía -dijo, riéndose de lo que yo le decía-. Mañana, cuando estés en tu estado de conciencia normal, ni siquiera recordarás lo que has entendido ahora.

,Me sentí completamente deprimido, porque sabía que él tenía razón.

– Lo que te va a pasar a ti es lo que me pasó a mí -prosiguió-. Mi benefactor, el nagual Julián, me hizo comprender, en estados de conciencia acrecentada, lo que tú acabas de comprender acerca de los pinches tiranos. Y, en mi vida diaria, acabé cambiando de opiniones sin saber por qué.

"Toda mi vida me oprimieron, y por eso yo tenía un verdadero odio contra mis opresores. Imagínate mi sorpresa cuando me di cuenta de que andaba buscando la compañía de pinches tiranos. Pensé que me había vuelto loco.

Llegamos a un lugar, a la vera del camino, donde unas enormes rocas estaban medio enterradas por un derrumbe; don Juan se sentó sobre una roca plana. A

señas, me indicó que me sentara frente a él. Y sin mayores preámbulos, comenzó su explicación de la maestría de estar consciente de ser.

Dijo que los videntes, tanto antiguos como nuevos, descubrieron una serie de verdades acerca de estar consciente de ser, y que esas verdades fueron arregladas en un orden específico. La mayoría de ellas fueron descubiertas por los antiguos videntes. Pero el orden en que esas verdades estaban dispuestas era obra de los nuevos videntes. Y sin ese orden, las verdades eran casi incomprensibles.

Explicó que la maestría de estar consciente de ser consistía en entender y manejar dichas verdades, en el orden en que habían sido puestas. Dijo que la primera verdad era que éramos parte y estábamos suspendidos en las emanaciones del Águila, y que era sólo nuestra familiaridad con cl mando que percibimos lo que nos forzaba a creer que estamos rodeados de objetos, objetos que existen por sí mismos y como sí mismos, tal como los percibimos.

Luego me dijo que antes de poder explicar qué cosa eran las emanaciones del Águila, él tenía que hablar acerca de lo conocido, lo desconocido y lo que no se puede conocer. Dijo que uno de los grandes errores que cometieron los antiguos videntes fue suponer que lo desconocido y lo que no se puede conocer eran la misma cosa. Fueron los nuevos videntes quienes corrigieron ese error y definieron lo desconocido como algo que está oculto, envuelto quizás en un contexto aterrador, pero aun así al alcance del hombre. En cierto momento, lo desconocido se convierte en lo conocido. Lo que no se puede conocer, por otra parte, es lo indescriptible, lo impensable, lo irrealizable. Es algo que jamás comprenderemos y que sin embargo está ahí, deslumbrante, y a la vez aterrador en su inmensidad.

– ¿Cómo pueden los videntes diferenciar el uno del otro? -pregunté.

– Hay una simple regla práctica -dijo-. Frente a lo desconocido, el hombre es audaz. Una cualidad de lo desconocido es que nos da un sentido de esperanza y de felicidad. Frente a él, el hombre se siente fuerte, animado. Incluso la aprensión que despierta es muy satisfactoria. Los nuevos videntes vieron que lo mejor del hombre aflora cuando se enfrenta a lo desconocido.

Dijo que cuando los videntes enfrentan a lo que no se puede conocer los resultados son desastrosos. Se agotan, se sienten confusos, sus cuerpos pierden tono, su razonamiento y su sobriedad vagan sin rumbo, porque lo que no se puede conocer no está dentro del alcance humano, y por ello no imparte energía alguna. Los nuevos videntes se dieron cuenta de que tenían que estar preparados a pagar precios exorbitantes por el más leve contacto con lo que no se puede conocer.

Don Juan explicó que los nuevos videntes, a fin de separar lo desconocido de lo que no se puede conocer, tuvieron que superar formidables barreras. En la época en que comenzó el nuevo ciclo, ninguno de ellos sabía con certeza cuáles procedimientos de su inmensa tradición eran los correctos y cuáles no. obviamente, los antiguos videntes cometieron errores crasos, pero los nuevos videntes no sabían cuáles eran. Los antiguos videntes fueron maestros de la conjetura. Habían, por ejemplo, supuesto que su habilidad de ver era una protección; eso es, hasta que los invasores los aniquilaron. A pesar de su total certeza de que eran invulnerables, los antiguos videntes no tuvieron protección alguna.

Los nuevos videntes no perdieron el tiempo especulando cuál fue el error de sus predecesores y empezaron a delinear lo desconocido para separarlo de lo que no se puede conocer.

– ¿Cómo delinearon lo desconocido, don Juan? -pregunté.

– A través del uso controlado de ver -contestó.

Le dije que lo que había querido preguntar era: ¿qué implicaba delinear lo desconocido?

Repuso que implicaba hacerlo accesible a nuestra percepción. Mediante la práctica constante del ver, los nuevos videntes encontraron que lo desconocido y lo conocido tienen realmente la misma base; ambos quedan al alcance de la percepción humana. En cierto momento, los videntes pueden penetrar en lo desconocido y transformarlo en lo conocido.

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