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Don Juan se puso en pie, estiró los brazos y arqueó la espalda. Empecé a levantarme yo también, pero lo impidió empujándome con suavidad.

– Tú debes quedarte en esta banca hasta el crepúsculo -dijo-. Yo tengo que irme ahora mismo. Genaro me espera en las montañas. Ven a su casa dentro de tres días y allí nos encontraremos.

– ¿Qué va a hacer usted en casa de don Genaro? -pregunté.

– Depende de que tengas suficiente poder -dijo-, a lo mejor Genaro te enseña el nagual.

Había otra cosa que yo necesitaba expresar en ese momento. Tenía que saber si su traje era un recurso de choque reservado para mí, o. parte normal de su vida. Ninguno de sus actos había causado nunca en mí tal desconcierto como el que se vistiera de traje No era sólo el acto mismo el que me impresionaba tanto, sino el hecho de que don Juan era elegante. Sus piernas poseían una agilidad juvenil. Parecería que el usar zapatos hubiera alterado su punto de equilibrio; sus pasos eran más largos y firmes que de costumbre.

– ¿Usa usted traje todo el tiempo? -pregunté.

– Sí -repuso con una sonrisa encantadora-. Tengo otros, pero no quise ponerme hoy un traje distinto, porque eso te habría asustado más todavía.

No supe qué pensar. Sentí haber llegado al final de mi camino. Si don Juan usaba traje y se veía elegante, todo era posible.

Él rió; parecía disfrutar mi confusión.

– Soy un accionista -dijo en tono misterioso, pero sin afectación alguna, y se alejó.

A la mañana siguiente, jueves, pedí a un amigo acompañarme a caminar desde la puerta de la oficina donde don Juan me empujó, hasta el mercado de la Lagunilla. Tomamos la ruta más directa. Tardamos treinta y cinco minutos. Una vez que llegamos, traté de orientarme. Fracasé. Entré en una tienda de ropa, en la esquina de la ancha avenida donde nos hallábamos.

– Disculpe usted -dije a una joven que limpiaba gentilmente un sombrero con un sacudidor-. ¿Dónde están los puestos de monedas y libros usados?

– No tenemos de eso -repuso con mal humor.

– Pero yo los vi ayer, por aquí en este mercado.

– No me diga -contestó yendo tras el mostrador.

Corrí tras ella y le supliqué decirme dónde estaban los puestos. Me miró de arriba a abajo.

– No pudo usted haberlos visto ayer -dijo-. Esos puestos se arman nada más los domingos, aquí mismo junto a esta pared. No los tenemos entre semana.

– ¿Nada más los domingos? -repetí maquinalmente.

– Sí. Nada más los domingos. Así es la cosa. Entre semana, estorbarían el tránsito.

Señaló la ancha avenida llena de coches.

LA HORA DEL NAGUAL

Subí corriendo una pendiente frente a la casa de don Genaro y vi a don Juan y don Genaro sentados en un espacio despejado junto a la puerta. Me sonrieron. Había en sus sonrisas tal calor e inocencia, que mi cuerpo experimentó un estado de alarma inmediata. Automáticamente aminoré el paso. Los saludé.

– ¿Pero, cómo estás? -me preguntó Genaro, con tal afectación que todos reímos.

– Está más que bien intervino don Juan antes de que yo pudiera responder.

– Eso veo -repuso don Genaro-. ¡Mira esa papada! ¡Y mira ese chicharrón en los cachetes!

Don Juan se echó a reír agarrándose el estómago.

– Tienes la cara redonda -prosiguió don Genaro-. ¿A qué te has dedicado? ¿A comer?

Don Juan le aseguró, en son de broma, que mi estilo de vida me imponía comer en abundancia. De la manera más amistosa, hicieron bromas acerca de mi vida, y luego don Juan me pidió sentarme entre ellos. El sol ya se había puesto detrás de la enorme cordillera del oeste.

– ¿Dónde está tu famoso cuaderno? -me preguntó don Genaro, y cuando lo saqué del bolsillo gritó como los charros y me lo quitó de las manos.

Obviamente, me había observado con gran cuidado y conocía a la perfección mis manerismos. Sostuvo el Cuaderno en ambas manos y jugó nerviosamente con él, como si no supiera en qué ocuparlo. Dos veces pareció a punto de arrojarlo a un lado, pero se contuvo. Luego lo reclinó contra sus rodillas y fingió escribir febrilmente, como yo hago.

Don Juan rió tanto que casi se ahoga.

– ¿Qué hiciste después de que me fui? -preguntó cuando ambos se hubieron calmado.

– El jueves fui al mercado -dije.

– ¿Qué hacías allí? ¿Desandando tus pasos? -repuso.

Don Genaro cayó hacia atrás y produjo con los labios el ruido seco de una cabeza al golpear contra el suelo. Me miró de reojo e hizo un guiño.

– Tuve que hacerlo -dije-. Y descubrí que entre semana no hay puestos de monedas ni de libros usados.

Los dos rieron. Luego don Juan dijo que hacer preguntas no revelaría nada nuevo.

– ¿Qué es lo que realmente pasó, don Juan? -pregunté.

– Créeme, no hay manera de saberlo -dijo con sequedad-. En esos asuntos, tú y yo estamos en las mismas. Mi ventaja sobre ti en este momento es que yo sé cómo llegar al nagual, y tú no. Pero una vez que llego allí, no tengo más ventaja ni más conocimiento que tú.

– ¿Aterricé realmente en el mercado, don Juan? -pregunté.

– Claro que sí. Ya te lo dije: el nagual está a las órdenes del guerrero. ¿No es cierto, Genaro?

– ¡Cierto! -exclamó don Genaro con voz atronadora y se incorporó en un solo movimiento. Fue como si su voz lo hubiera alzado, desde una postura yacente, hasta una perfectamente vertical.

Don Juan casi rodaba por el suelo de tanto reír. Don Genaro, con aire de indiferencia, hizo una cómica reverencia y dijo adiós.

– Genaro te verá mañana en la mañana -dijo don Juan-. Ahora debes quedarte aquí sentado en silencio completo.

No dijimos otra palabra. Tras horas de silencio, me quedé dormido.

Miré mi reloj. Eran casi las seis de la mañana. Don Juan examinó la sólida masa de nubes, blancas y densas, sobre el horizonte oriental, y concluyó que sería un día nublado. Don Genaro olfateó el aire y añadió que también sería caluroso y sin viento.

– ¿Hasta dónde vamos? -pregunté.

– Hasta esos eucaliptos de allá -replicó don Genaro, señalando lo que parecía ser una arboleda, a menos de dos kilómetros de distancia.

Cuando llegamos allí, pude ver que no era una arboleda; los eucaliptos habían sido plantados en líneas rectas para marcar los limites de campos donde se hacían diferentes cultivos. Caminamos por el borde de un maizal, bajo una fila de árboles enormes, delgados y derechos, de más de treinta metros de altura, y llegamos a un campo baldío. Supuse que la cosecha acababa de recogerse. Quedaban sólo hojas y tallos secos de unas plantas que no reconocí. Me agaché a recoger una hoja, pero don Genaro me detuvo. Asió mi brazo con gran fuerza. Me retraje dolorido, y entonces noté que sólo me tocaba suavemente con los dedos.

Evidentemente sabía lo que había hecho y lo que yo experimentaba. Con un veloz movimiento, quitó los dedos de mi brazo y luego los puso de nuevo, gentilmente. Lo repitió una vez más y rió de mi mueca de dolor, como un niño deleitado. Luego me mostró el perfil. Su nariz aguileña le daba aspecto de pájaro: de un pájaro con extraños y largos dientes blancos.

En voz suave, don Juan me dijo que no tocara nada. Le pregunté si sabía qué clase de cosecha se había levantado allí. Parecía a punto de responder, pero don Genaro terció diciendo que era un campo de gusanos.

Don Juan me miró con fijeza, sin asomo de sonrisa. La respuesta absurda de don Genaro tenía visos de chiste. Aguardé el pie para empezar a reír, pero ellos sólo me miraron.

– Un campo de gusanos muy lindos -dijo don Genaro-. Sí, lo que aquí crecía eran los gusanos más bonitos que yo he visto.

Se volvió hacia don Juan. Ambos se miraron un instante.

– ¿No es cierto? -preguntó.

– Absolutamente cierto -dijo don Juan, y volviéndose a mí añadió en voz baja-: Genaro tiene hoy la batuta; sólo él puede decir qué es qué, conque haz exactamente lo que diga.

La idea de que don Genaro tenía las riendas me llenó de terror. Miré a don Juan para decírselo; pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, don Genaro soltó un largo y formidable grito: un clamor tan fuerte y temible que sentí cómo mi nuca se hinchaba y el cabello flotaba como si un viento lo moviera. Tuve un instante de disociación completa y habría permanecido inmóvil en mi sitio de no haber sido por don Juan, quien con increíble velocidad y dominio hizo girar mi cuerpo para que mis ojos atestiguaran una hazaña inconcebible. Don Genaro estaba parado horizontalmente, a unos treinta metros del suelo, sobre el tronco de un eucalipto que se hallaba acaso a cincuenta metros de distancia. Es decir, estaba parado con las piernas abiertas, perpendicular al tronco. Era como si tuviese ganchos en el calzado y con ellos pudiera desafiar la gravedad. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y me daba la espalda.

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