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– ¿Por qué no puede decirme, don Juan?

– Porque esas canciones son un lazo entre el protector y yo. Estoy seguro de que algún día él te enseñará tus propias canciones. Espera hasta entonces, y nunca jamás copies ni preguntes las canciones que pertenecen a otra gente.

– ¿Cuál era el nombre que usted pronunció? ¿Puede decirme eso, don Juan?

– No. Su nombre nunca puede pronunciarse más que para llamarlo.

– ¿Y si yo quiero llamarlo?

– Si algún día te acepta, te dirá su nombre. Ese nombre será para qué tú solo lo uses, ya sea para llamarlo en voz alta o para decírtelo en silencio a ti mismo. A. lo mejor te dirá que su nombre es José. Quién sabe.

– ¿Por qué es malo usar su nombre para hablar de él?

– Ya viste sus ojos, ¿no? Con el protector no se juega. ¡Por eso no puedo explicarme el hecho de que escogiera jugar contigo!

– ¿Cómo puede ser él un protector si también hace mal a la gente?

– La respuesta es muy sencilla. Mescalito es un protector porque está a la disposición de cualquiera que lo busque.

– Pero, ¿no es cierto que todo en el mundo está a la disposición de cualquiera que lo busque?

– No, eso no es cierto. Los poderes aliados sólo están a disposición de los brujos, pero cualquiera puede disponer de Mescalito.

– Pero entonces ¿por qué daña a cierta gente?

– No a todos les gusta Mescalito, pero todos lo buscan con la idea de sacar provecho sin trabajar. Naturalmente, su encuentro con él siempre es horrendo.

– ¿Qué ocurre cuando acepta por entero a alguien?

– Se le aparece como un hombre, o como una luz. Cuando alguien ha ganado esta clase de aceptación, Mescalito es constante. Ya no vuelve a cambiar después. A lo mejor cuando te lo encuentres de nuevo será una luz, y algún día hasta puede llevarte a volar y revelarte todos sus secretos.

– ¿Qué tengo que hacer para llegar a ese punto, don Juan?

– Tienes que ser un hombre fuerte, y tu vida tiene que ser verdadera.

– ¿Qué es una vida verdadera?

– Una vida que se vive con la certeza nítida de estar viviéndola; una vida buena, fuerte.

V

Don Juan inquiría periódicamente, en forma casual, sobre el estado de mi datura. En el año transcurrido desde que replanté la raíz, la planta se había convertido en un arbusto grande. Había dado semillas y las vainas de las semillas se habían secado. Y don Juan juzgó que era hora de que yo aprendiera algo más sobre la yerba del diablo.

Domino, 27 de enero, 1963

Don Juan me dio hoy la información preliminar sobre la "segunda parte" de la raíz de datura, el segundo paso en el aprendizaje de la tradición. Dijo que la segunda parte de la raíz era el verdadero principio del aprendizaje; en comparación con ella, la primera parte era juego de niños. Había que dominar la segunda parte; había que tomarla veinte veces por lo menos, dijo, antes de poder avanzar al tercer paso.

– ¿Qué hace la segunda parte? -pregunté.

– La segunda parte de la yerba del diablo se usa para ver. Con ella, un hombre puede remontarse por los aires y ver qué está pasando en cualquier sitio que escoja.

– ¿Puede en verdad un hombre volar por los aires, don Juan?

– ¿Por qué no? Como ya te dije, la yerba del diablo es para aquellos que buscan poder. El hombre que domina la segunda parte puede usar la yerba del diablo para ganar más poder haciendo cosas que nadie se imagina.

– ¿Qué clase de cosas, don Juan?

– No te lo puedo decir. Cada hombre es distinto.

Lunes, 28 de enero, 1963

– Si completas con bien el segundo paso -dijo don Juan-, sólo podré enseñarte otro paso más. Al ir aprendiendo sobre la yerba del diablo me di cuenta de que no era para mí, y ya no adelanté más en su camino.

– ¿Qué le hizo decidir en contra de ello, don Juan?

– La yerba del diablo estuvo a punto de matarme todas las veces que traté de usarla. Una vez me fue tan mal que me di por acabado. Y sin embargo, yo habría podido evitar todo ese dolor.

– ¿Cómo? ¿Hay alguna manera especial de evitar el dolor?

– Sí, hay una manera,

– ¿Es una fórmula, o un procedimiento, o qué?

– Es una manera de agarrarse a las cosas. Por ejemplo, cuando yo estaba aprendiendo sobre la yerba del diablo, era demasiado ansioso. Me agarraba a las cosas de la misma manera que los niños agarran dulces. La yerba del diablo es sólo un camino entre cantidades de caminos. Cualquier cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener siempre presente que un camino es sólo un camino; si sientes que no deberías seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna condición. Para tener esa claridad debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino es nada más un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso es lo que tu corazón te dice. Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de miedo y de ambición. Te prevengo. Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta. Es una pregunta que sólo se hace un hombre muy viejo. Mi benefactor me habló de ella una vez cuando yo era joven, y mi sangre era demasiado vigorosa para que yo la entendiera, Ahora sí la entiendo. Te diré cuál es: ¿tiene corazón este camino? Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Puedo decir que en mi propia vida he recorrido caminos largos, largos, pero no estoy en ninguna parte. Ahora tiene sentido la pregunta de mi benefactor, ¿Tiene corazón este camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte; el otro te debilita.

Domingo, 21 de abril, 1963

La tarde del martes 16 de abril, don Juan y yo fuimos a los cerros donde están sus daturas. Me pidió dejarlo solo allí, y esperarlo en el coche. Volvió casi tres horas después cargando un paquete envuelto en una tela roja. Cuando iniciábamos el regreso a su casa, señaló el bulto y dijo que era su último regalo para mí.

Pregunté si quería decir que ya no iba a enseñarme. Explicó que se refería al hecho de que yo tenía una planta plenamente madura y ya no necesitaría de las suyas.

Al atardecer tomamos asiento en su cuarto; él sacó un mortero y una mano, ambos de acabado pulido. El cuenco del mortero tenía unos quince centímetros de diámetro. Desató un gran paquete lleno de bultos pequeños, seleccionó dos y los puso sobre un petate, a mi lado; luego añadió otros cuatro bultos del mismo tamaño, extraídos del paquete que trajo a casa. Dijo que eran semillas, y yo debía molerlas hasta convertirlas en polvo fino. Abrió el primer bulto y virtió parte de su contenido en el mortero. Las semillas secas eran redondas, de color amarillo caramelo.

Empecé a trabajar con la mano del mortero; tras un rato don Juan me corrigió. Me dijo que primero empujase la mano contra un lado del recipiente y luego la deslizara sobre el fondo para hacerla subir contra el otro lado. Le pregunté qué iba a hacer con el polvo. No quiso hablar de ello.

El primer lote de semillas resultó extremadamente duro de moler. Tardé cuatro horas en terminar el trabajo. La espalda me dolía a causa de la postura en que había estado sentado. Me acosté y quise dormirme allí mismo, pero don Juan abrió la siguiente bolsa y vació parte de su contenido en el mortero. Esta vez las semillas eran un poco más oscuras que las primeras y se hallaban apelotonadas. El resto del contenido de la bolsa era una especie de polvo, consistente en gránulos muy pequeños, redondos y oscuros.

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