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Caminamos un rato más, pero siguió sin mostrarme plantas, y tampoco cortó ninguna. Simplemente caminaba con vivacidad entre los arbustos, tocándolos suavemente. Luego se detuvo para sentarse en una roca y me dijo que descansara y mirase alrededor.

Insistí en hablar. Una vez más le hice saber que tenía muchos deseos de aprender cosas de las plantas, especialmente del peyote. Le supliqué que se convirtiera en informante mío a cambio de alguna recompensa monetaria.

– No tienes que pagarme -dijo-. Puedes preguntarme lo que quieras. Te diré lo que sé y luego te diré qué se puede hacer con eso.

Me preguntó si estaba de acuerdo con el arreglo. Yo me hallaba deleitado. Luego añadió una frase críptica:

– A lo mejor no hay nada que aprender de las plantas, porque no hay nada que decir de ellas.

No comprendí lo que había dicho ni a qué se refería.

– ¿Cómo dice usted? -pregunté.

Repitió su afirmación tres veces, y luego toda la zona se estremeció con el rugido de un aeroplano de la Fuerza Aérea que pasó volando bajo.

– ¡Ya ves! El mundo está de acuerdo conmigo -dijo, llevándose la mano izquierda al oído.

Me resultaba muy divertido. Su risa era contagiosa.

– ¿Es usted de Arizona, don Juan? -pregunté, en un esfuerzo por mantener la conversación centrada en la posibilidad de que fuera mi informante.

Me miró y asintió con la cabeza. Sus ojos parecían fatigados. Se veía el blanco debajo de las pupilas.

– ¿Nació usted en esta localidad?

Asintió de nuevo sin responderme. Parecía un gesto afirmativo, pero también el asentimiento nervioso de alguien que está pensando.

– ¿Y tú de dónde eres? -preguntó.

– Vengo de Sudamérica -dije.

– Es grande ese sitio. ¿Vienes de todo él?

Sus ojos me miraban, penetrantes de nuevo.

Empecé a explicar las circunstancias de mi nacimiento, pero me interrumpió.

– En esto nos parecemos -dijo-. Yo ahora vivo aquí, pero en realidad soy un yaqui de Sonora.

– ¡No me diga! Yo soy de…

No me dejó terminar.

– Ya sé, ya sé -dijo-. Tú eres quien eres, de donde eres, igual que yo soy un yaqui de Sonora.

Sus ojos relucían y su risa era extremadamente inquietante. Me hizo sentir como si me hubiera atrapado en una mentira. Experimenté una peculiar sensación de culpa. Tuve el sentimiento de que él conocía algo que yo no sabía o no quería decir.

Mi extraña incomodidad creció. Debe haberla advertido, porque se puso en pie y me preguntó si quería ir a comer en una fonda del pueblo.

Caminar de regreso a su casa, y luego el viaje en coche al pueblo, me hizo sentirme mejor, pero no me hallaba completamente relajado. De algún modo me sentía amenazado, aunque no podía precisar el motivo.

En la fonda, quise invitarle a una cerveza. Dijo que nunca bebía, ni siquiera cerveza. Reí para mis adentros. No le creía; el amigo que nos puso en contacto me había dicho qué "el viejo andaba perdido de borracho casi todo el tiempo". En realidad no me importaba que me mintiera diciendo que no bebía. Me agradaba; había algo muy tranquilizante en su persona.

Debí haber tenido una expresión de duda en el rostro, pues él pasó a explicar que de joven le daba por la bebida, pero que un buen día la había dejado.

– La gente casi nunca se da cuenta de que podemos cortar cualquier cosa de nuestras vidas en cualquier momento, así nomás -chasqueó los dedos.

– ¿Piensa usted que uno puede dejar de fumar o de beber así de fácil? -pregunté.

– ¡Seguro! -dijo con gran convicción-. El cigarro y la bebida no son nada. Nada en absoluto si queremos dejarlos.

En ese mismo instante, el agua que hervía en la cafetera hizo un ruido fuerte y vivaz.

– ¡Oye! -exclamó don Juan, con un brillo en los ojos-. El agua hirviendo está de acuerdo conmigo.

Luego añadió, tras una pausa:

– Uno puede recibir acuerdos de todo lo que lo rodea.

En ese momento crucial, la cafetera produjo un gorgoteo verdaderamente obsceno.

Don Juan miró la cafetera y dijo suavemente: "Gracias"; asintió con la cabeza y luego estalló en carcajadas.

Me desconcerté. Su risa era un poco demasiado fuerte, pero yo me divertía genuinamente con todo aquello.

Mi primera sesión propiamente dicha con mi "informante" llegó entonces a su fin. Se despidió en la puerta de la fonda. Le dije que tenía que visitar a unos amigos, y que me gustaría verlo de nuevo a fines de la semana siguiente.

– ¿Cuándo estará usted en su casa? -pregunté.

Me escudriñó.

– Cuando vengas -repuso.

– No sé exactamente cuándo pueda venir.

– Pues ven y no te preocupes.

– ¿Y si usted no está?

– Allí estaré -dijo, sonriendo, y se alejó.

Corrí tras él y le pregunté si podría llevar conmigo una cámara para tomar fotos suyas y de su casa.

– Eso está fuera de cuestión -dijo con el entrecejo fruncido.

– ¿Y una grabadora? ¿Le molestaría?

– Me temo que tampoco de eso hay posibilidad.

Me molesté y empecé a agitarme. Dije que no veía ningún motivo lógico para su rechazo.

Don Juan movió la cabeza en sentido negativo.

Olvídalo -dijo con fuerza-. Y si todavía quieres verme, no vuelvas a mencionarlo.

Presenté una débil queja final. Dije que las fotos y las grabaciones eran indispensables para mi trabajo. Él respondió que sólo una cosa era indispensable para todo lo que hacíamos. La llamó "el espíritu".

– No se puede prescindir del espíritu -dijo-. Y tú no lo tienes. Preocúpate de eso y no de tus fotos.

– ¿A qué se…?

Me interrumpió con un ademán y retrocedió algunos pasos.

– No te olvides de volver -dijo con suavidad, y agitó la mano en despedida.

II. BORRAR LA HISTORIA PERSONAL

Jueves, diciembre 22, 1960

DON JUAN estaba sentado en el suelo, junto a la puerta de su casa, con la espalda contra la pared. Volteó un cajón de madera para leche y me pidió tomar asiento y ponerme cómodo. Le ofrecí unos cigarrillos. Había llevado un paquete. Dijo que no fumaba, pero aceptó el regalo. Hablamos sobre el frío de las noches del desierto y otros temas ordinarios de conversación.

Le pregunté si no interfería yo con su rutina normal. Me miró como frunciendo el entrecejo y repuso que no tenía rutinas, y que yo podía estarme con él toda la tarde si así lo deseaba.

Yo había preparado algunas cartas de genealogía y parentesco que deseaba llenar con ayuda suya. También había compilado, a través de la literatura etnográfica, una larga serie de rasgos culturales pertenecientes, se decía, a los indígenas de la zona. Quería revisar con él la lista y marcar todos los elementos que le fuesen familiares.

Empecé con las cartas de parentesco.

– ¿Cómo llamaba usted a su padre? -pregunté.

– Lo llamaba papá -dijo él con rostro muy serio.

Me sentí algo molesto, pero procedí sobre la suposición de que no había comprendido.

Le mostré la carta y expliqué: un espacio era para el padre y otro para la madre. Di como ejemplo las distintas palabras usadas para padre y madre en inglés y en español.

Pensé que tal vez habría debido empezar por la madre.

– ¿Cómo llamaba usted a su madre? -pregunté.

– La llamaba mamá -repuso con tono ingenuo.

– Quiero decir, ¿qué otras palabras usaba usted para llamar a su padre y a su madre? ¿Cómo los llamaba usted? -dije, tratando de ser paciente y cortés.

Se rascó la cabeza y me miró con una expresión estúpida.

– ¡Caray! -dijo-. Me la pusiste difícil. Déjame pensar.

Tras un momento de titubeo, pareció recordar algo, y yo me dispuse a escribir.

– Bueno -dijo, como inmerso en serios pensamientos-, ¿de qué otra forma los llamaba? ¡oye, oye, papá! ¡Oye, oye, mamá!

Reí contra mi voluntad. Su expresión era verdaderamente cómica y en ese momento no supe si era un viejo absurdo que me jugaba bromas, o si en verdad era un simplón. Usando cuanta paciencia había en mi, le expliqué que éstas eran preguntas muy serias, y que para mi trabajo tenía gran importancia llenar los formularios. Traté de hacerle comprender la idea de una genealogía e historia personal.

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