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– ¡Ah! -dijo, incrédulo-. Creía que habías aprendido a usar la oscuridad.

– ¿Para qué puede usarse? -pregunté.

Dijo que la oscuridad -y la llamó "la oscuridad del día"- era la mejor hora para "ver". Recalcó la palabra "ver" con una inflexión peculiar. Quise saber a qué se refería, pero dijo que ya era tarde para ocuparnos de eso.

22 de mayo, 1968

Apenas desperté en la mañana, y sin ninguna clase de preliminares, dije a don Juan que había construido un sistema para explicar lo que ocurría en un mitote. Saqué mis notas y le leí lo que había hecho. Escuchó con paciencia mientras yo luchaba por aclarar mis esquemas.

Dije que, según creía, un guía encubierto era necesario para marcar la pauta a los participantes de modo que pudiera llegarse a algún acuerdo pertinente. Señalé que la gente asiste a un mitote en busca de la presencia de Mescalito y de sus lecciones sobre la forma correcta de vivir, y que tales personas jamás cruzan entre sí una sola palabra o señal, pero concuerdan acerca de la presencia de Mescalito y de su lección específica. Al menos, eso era lo que supuestamente habían hecho en los mitotes donde yo estuve: concordar en que Mescalito se les había aparecido individualmente para darles una lección. En mi experiencia personal, descubrí que la forma de la visita individual de Mescalito y su consiguiente lección eran notoriamente homogéneas, si bien su contenido variaba de persona a persona. No podía explicar esta homogeneidad sino como resultado de un sutil y complejo sistema de señas.

Me llevó casi dos horas leer y explicar a don Juan el sistema que había construido. Terminé con la súplica de que me dijese, en sus propias palabras, cuáles eran los procedimientos exactos para llegar a tal acuerdo.

Cuando hube acabado, don Juan frunció el entrecejo. Pensé que mi explicación le había resultado un reto; parecía hallarse sumido en honda deliberación.

Tras un silencio que consideré razonable le pregunté qué pensaba de mi idea.

La pregunta hizo que su ceño se transformara de pronto en sonrisa y luego en carcajadas. Traté de reír también y, nervioso, le pregunté qué cosa tenía tanta gracia.

– ¡Estás más loco que una cabra! -exclamó-. ¿Por qué iba alguien a molestarse en hacer señas en un momento tan importante como un mitote? ¿Crees que uno puede jugar con Mescalito?

Por un instante pensé que trataba de evadirse; no estaba respondiendo realmente mi pregunta.

– ¿Por qué habría uno de hacer señas? -inquirió don Juan tercamente-. Tú has estado en mitotes. Deberías de saber que nadie te dijo cómo sentirte ni qué hacer; nadie sino el mismo Mescalito.

Insistí que tal explicación no era posible y le rogué de nuevo que me dijera cómo se llegaba al acuerdo.

– Sé por qué viniste -dijo don Juan en tono misterioso-. No puedo ayudarte en tu labor porque no hay sistema de señales.

– ¿Pero cómo pueden todas esas personas estar de acuerdo sobre la presencia de Mescalito?

– Están de acuerdo porque ven -dijo don Juan con dramatismo, y luego añadió en tono casual-: ¿Por qué no asistes a otro mitote y ves por ti mismo?

Sentí que me tendía una trampa. Sin decir nada, guardé mis notas. Don Juan no insistió.

Un rato después me pidió llevarlo a casa de un amigo. Pasamos allí la mayor parte del día. Durante el curso de una conversación, su amigo John me preguntó qué había sido de mi interés en el peyote. John había dado los botones de peyote para mi primera experiencia, casi ocho años antes. No supe qué decirle. Don Juan salió en mi ayuda y dijo a John que yo iba muy bien.

De regreso a casa de don Juan, me sentí obligado a comentar la pregunta de John y dije, entre otras cosas, que no tenía intenciones de aprender más sobre el peyote, porque eso requería un tipo de valor que yo no tenía, y que al declarar mi renuncia había hablado en serio. Don Juan sonrió y no dijo nada. Yo seguí hablando hasta que llegamos a su casa.

Nos sentamos en el espacio despejado frente a la puerta. Era un día cálido y sin nubes, pero en el atardecer había suficiente brisa para hacerlo agradable.

– ¿Para qué le das tan duro? -dijo de pronto don Juan-. ¿Cuántos años llevas diciendo que ya no quieres aprender?

– Tres.

– ¿Y por qué tanta vehemencia?

– Siente que lo estoy traicionando a usted, don Juan. Creo que ese es el motivo de que siempre hable de eso.

– No me estás traicionando.

– Le fallé. Me corrí. Me siento derrotado.

– Haces lo que puedes. Además, todavía no estás derrotado. Lo que tengo que enseñarte es muy difícil. A mí, por ejemplo, me resultó quizá más duro que a ti.

– Pero usted siguió adelante, don Juan. Mi caso es distinto. Yo dejé todo, y no he venido a verlo por deseos de aprender, sino a pedirle que me aclarara un punto en mi trabajo.

Don Juan me miró un momento y luego apartó los ojos.

– Deberías dejar que el humo te guiara otra vez -dijo con energía.

– No, don Juan. No puedo volver a usar su humo. Creo que ya me agoté.

– Ni siquiera has comenzado.

– Tengo demasiado miedo.

– Conque tienes miedo. No hay nada de nuevo en tener miedo. No pienses en tu miedo. ¡Piensa en las maravillas de ver!

– Quisiera sinceramente poder pensar en esas maravillas, pero no puedo. Cuando pienso en su humo siento que una especie de oscuridad me cae encima. Es como si ya no hubiera gente en el mundo, nadie con quien contar. Su humo me ha enseñado soledad sin fin, don Juan.

– Eso no es cierto. Aquí estoy yo, por ejemplo. El humo es mi aliado y yo no siento esa soledad.

– Pero usted es distinto; usted conquistó su miedo.

Don Juan me dio suaves palmadas en el hombro.

– Tú no tienes miedo -dijo con dulzura. En su voz había una extraña acusación.

– ¿Estoy mintiendo acerca de mi miedo, don Juan?

– No me interesan las mentiras -dijo, severo-. Me interesa otra cosa. La razón de que no quieras aprender no es que tengas miedo. Es otra cosa.

Lo insté con vehemencia a decirme qué cosa era. Se lo supliqué, pero él no dijo nada; sólo meneó la cabeza como negándose a creer que yo no lo supiera.

Le dije que tal vez la inercia era lo que me impedía aprender. Quiso saber el significado de la palabra "inercia". Leí en mi diccionario: "La tendencia de los cuerpos en reposo a permanecer en reposo, o de los cuerpos en movimiento a seguir moviéndose en la misma dirección, mientras no sean afectados por alguna fuerza exterior."

– "Mientras no sean afectados por alguna fuerza exterior" -repitió-. Esa es la mejor palabra que has hallado. Ya te lo he dicho, sólo a un chiflado se le ocurriría emprender por cuenta propia la tarea de hacerse hombre de conocimiento. A un cuerdo hay que hacerle una artimaña para que la emprenda.

– Estoy seguro de que habrá montones de gente que emprenderían con gusto la tarea -dije.

– Sí, pero ésos no cuentan. Casi siempre están rajados. Son como guajes que por fuera se ven buenos, pero gotean al momento que uno les pone presión, al momento que uno los llena de agua. Ya una vez tuve que hacerte una treta para que aprendieras, igual que mi benefactor me lo hizo a mi. De otro modo, no habrías aprendido tanto como aprendiste. A lo mejor es hora de ponerte otra trampa.

La trampa a la que se refería fue uno de los puntos cruciales en mi aprendizaje. Había ocurrido años atrás, pero en mi mente se hallaba tan vívido como si acabara de suceder. A través de manipulaciones muy hábiles, don Juan me había forzado a una confrontación directa y aterradora con una mujer que tenía fama de bruja. El choque produjo una profunda animosidad por parte de ella. Don Juan explotó mi temor a la mujer como estímulo para continuar el aprendizaje, aduciendo que me era necesario saber más de brujería para protegerme contra ataques mágicos. Los resultados finales de su treta fueron tan convincentes que sentí sinceramente no tener más recurso que el de aprender todo lo posible, si deseaba seguir con vida.

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