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– Claro.

– ¿Qué parece un aliado para un coyote?

– Tendría yo que ser coyote para saber eso. Puedo decirte, sin embargo, que para un cuervo parece un sombrero puntiagudo. Redondo y ancho por abajo, terminado en una punta larga. Algunos brillan, pero la mayoría son opacos y parecen muy pesados, parecen un trozo de tela empapado de agua. Son formas imponentes.

– ¿Cómo qué aparecen cuando usted los ve, don Juan?

– Ya te dije: aparecen como lo que estén fingiendo ser. Toman el tamaño y la forma que les acomoda. Pueden ser piedritas o montañas.

– ¿Hablan, ríen, o hacen algún ruido?

– Entre hombres se portan como hombres. Entre animales se portan como animales. Los animales suelen tenerles miedo, pero si están acostumbrados a ver aliados, los dejan en paz. Nosotros mismos hacemos algo parecido. Tenemos montones de aliados entre nosotros, pero no los molestamos. Como nuestros ojos sólo pueden mirar las cosas, no los advertimos.

– ¿Quiere usted decir que algunas de las personas que veo en la calle no son en realidad gente? -pregunté, auténticamente desconcertado por su aseveración.

– Algunas no lo son -dijo con énfasis.

Su afirmación me parecía descabellada, pero no me era posible concebir seriamente que don Juan dijera una cosa así sólo por efectismo. Le dije que me sonaba a un cuento de ciencia ficción sobre seres de otro planeta. Dijo que no le importaba cómo sonara, pero que alguna gente en la calle no era gente.

– ¿Por qué debes pensar que cada persona en una multitud en movimiento es un ser humano? -preguntó con aire de seriedad extrema.

No me era posible, en verdad, explicar por qué; sólo que me hallaba habituado a creerlo como un acto de fe pura por mi parte.

Don Juan siguió diciendo cuánto le gustaba observar sitios ajetreados, con mucha gente, y cómo a veces veía una multitud de seres que parecían huevos, y entre la masa de criaturas oviformes localizaba una que tenía todas las apariencias de una persona.

– Se goza mucho haciendo eso -dijo, riendo-, o al menos yo lo disfruto. Me gusta sentarme en parques y en terminales y observar. A veces localizo en el acto a un aliado; otras veces sólo puedo ver gente de verdad. Una vez vi dos aliados sentados en un autobús, lado a lado. Esa es la única vez en mi vida que he visto dos juntos.

– ¿Tenía algún sentido especial que viera usted dos?

– Claro. Todo lo que hacen tiene sentido. De sus acciones un brujo puede, a veces, sacar su poder. Aunque un brujo no tenga aliado propio, mientras sepa ver puede manejar el poder observando las acciones de los aliados. Mi benefactor me enseñó a hacerlo, y durante años, antes de tener mi propio aliado, buscaba yo aliados entre las multitudes, y cada vez que veía uno eso me enseñaba algo. Tú hallaste tres juntos. Qué magnífica lección desperdiciaste.

No dijo nada más hasta que hubimos acabado de armar la trampa para conejos. Entonces se volvió hacia mí y dijo súbitamente, como si acabara de recordarlo, que otra cosa importante de los aliados era que, si uno hallaba dos juntos, siempre eran dos de la misma clase. Los dos aliados que él vio eran dos hombres, dijo, y como yo había visto dos hombres y una mujer, concluyó que mi experiencia era aún más insólita.

Le pregunté si los aliados podían fingirse niños; si los niños podían ser del mismo sexo o de diferentes; si los aliados fingían gente de diversas razas; si podían simular una familia compuesta de hombre, mujer e hijo, y por fin le pregunté sí había visto alguna vez a un aliado manejar un coche o un autobús.

Don Juan no respondió en absoluto. Sonrió y me dejó hablar. Al oír mi última pregunta se echó a reír y dijo que me estaba yo descuidando, que habría sido más propio preguntarle si había visto a un aliado manejar un vehículo de motor.

– No querrás olvidar las motocicletas, ¿verdad? -dijo con un brillo malicioso en la mirada.

Su burla de mis preguntas me pareció graciosa y ligera, y reí junto con él.

Luego explicó que los aliados no podían tomar la iniciativa ni actuar directamente sobre nada; podían, sin embargo, actuar sobre el hombre en forma indirecta. Don Juan dijo que entrar en contacto con un aliado era peligroso porque el aliado podía sacar lo peor de una persona. El aprendizaje era largo y arduo, dijo, porque había que reducir al mínimo todo lo superfluo en la vida de uno, con el fin de soportar el impacto de tal encuentro. Don Juan dijo que su benefactor, la primera vez que entró en contacto con un aliado, fue impelido a quemarse y quedó lleno de cicatrices como si un puma lo hubiera mascado. En su propio caso, dijo, un aliado lo empujó a una pila de leña ardiendo, y se quemó un poco la rodilla y la clavícula, pero las cicatrices desaparecieron a su tiempo, cuando don Juan se hizo uno con el aliado.

III

El 10 de junio de 1968 inicié un largo viaje con don Juan para participar en un mitote. Llevaba meses esperando esta oportunidad, pero no me hallaba verdaderamente seguro de querer ir. Pensaba que mi titubeo se debía al miedo de que en la reunión me viera obligado a ingerir peyote, pues no tenía la menor intención de hacerlo. Había expresado repetidamente estos sentimientos a don Juan. Al principio reía con paciencia, pero terminó declarando firmemente que no quería oír nada más acerca de mi miedo.

En lo que a mí respectaba, un mitote era el terreno ideal para verificar los esquemas que había construido. En primer lugar, nunca había abandonado por entero la idea de que en tales ceremonias se necesitaba un guía encubierto para asegurar acuerdo entre los participantes. De algún modo tenía yo el sentimiento de que don Juan había descartado mi idea por razones personales, pues le parecía más eficaz explicar en términos de "ver" todo cuanto ocurría en un mitote. Pensaba que mi interés por hallar una explicación adecuada en mis propios términos no iba de acuerdo con lo que él quería de mí; por tanto, tenía que descartar mi razonamiento, como solía hacer con todo lo que no se adaptaba a su sistema.

Justo antes de iniciar el viaje, don Juan alivió mi aprensión de tener que ingerir peyote diciéndome que yo asistía al mitote sólo para observar. Me sentí jubiloso. Estaba entonces casi seguro de que iba a descubrir el procedimiento oculto por el cual los participantes llegaban a un acuerdo.

Atardecía cuando partimos; el sol se hallaba casi en el horizonte; lo sentí en el cuello y desee tener una persiana en la ventana trasera del auto. Desde la cima de un cerro pude mirar un enorme valle; el camino era como un listón negro aplastado contra el suelo, subiendo y bajando innumerables colinas. Lo seguí un momento con los ojos antes de empezar el descenso; corría directamente hacia el sur hasta desaparecer sobre una hilera de montañas bajas en la distancia.

Don Juan, callado, miraba al frente. No habíamos dicho palabra en largo rato. Dentro del coche había un calor incómodo. Yo había abierto todas las ventanillas, pero eso no ayudaba porque el día era en extremo caluroso. Me sentía muy molesto e inquieto. Empecé a quejarme del calor.

Don Juan frunció el entrecejo y me miró interrogante.

– En esta época hace calor en todo México -dijo-. No se puede remediar.

No lo miré, pero supe que me contemplaba. El coche ganó velocidad al descender la cuesta. Vi vagamente una señal de carretera: vado. Cuando vi el vado mismo, iba muy rápido, y aunque frené sentimos el impacto y brincoteamos en los asientos. Reduje considerablemente la velocidad; atravesábamos una zona en que el ganado pastaba libre a los lados del camino, un área donde era común ver el cadáver de un caballo o una vaca atropellados por un auto. En cierto punto hube de detenerme por entero para que algunos caballos cruzaran la carretera. Cada vez me sentía más desazonado y molesto. Le dije que era el calor; que el calor me disgustaba desde la niñez, porque cada verano solía sentirme sofocado y apenas podía respirar.

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