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– Ustedes son brujos, Pablito. ¿No pueden cesar esas riñas?

– Claro que podemos, pero no lo deseamos. ¿Qué esperabas que hiciésemos? ¿Que nos comportáramos como hermanos y hermanas?

No supe qué decir.

– Ellas eran las mujeres del Nagual -prosiguió-. Y, sin embargo, todo el mundo esperaba que me hiciese con ellas. ¡Cómo, en nombre de Dios, voy a hacerlo! Lo intenté con una y, en vez de apoyarme, la bruja estuvo a punto de asesinarme. De modo que ahora cada una de esas mujeres anda tras mi escondite como si hubiese cometido un crimen. Lo único que hice fue seguir las instrucciones del Nagual. Él me ordenó tener relaciones íntimas con todas ellas, una por una, hasta lograr tenerlas con todas a la vez. Pero no lo conseguí con ninguna.

Deseaba preguntarle por su madre, doña Soledad, pero no se me ocurrió ningún modo de traerla a la conversación. Callamos por un momento.

– ¿Las odias por lo que trataron de hacerte? -preguntó de pronto.

Vi mi oportunidad.

– No, en absoluto -dije-. La Gorda me explicó sus razones. Pero el ataque de doña Soledad fue aterrador. ¿La ves a menudo?

No respondió. Miró al techo. Repetí mi pregunta. Advertí que sus ojos estaban llenos de lágrimas. Su cuerpo tembló, convulsionado por silentes sollozos.

Declaró que una vez había tenido una hermosa madre, a la cual, sin duda, yo recordaría. Su nombre era Manuelita, una santa mujer que crió dos niños, trabajando como una mula para mantenerlos. Sentía la más profunda veneración por aquella mujer, que les había alimentado y amado. Pero un horrible día su destino se había cumplido y se había encontrado con Genaro y el Nagual, y, entre los dos, habían destruido su vida. Con tono muy emotivo, Pablito aseveró que los dos demonios se habían llevado su alma y el alma de su madre. Asesinaron a Manuelita y dejaron en su lugar a Soledad, esa horrenda hechicera. Me clavó los ojos bañados en lágrimas y sostuvo que esa espantosa mujer no era su madre. No era posible que fuese su Manuelita.

Sollozaba de una manera incontrolable. Yo no sabía qué decir. Su estallido emocional era a tal punto auténtico, y sus argumentos tan verosímiles, que me vi dominado por una oleada de sentimentalismo. Pensando como lo haría la mayoría de los hombres civilizados, tuve que estar de acuerdo con él. A juzgar por la apariencia, era una verdadera desgracia para Pablito haberse cruzado en el camino de don Juan y de don Genaro.

Pasé el brazo por sobre sus hombros y estuve a punto de echarme a llorar. Tras un largo silencio, se puso de pie y salió por la puerta trasera. Le oí sonarse la nariz y lavarse la cara en un cubo de agua. Volvió más sereno. Hasta sonreía.

– No me interpretes mal, Maestro -dijo-. No culpo a nadie de lo que me ha sucedido. Fue mi destino. Genaro y el Nagual actuaron como impecables guerreros que eran. Soy débil; eso es todo. Y fracasé en mi misión. El Nagual decía que la única posibilidad que tenía de evitar el ataque de esa horrible bruja consistía en acorralar a los cuatro vientos, y hacerlos soplar desde mis cuatro lados. Pero no lo conseguí. Esas mujeres estaban de acuerdo con la hechicera, Soledad, y no me prestaron ayuda. Buscaban mi muerte.

»El Nagual me dijo también que si yo fallaba, tú tampoco tendrías posibilidad alguna. Aseguró que, si ella te mataba, yo debía huir y tratar de salvar la vida. Dudaba de que consiguiera siquiera alcanzar el camino. Sostenía que tu poder más lo que la bruja ya sabía, la harían insuperable. De modo que, cuando comprendí que no lograría acorralar a los cuatro vientos, me consideré muerto. Y, como era de esperar, odié a esas mujeres. Pero hoy, Maestro, me has llenado de nuevas esperanzas.

Le dije que sus sentimientos hacia su madre me habían llegado muy profundamente. Me encontraba en realidad horrorizado por todo lo sucedido, pero dudaba intensamente de mi capacidad para traerle esperanzas de ninguna clase.

– ¡Lo has hecho! -exclamó con gran certidumbre-. Me sentí terriblemente mal todo este tiempo. Ver a la propia madre corriendo tras uno con un hacha es algo que no puede hacer feliz a nadie. Pero ahora ella está fuera de la cuestión, merced a ti y a todo lo que has hecho.

»Esas mujeres me odian porque están convencidas de que soy un cobarde. No hay lugar en sus endurecidas mentes para comprender que somos diferentes. Tú y esas cuatro mujeres son diferentes de mí y del Testigo y de Benigno en muy amplio grado. Ustedes cinco estaban considerablemente más cerca de la puerta antes de que el Nagual los hallara. Él nos contó que en una oportunidad habías llegado a tratar de suicidarte. Nosotros no éramos así. Estábamos bien, vivos y felices. Éramos todo lo contrario de ti. Ustedes eran personas desesperadas; nosotros no. Si Genaro no se hubiese cruzado en mi camino, yo sería un carpintero satisfecho. O estaría muerto. Eso no importa. Habría dado lo mejor de mí y me encontraría a gusto.

Sus palabras suscitaron en mí un estado de ánimo singular. No pude dejar de admitir que tenía razón cuando decía que tanto aquellas mujeres como yo éramos individuos desesperados. De no haber conocido a don Juan, seguramente habría muerto; pero no podía decir, como Pablito, que me hubiese ido bien de otra manera. Don Juan había dado vida y vigor a mi cuerpo y libertad a mi espíritu.

Las afirmaciones de Pablito me hicieron recordar algo que don Juan me había dicho una vez, hablando de un anciano, amigo mío. Don Juan había asegurado, de modo tajante, que el hecho de que el viejo viviese o muriese no tenía la menor importancia. Me enfadé un tanto ante lo que me parecía una redundancia de parte de don Juan. Le respondí que no hacía falta señalar que la vida o la muerte de aquel hombre carecía de importancia, por cuanto nada en el mundo podía tener trascendencia alguna, salvo para cada uno personalmente.

– ¡Tú lo has dicho! -exclamó, y rió-. Eso exactamente es lo que quiero decir. La vida y la muerte de ese viejo no significan nada para él mismo. Podía haber muerto en mil novecientos veintinueve, o en mil novecientos cincuenta, o vivido hasta mil novecientos noventa y cinco, Eso no importa. Es absurdamente igual para él.

Así había sido mi vida antes de conocer a don Juan. Nada me había importado. Solía actuar como si ciertas cosas me afectasen, pero no dejaba de ser una estratagema para parecer un hombre sensible.

La voz de Pablito interrumpió mis reflexiones. Quería saber si había lastimado mis sentimientos. Le aseguré que no había nada de eso. Con el objeto de reiniciar el diálogo, le pregunté dónde había conocido a don Genaro.

– Mi destino era que mi patrón se enfermase -dijo-. Debido a ello hube de ir al mercado a construir una nueva serie de tiendas de ropa. Trabajé en ese lugar durante dos meses. Allí conocí a la hija del propietario de una de las tiendas. Nos enamoramos. Hice la tienda de su padre ligeramente más grande que las demás, de modo de poder hacer el amor con ella tras el mostrador mientras su hermana atendía a los clientes.

Un día Genaro llevó un saco de plantas medicinales a un comerciante del otro lado de la nave, y, mientras conversaba con él, notó que el puesto de ropas vibraba. Observó con atención el lugar, pero vio solamente a la hermana, dormitando en una silla. El hombre informó a Genaro de que cada día el puesto vibraba así alrededor de esa hora. Al día siguiente, Genaro llevó al Nagual, para que viese vibrar la construcción, y consiguió su propósito. Regresaron al otro día y volvió a vibrar. De modo que esperaron hasta que salí. Fue entonces que trabé relación con ella, y poco después Genaro me contó que era herborista y me propuso preparar para mí una poción merced a la cual ninguna mujer se me resistiría. Me gustaban las mujeres, así que piqué. Ciertamente me preparó la poción, pero ello le llevó diez años. En el ínterin llegué a conocerlo muy bien, y a quererlo más que si fuese mi propio hermano. Y ahora lo extraño como no te puedes imaginar. Como puedes ver, me hizo trampa. A veces me alegro de que lo haya hecho; no obstante, las más de las veces me irrita.

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