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– Bien hecho -dijo don Juan, tocándome el hombro.

Me guiaron de regreso a los eucaliptos. Conforme íbamos, don Juan explicó que mi tonal había resultado peligrosamente vulnerable, y al parecer tuvo demasiado con la incongruencia de los actos de don Genaro. Dijo que decidieron ya no meterse con él y regresar a la casa de don Genaro, pero el hecho de que supe que debía lanzarme al río cambiaba todo. No dijo, sin embargo, lo que se proponían.

Nos detuvimos a mitad de un campo, en el sitio donde estuvimos antes. Don Juan estaba a mi derecha y don Genaro a mi izquierda. Ambos tensaban los músculos, en estado de alerta. Mantuvieron la tensión unos diez minutos. Yo movía los ojos del uno al otro. Pensé que don Juan me indicaría qué hacer. Tenía razón. En determinado momento relajó el cuerpo y pateó unos terrones. Sin mirarme, dijo:

– Creo que mejor nos vamos.

Automáticamente razoné que don Genaro debía de haber tenido la intención de darme otra demostración del nagual, pero decidió no hacerlo. Me sentí aliviado. Esperé otro momento por una confirmación definitiva. Don Genaro también se destensó y entonces ambos dieron un paso. Supe que habíamos terminado allí. Pero en el instante mismo en que me aflojé, don Genaro volvió a lanzar un grito increíble.

Empecé a respirar frenéticamente. Miré en torno. Don Genaro había desaparecido. Don Juan estaba frente a mí. Su cuerpo se estremecía de risa. Me dio la cara.

– Lo siento dijo en un susurro-. No hay otro modo.

Quise preguntar por don Genaro, pero sentía que, de no seguir respirando y presionando mí diafragma, moriría. Don Juan señaló con su barbilla un sitio a mis espaldas. Sin mover los pies, empecé a volverme a mirar sobre el hombro izquierdo. Pero antes de que pudiese ver lo que señalaba, don Juan saltó y me detuvo. La fuerza de su salto y la celeridad con que me aferró hicieron que perdiese mi equilibrio. Al caer de espaldas tuve la sensación de que mi reacción sobresaltada había sido agarrarme a don Juan, y que en consecuencia lo arrastraba en mi caída. Pero cuando alcé la vista, hubo total discordancia entre las impresiones de mis sentidos táctil y visual. Vi a don Juan de pie junto a mí, riendo, mientras mi cuerpo sentía sin lugar a dudas el peso y la presión de otro cuerpo encima de mí, casi inmovilizándome.

Don Juan extendió la mano y me ayudó a levantarme. Mi sensación corporal fue la de que él alzaba dos cuerpos. Sonrió como quien sabe y susurró que nunca había que volverse a la izquierda para enfrentar al nagual. Dijo que el nagual era fatídico y que no había necesidad de acrecentar todavía más el riesgo. Luego me dio vuelta con gentileza y me hizo encarar un enorme eucalipto. Era acaso el árbol más viejo de las inmediaciones. Su tronco era casi dos veces más grueso que el de cualquier otro. Don Juan señaló hacia arriba con los ojos. Don Genaro se hallaba encaramado en una rama. Me daba el rostro. Vi sus ojos como dos espejos enormes que reflejaban luz. No quería mirar pero don Juan insistió en que no apartara la vista. En un susurro muy enérgico me ordenó que no parpadeara ni sucumbiera al susto o a la entrega.

Advertí que si pestañeaba de continuo, los ojos de don Genaro no eran tan imponentes. Sólo al fijar la vista el resplandor enloquecía.

Estuvo largo tiempo acuclillado en la rama. Luego, sin mover el cuerpo para nada, saltó y aterrizó, en la misma postura, a un par de metros de donde me encontraba. Presencié la secuencia completa de su salto, y supe haber percibido más de lo que mis ojos me permitieron aprehender. Don Genaro no había saltado en verdad. Algo lo había empujado desde atrás haciéndolo deslizar en curso parabólico. La rama donde estuvo trepado se hallaba a unos treinta metros de altura, y el árbol crecía como a cuarenta y cinco de distancia; así, su cuerpo tuvo que trazar una parábola para caer donde cayó. Pero la fuerza necesaria para, cubrir el trecho no era producto de los músculos de don Genaro; un "soplo" impulsó su cuerpo desde la rama hasta el suelo. En cierto punto vi las suelas de sus zapatos, y su posterior, conforme su cuerpo describía la parábola. Después aterrizó con suavidad, aunque su peso deshizo los terrones duros y secos e incluso levantó algo de polvo.

Don Juan rió por lo bajo a mis espaldas. Don Genaro se puso en pie-como si nada hubiese ocurrido y me jaló de la manga para indicar que nos íbamos.

Nadie habló en el camino a la casa. Me sentía lúcido y compuesto. Un par de veces, don Juan se detuvo y examinó mis ojos mirándolos detenidamente. Pareció satisfecho. Apenas llegamos, don Genaro fue atrás de la casa. Todavía era temprano. Don Juan tomó asiento en el suelo junto a la puerta y. me señaló un sitio donde sentarme. Yo estaba exhausto. Me acosté y me apagué como una vela.

Desperté porque don Juan me sacudía. Quise ver la hora. No tenía reloj. Don Juan lo sacó del bolsillo de su camisa y me lo devolvió. Era la una de la tarde. Alcé los ojos y encontré los suyos.

– No. No hay explicación -dijo, volviéndose-. El nagual es sólo para atestiguarse.

Di la vuelta a la casa buscando a don Genaro; no lo hallé. Regresé a la parte frontal. Don Juan me había hecho algo de comer. Cuando lo hube comido empezó a hablar.

– Cuando uno está tratando con el nagual, nunca hay que mirarlo de frente -dijo-. Tú te le quedaste mirando fijamente esta mañana, y por eso te vaciaste. La única manera de mirar al nagual es como si fuera cosa común. Uno tiene que pestañear para romper la fijación. Nuestros ojos son los ojos del tonal, o quizá sería más exacto decir que nuestros ojos han sido entrenados por el tonal, por eso el tonal los reclama. Una de tus fuentes de confusión y desconcierto es que tu tonal no te suelta los ojos. El día que lo haga, tu nagual habrá ganado una gran batalla. Tu obsesión, o mejor dicho la obsesión de todos nosotros, es arreglar el mundo según reglas de tonal; así, cada vez que nos enfrenta el nagual, hacemos lo imposible por volver nuestros ojos tiesos e intransigentes, Debo apelar a la parte de tu tonal que entiende este dilema, y debes hacer un esfuerzo por liberar tus ojos. La cosa es convencer al tonal de que hay otros mundos que pueden pasar frente a las mismas ventanas. El nagual te lo enseñó esta mañana. Conque deja que tus ojos sean libres; déjalos ser verdaderas ventanas. Los ojos pueden ser ventanas para contemplar el aburrimiento o para atisbar aquella infinitud.

Don Juan trazó con el brazo izquierdo un amplio arco para señalar el entorno. Había un brillo en sus ojos, y su sonrisa era a la vez temible e irresistible.

– ¿Cómo puedo hacer eso? -pregunté.

– Yo digo que es un asunto muy fácil. Quizá lo llamo fácil porque llevo tanto tiempo haciéndolo. Todo lo que tienes que hacer es instalar tu intención como aduana. Cuando estés en el mundo del tonal, deberías de ser un tonal impecable; ahí no hay tiempo para porquerías irracionales. Pero cuando estés en el mundo del nagual, también deberías ser impecable; ahí no hay tiempo para porquerías racionales. Para el guerrero, la intención es la puerta de enmedio. Se cierra por completo detrás de él cuando va o cuando viene.

"Otra cosa que uno debe hacer cuando se enfrenta al nagual es cambiar la línea de los ojos de tiempo en tiempo, para así romper el encantamiento. Cambiar la posición de los ojos siempre alivia la carga del tonal. Esta mañana noté que estabas muy vulnerable y te cambié la posición de tu cabeza. Si estás en un aprieto de ésos, deberías ser capaz de cambiar tú solo. Pero el cambio ese sólo es para alivio, y no es otra manera de parapetarse para proteger el orden del tonal. Yo apostaría que tú vas a procurar usar esta técnica para esconder la racionalidad de tu tonal, y creer que así la estás salvando de la extinción. La falla de tu razonamiento es que nadie quiere ni busca la extinción de la racionalidad del tonal. Ese miedo es infundado.

"Nada más puedo decirte, excepto que sigas todos los movimientos de Genaro, sin agotarte. Ahora estás probando si tu tonal está o no repleto de banalidades. Si hay en tu isla demasiados objetos innecesarios, no podrás sostener el encuentro con el nagual."

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