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No quiso discutir la otra escena.

– Eso no era un recuerdo de mi niñez -dije.

– Pues claro que no -repuso-. Eso era otra cosa.

– ¿Era algo que veré en el futuro? -pregunté.

– ¡No hay futuro! -exclamó, cortante-. El futuro no es más que una manera de hablar. Para un brujo sólo existe el aquí y el ahora.

Dijo que esencialmente no había nada que decir al respecto porque el propósito del ejercicio fue abrir las alas de mi percepción, y que, si bien no volé con esas alas, toqué sin embargo cuatro puntos inconcebibles de alcanzar desde el punto de vista de mi percepción ordinaria.

Empecé a reunir mis cosas para marcharme. Don Genaro me ayudó a empacar mi cuaderno; lo puso en el fondo de mi portafolios.

– Allí estará calientito y tranquilo -dijo, guiñando un ojo-. Puedes tener la seguridad de que no se resfriará.

En esos momentos don Juan pareció cambiar de idea con respecto a mi partida y empezó a hablar de mi experiencia. Automáticamente quise tomar mi portafolios de manos de don Genaro, pero él lo dejó caer antes de que yo lo tocara. Don Juan hablaba de espaldas a mí. Recogí el portafolios y busqué presuroso mi cuaderno. Dan Genaro lo había empacado tan apretadamente que sacarlo me costó un trabajo infernal; finalmente lo tuve en mis manos y empecé a escribir. Don Juan y don Genaro me observaban.

– Pero que mal andas -dijo don Juan, riendo-. Buscas tu cuaderno como un borracho la botella.

– Como una madre amorosa busca a su niño -replicó don Genaro.

– Como un cura busca su crucifijo -añadió don Juan.

– Como una mujer busca sus calzones -gritó don Genaro.

Siguieron acumulando símiles y aullando de risa mientras me acompañaban hasta mi coche.

Tercera Parte LA EXPLICACIÓN DE LOS BRUJOS

TRES TESTIGOS DEL NAGUAL

Al volver a casa me vi una vez más ante la tarea de organizar mis notas de campo. Lo que don Juan y don Genaro me hicieron experimentar ganaba aun más en poder de conmoción conforme yo recapitulaba los sucesos. Noté, sin embargo, que mi acostumbrada reacción de entregarme meses enteros al desconcierto o al pavor por lo que había atravesado, no era tan intensa como antes. Varias veces intenté deliberadamente concentrar mis sentimientos, como otrora, en especulaciones e incluso en autocompasión; pero algo faltaba. Tuve asimismo la intención de anotar cierto número de preguntas que haría a don Juan, a don Genaro y hasta a Pablito. El proyecto fracasó antes de iniciado. Había en mí algo que me impedía entrar en un estado de inquisición o perplejidad.

No me propuse volver con don Juan y don Genaro, pero tampoco rehuía la posibilidad. Un buen día, sin premeditación alguna por mi parte, sentí simplemente que era tiempo de verlos.

En el pasado, cada vez que me disponía a salir rumbo a México, tenía la sensación de que había miles de Preguntas importantes y urgentes que deseaba plantear a don Juan; esta vez mi mente se hallaba en blanco. Era como si, después de trabajar en mis notas, me hubiera deshecho del pasado y estuviese listo Para el aquí y el ahora del mundo de don Juan y don Genaro.

Sólo tuve que esperar unas cuantas horas antes de que don Juan me "encontrara" en el mercado de un pequeño pueblo, en las montañas de México central. Me saludó con gran afecto e hizo una sugerencia casual. Dijo que antes de llegar a casa de don Genaro le gustaría visitar a los aprendices de éste, Pablito y Néstor: Guando dejamos la carretera me dijo que vigilara con atención por si había algo fuera de lo común al lado del camino o en el camino mismo. Le pedí darme pistas más precisas al respecto.

– No puedo -respondió-. El nagual no necesita pistas precisas.

Disminuí la velocidad en reacción automática a su réplica. Rió y con un ademán me instó a seguir manejando.

Al acercarnos al pueblo donde Pablito y Néstor vivían, don Juan me hizo detener el coche. Movió imperceptiblemente la barbilla, señalando un grupo dé peñascos no muy grandes al lado izquierdo del camino.

– Ahí está el nagual -dijo en un susurro.

No había nadie en las cercanías. Yo había esperado ver a don Genaro. Miré de nuevo los peñascos y luego escudriñé el área circundante. Nada a la vista. Esforcé los ojos por discernir cualquier cosa: un animal pequeño, un insecto, una sombra, una configuración extraña en las rocas, cualquier cosa fuera de lo común. Tras un momento desistí y me volví a encarara a don Juan. Él sostuvo sin sonreír mi mirada interrogante y luego empujó suavemente mi brazo con el dorso de su mano para hacerme mirar de nuevo los peñascos. Obedecí; luego don Juan bajó del coche y me dijo que lo siguiera para examinarlos.

Ascendimos lentamente una pendiente suave durante sesenta o setenta metros, hasta llegar a la base de las rocas. Don Juan se detuvo allí un momento y me susurró en el oído derecho que el nagual me esperaba en ese mismo sitio. Le dije que, por más que me esforzaba, no podía discernir sino las rocas y unos mechones de hierba y algunos cactos. Insistió, sin embargo, en que el nagual se hallaba allí, esperándome.

Me ordenó tomar asiento, suspender mi diálogo interno y mantener los ojos sin enfocar, en la cima de los peñascos. Sentado junto a mí, acercó la boca a mi oído derecho y susurró que el nagual me había visto, que estaba allí aunque yo no pudiera visualizarlo, y que mi problema era simplemente la incapacidad de suspender por entero el diálogo interno. Oí cada una de sus palabras en un estado de silencio interior. Entendía todo y sin embargo no podía responder; el esfuerzo necesario para pensar y hablar excedía lo posible. Mis reacciones a sus comentarios no fueron pensamientos propiamente dichos sino más bien unidades completas de sentimiento, las cuales tenían todas las implicaciones de significado que suelo asociar con el pensamiento.

Susurró que era muy difícil emprender por uno mismo el camino hacia el nagual, y que yo había tenido en verdad una gran suerte al ser iniciado por la polilla y su canción. Dijo que, manteniendo el recuerdo del "llamado de la polilla", yo podía hacerlo volver en mi ayuda.

Tal vez sus palabras eran una sugerencia avasalladora, o bien rememoré aquel fenómeno perceptual que él llamaba el "llamado de la polilla", pues apenas hubo susurrado esas palabras, el extraordinario borboteo se hizo audible. Su riqueza tonal me hizo sentir dentro de una cámara de ecos. Al crecer el ruido en volumen o proximidad, detecté también, en un estado de entresueño, que algo se movía encima de los peñascos. El movimiento me produjo un susto tan intenso que de inmediato recobré mi claridad de conciencia. Mis ojos se enfocaron en los peñascos. ¡Don Genaro estaba sentado en uno de ellos! Sus pies pendían, y con los talones martillaba la roca, produciendo un sonido rítmico que parecía sincronizado con el "llamado de la polilla". Sonrió y agitó la mano saludándome. Quise pensar racionalmente, Tuve la sensación, el deseo de averiguar cómo llegó él allí, o cómo lo vi en ese sitio, pero no podía convocar a mi razón en modo alguno. Lo único posible, bajo las circunstancias, era mirarlo ahí sentado, sonriente, agitando la mano.

Tras un instante pareció disponerse a bajar deslizándose por el redondeado peñasco. Lo vi tensar las piernas, preparar los pies para aterrizar en el duro suelo, y arquear la espalda, hasta casi tocar la superficie de la roca, con el fin de ganar impulso de deslizamiento. Pero a medio descenso su cuerpo se detuvo. Tuve la impresión de que se había atorado. Pataleó dos o tres veces con ambas piernas como si flotara en el agua. Parecía querer soltarse de algo que lo tenía asido por el asiento-de sus pantalones. Frenéticamente se frotó con ambas manos las caderas. Me daba la impresión de hallarse dolorosamente atrapado. Quise correr a ayudarlo, pero don Juan me retuvo por el brazo y lo oí decir, medio ahogado de risa:

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