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– Tiene usted razón -concedí-. Sólo que es difícil de aceptar.

– Tardarás años en convencerte, y luego tardarás años en actuar como corresponde. Ojalá te quede tiempo.

– Me asusta que diga usted eso -dije.

Don Juan me examinó con una expresión grave en el rostro.

– Ya te dije: éste es un mundo extraño -dijo-. Las fuerzas que guían a los hombres son imprevisibles, pavorosas, pero su esplendor es digno de verse.

Dejó de hablar y me miró de nuevo. Parecía estar a punto de revelarme algo, pero se contuvo y sonrió.

– ¿Hay algo que nos guía? -pregunté.

– Seguro. Hay poderes que nos guían.

– ¿Puede usted describirlos?

– En realidad no; sólo llamarlos fuerzas, espíritus, aires, vientos o cualquier cosa por el estilo.

Quise seguir interrogándolo, pero antes de que pudiera formular otra pregunta él se puso en pie. Me le quedé viendo, atónito. Se había levantado en un solo movimiento; su cuerpo, simplemente, se estiró hacia arriba y quedó de pie.

Me hallaba meditando todavía en la insólita pericia necesaria para moverse con tal rapidez, cuando él me dijo, en seca voz de mando, que rastreara un conejo, lo atrapara, lo matara, lo desollase, y asara la carne antes del crepúsculo.

Miró el cielo y dijo que tal vez me alcanzara el tiempo.

Puse automáticamente manos a la obra, siguiendo el procedimiento usado veintenas de veces. Don Juan caminaba a mi lado y seguía mis movimientos con una mirada escudriñadora. Yo estaba muy calmado y me movía cuidadosamente, y no tuve ninguna dificultad en atrapar un conejo macho.

– Ahora mátalo -dijo don Juan secamente.

Metí la mano en la trampa para agarrar al conejo. Lo tenía asido de las orejas y lo estaba sacando cuando me invadió una súbita sensación de terror. Por primera vez desde que don Juan había iniciado sus lecciones de caza, se me ocurrió que nunca me había enseñado a matar animales. En las numerosas ocasiones que habíamos recorrido el desierto, él mismo sólo había matado un conejo, dos perdices y una víbora de cascabel.

Solté el conejo y miré a don Juan.

– No puedo matarlo -dije.

– ¿Por qué no?

– Nunca lo he hecho.

– Pero has matado cientos de aves y otros animales.

– Con un rifle, no a mano limpia.

– ¿Qué importancia tiene? El tiempo de este conejo se acabó.

El tono de don Juan me produjo un sobresalto; era tan autoritario, tan seguro, que no dejó en mi mente la menor duda: él sabía que el tiempo del conejo había terminado.

– ¡Mátalo! -ordenó con ferocidad en la mirada.

– No puedo.

Me gritó que el conejo tenía que morir. Dijo que sus correrías por aquel hermoso desierto habían llegado a su fin. No tenía caso perder tiempo, porque el poder o espíritu que guía a los conejos había llevado a ése a mi trampa, justo al filo del crepúsculo.

Una serie de ideas y sentimientos confusos se apoderó de mí, como si los sentimientos hubieran estado allí esperándome. Sentí con torturante claridad la tragedia del conejo: haber caído en mi trampa. En cuestión de segundos mi mente recorrió los momentos decisivos de mi propia vida, las muchas veces que yo mismo había sido el conejo.

Lo miré y el conejo me miró. Se había arrinconado contra un lado de la jaula; estaba casi enroscado, muy callado e inmóvil. Cambiamos una mirada sombría, y esta mirada, que supuse de silenciosa desesperanza, selló una identificación competa por parte mía.

– Al carajo -dije en voz alta-. No voy a matar nada. Ese conejo queda libre.

Una profunda emoción me estremecía. Mis brazos temblaban al tratar de asir al conejo por las orejas; se movió aprisa y fallé. Hice un nuevo intento y volví a errar. Me desesperé. Al borde de la náusea, patee rápidamente la trampa para romperla y liberar al conejo. La jaula resultó insospechadamente fuerte y no se quebró como yo esperaba. Mi desesperación creció convirtiéndose en una angustia insoportable. Usando toda mi fuerza, pisotee la esquina de la jaula con el pie derecho. Las varas crujieron con estruendo. Saqué el conejo. Tuve un alivio momentáneo, hecho trizas al instante siguiente. El conejo colgaba inerte de mi mano. Estaba muerto.

No supe qué hacer. Quise descubrir el motivo de su muerte. Me volví hacia don Juan. Él me miraba. Un sentimiento de terror atravesó mi cuerpo en escalofrío.

Me senté junto a unas rocas. Tenía una jaqueca terrible. Don Juan me puso la mano en la cabeza y me susurró al oído que debía desollar y asar al conejo antes de terminado el crepúsculo.

Sentía náuseas. Él me habló con mucha paciencia, como dirigiéndose a un niño. Dijo que los poderes que guían a los hombres y a los animales habían llevado hacia mí ese conejo, en la misma forma, en que me llevarán a mi propia muerte. Dijo que la muerte del conejo era un regalo para mí, exactamente como mi propia muerte será un regalo para algo o alguien más.

Me hallaba mareado. Los sencillos eventos de ese día me habían quebrantado. Intenté pensar que no era sino un conejo; sin embargo, no podía sacudirme la misteriosa identificación que había tenido con él.

Don Juan dijo que yo necesitaba comer de su carne, aunque fuera sólo un bocado, para validar mi hallazgo.

– No puedo hacerlo -protesté débilmente.

– Somos basuras en manos de esas fuerzas -me dijo, brusco-. Conque deja de darte importancia y usa este regalo como se debe.

Recogí el conejo; estaba caliente.

Don Juan se inclinó para susurrarme al oído:

– Tu trampa fue su última batalla sobre la tierra. Te lo dije: ya no tenía más tiempo para corretear por este maravilloso desierto.

X. HACERSE ACCESIBLE AL PODER

Jueves, agosto 17, 1961

APENAS bajé del coche, me quejé con don Juan de no sentirme bien.

– Siéntate, siéntate -dijo suavemente, y casi me llevó de la mano a su pórtico. Sonrió y me palmeó la espalda.

Dos semanas antes, el 4 de agosto, don Juan, como había dicho, cambió de táctica conmigo y me permitió ingerir unos botones de peyote. Durante la parte álgida de mi experiencia alucinatoria, jugué con un perro que vivía en la casa donde la sesión tuvo lugar. Don Juan interpretó mi interacción con el perro como un evento muy especial. Aseveró que en momentos de poder como el que yo viví entonces, el mundo de los asuntos ordinarios no existía y nada podía darse por hecho; que el perro no era en realidad un perro sino la encarnación de Mescalito, el poder o deidad contenido en el peyote.

Los efectos posteriores de aquella experiencia fueron un sentido general de fatiga y melancolía, así como la incidencia de sueños y pesadillas excepcionalmente vívidos.

– ¿Dónde está tu equipo de escribir? -preguntó don Juan cuando tomé asiento en el pórtico.

Yo había dejado mis cuadernos en el coche. Don Juan fue y sacó con cuidado mi portafolio y lo trajo a mi lado.

Preguntó si al caminar solía llevar mi portafolio. Dije que sí.

– Eso es una locura -repuso-. Te he dicho que cuando camines no lleves nada en las manos. Consigue una mochila.

Reí. La idea de llevar mis notas en una mochila era absurda. Le dije que por lo común usaba traje, y que una mochila sobre un traje de tres piezas ofrecería un espectáculo risible.

– Ponte el saco encima de la mochila -dijo él-. Mejor que la gente te crea jorobado, y no que te arruines el cuerpo cargando todo esto.

Me instó a sacar mi libreta y escribir. Parecía esforzarse deliberadamente por ponerme a mis anchas.

Volví a quejarme de la sensación de incomodidad física y el extraño sentimiento de desdicha que experimentaba. Don Juan río y dijo:

– Estás empezando a aprender.

Tuvimos entonces una larga conversación. Dijo que Mescalito, al permitirme jugar con él, me había señalado como un "escogido" y que don Juan, aunque el oráculo lo desconcertaba porque yo no era indio, iba a pasarme ciertos conocimientos secretos. Dijo que él mismo había tenido un "benefactor" que le enseñó a convertirse en "hombre de conocimiento".

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