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»Pero, escúchame bien, daroga, cuando gritabais como condenados por culpa del agua, Christine se me acercó con sus hermosos ojos azules muy abiertos y me juró, por la salvación de su alma, que consentía en ser mi mujer viva. Hasta entonces, daroga, en el fondo de sus ojos había visto siempre a mi mujer muerta. Era la primera vez que veía en ellos a mi mujer viva. Era sincera al jurar por la salvación de su alma. No se mataría. Asunto concluido. Media hora más tarde, todas las aguas habían vuelto al lago y yo estiraba tu lengua, daroga, ya que estaba seguro, palabra, que te quedabas allí mismo… ¡En fin, eso es todo!… Estaba acordado que debíais recobrar el conocimiento bajo tierra y que luego os llevaría a la superficie. Finalmente, cuando me dejasteis libre el suelo la habitación estilo Luis Felipe, volví a ella completamente solo.»

– ¿Qué habías hecho del vizconde de Chagny? -lo interrumpió el Persa.

– ¡Ah!… ¡Entiéndeme!… A ése, daroga, no iba a llevarlo en seguida así como así, al exterior… Era un rehén… Pero tampoco podía conservarlo en la mansión del Lago por Christine. Entonces lo encerré muy confortablemente y lo até (el perfume de Mazenderan lo había vuelto dócil como un trapo) en la bodega de los comuneros, que está en la parte más desierta del sótano más lejano de la Ópera, más abajo aún que el quinto sótano, allí a donde no va nadie y donde es imposible hacerse oír de nadie. Me encontraba muy tranquilo y volví al lado de Christine. Ella me aguardaba…

En este punto del relato, parece ser que el fantasma se levantó con tanta solemnidad que el Persa, que había vuelto a ocupar su sitio en el sillón, tuvo que levantarse también como obedeciendo al mismo movimiento y sintiendo que le era imposible permanecer sentado en un momento tan solemne, e incluso (me confesó el mismo Persa) se quitó, a pesar de tener la cabeza rapada, su gorro de astracán.

– Sí, ella me aguardaba -continuó Erik, que se puso a temblar como una hoja, a temblar estremecido por una emoción solemne-. Me esperaba de pie, viva, como una verdadera novia viviente, por la salvación de su alma… Y cuando me acerqué, más tímido que un niño pequeño, no escapó…, no, no… permaneció allí…, me esperó… ¡Incluso creo, daroga, que un poco…, ¡oh, no mucho!…, pero un poco como una novia viva…, que adelantó la frente un poco… Y…, y…, yo la… besé… ¡Yo!…, ¡yo!…, ¡yo!… ¡Y ella no murió!… Permaneció tranquilamente a mi lado, después de que la besé…, en la frente… ¡Ah, qué maravilloso es, daroga, besar a alguien!… Tú no puedes saberlo…, pero yo… ¡yo!… Mi madre, daroga, la pobre desgraciada de mi madre no quiso jamás que la besara… Huía…, arrojándome mi máscara…, ninguna otra mujer!…, jamás!…, jamás!… ¡Ay, ay, ay! Entonces…, de pura felicidad, lloré. Y caí llorando a sus piececitos… Y besé llorando sus pies, sus piececitos, llorando… Tú también lloras, daroga; y también ella lloraba…, el ángel lloró…

Mientras contaba esto, Erik sollozaba y el Persa, en efecto, no podía contener sus lágrimas ante aquel hombre enmascarado que, con escalofríos, las manos sobre el pecho, lloraba tanto de dolor como de ternura.

– ¡Sentí correr sus lágrimas por mi frente, oh Daroga! Eran cálidas…, eran dulces…, recorrían por debajo de mi máscara e iban a juntarse con las mías en mis ojos… resbalaban hasta mi boca… ¡Ah, sus lágrimas… por mí! Oye, daroga, oye lo que hice… Me arranqué la máscara para no perder ni una sola de sus lágrimas… ¡Y ella no huyó!… ¡Ni murió!… Continuó viva, llorando… sobre mí…, conmigo… ¡Lloramos juntos!… ¡Señor del cielo, me has concedido toda la felicidad del mundo!…

Y Erik se había hundido, sollozando, en el sillón.

– ¡Ah, no voy a morir aún… en seguida…, pero déjame llorar -le había dicho al Persa.

Al cabo de un instante el hombre de la máscara continuó:

– Óyeme, daroga, oye bien esto… Mientras me encontraba a sus pies… oí que decía: «Pobre desventurado de Erik», ¡y cogió mi mano!… Entonces no fui nada más, ¿lo comprendes?, que un pobre perro dispuesto a morir por ella… ¡tal como te lo digo, daroga!

»Imagínate que yo llevaba en la mano un anillo, un anillo de oro que le había dado… que ella había perdido… y que yo había encontrado…, una alianza… Lo puse en su manita y le dije: «¡Toma, coge esto!…, coge esto para ti y para él… Será mi regalo de bodas… ¡el regalo del pobre desventurado de Erik… Sé que amas a ese joven…, ¡no llores más!…» Ella me preguntó con voz muy dulce qué quería decir; entonces le hice entender, y ella comprendió en seguida que yo no era para ella más que un pobre perro dispuesto a morir…, que ella podría casarse con el joven cuando quisiera, porque había llorado conmigo… Ya puedes imaginarte, ay, daroga, que al decirle esto era como si partiera con toda tranquilidad mi corazón en cuatro, pero ella había llorado conmigo… y había dicho: «¡Pobre desventurado de Erik!».

La emoción de Erik era tal que debió advertir al Persa que no lo mirara, ya que se ahogaba y tenía que quitarse la máscara. El daroga me contó que había ido a la ventana y la había abierto lleno de compasión, pero teniendo mucho cuidado de fijar la vista en la copa de los árboles de las Tullerías para no encontrarse con el rostro del monstruo.

– Fui entonces a liberar al joven -continuó Erik- y le dije que me siguiera al lado de Christine Se abrazaron delante mío, en la habitación estilo Luis Felipe… Christine llevaba su anillo… Hice jurar a Christine que, cuando estuviera muerto, vendría una noche, pasando por el lago de la calle Scribe, a enterrarme en absoluto secreto con el anillo de oro que llevaría hasta ese momento…, le dije cómo encontraría mi cuerpo y lo que había que hacer… Entonces Christine me besó por primera vez, aquí, en la frente… en mi frente: (¡no mires, Daroga!), y se marcharon los dos… Christine ya no lloraba… Sólo yo lloraba, daroga, daroga… ¡Si Christine cumple su juramento, pronto volverá!…

Erik se había callado. El Persa no le hizo más preguntas. Estaba tranquilo respecto a la suerte de Raoul de Chagny y de Christine Daaé, y ningún ser humano había podido, después de haberle oído aquella noche, poner en duda la palabra de Erik, que lloraba.

El monstruo había vuelto a ponerse la máscara y reunido sus fuerzas para despedirse del daroga. Le había anunciado que, cuando sintiera muy próximo su fin, le enviaría, en agradecimiento por el bien que le había hecho antaño, lo más valioso que tenía en el mundo: todos los papeles que Christine Daaé había escrito en el transcurso de esta aventura para Raoul y que ella había entregado a Erik, así como algunos objetos que provenían de ella, dos pañuelos, un par de guantes y un lazo de zapato. A una pregunta del Persa, Erik le informó que los dos jóvenes, tan pronto se vieron libres,

habían decidido ir a buscar a un sacerdote en alguna aldea solitaria en la que ocultarían su felicidad, y que, con esta intención, habían elegido «a la estación, del Norte del Mundo». Por último, Erik contaba con el Persa para que, en cuanto recibiera las reliquias y los papeles prometidos, anunciara su muerte a los dos jóvenes. Para ello debía pagar una línea en los anuncios necrológicos del periódico L'Époque.

Aquello fue todo.

El Persa había acompañado a Erik hasta la puerta de su apartamento, y Darius le había acompañado hasta la acera, sosteniéndolo. Un simón aguardaba. Erik subió. El Persa, que había vuelto a la ventana, le oyó decir al cochero: «A la explanada de la Opera». El simón se hundió en la noche. El Persa había visto por última vez al pobre desventurado de Erik.

Tres semanas después, el periódico publicaba la siguiente nota necrológica:

«ERIK HA MUERTO».

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