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– Lamentó… lo que pasó anoche… -acerté a decir mientras la miraba de reojo para intentar descubrir cuál sería su reacción.

La mujer frunció el entrecejo en una mezcla de sorpresa y de desagradó.

– ¿Lo que pasó anoche? No me pareció que sufrieras mucho cuando sucedía todo -dijo-. Lo que, por otra parte, resulta natural porque todo fue muy placentero. No quiero ocultarte que me dio la sensación de que no tienes mucha experiencia, pero te noté voluntarioso y fuerte.

Sentí que las orejas me ardían como tizones al escuchar aquellas palabras. ¿Qué tipo de mujer era aquélla? ¿Cómo podía expresarse con ese desparpajó como si todo lo acontecido fuera lo más normal del mundo?

– Lo que sucedió fue lo más normal del mundo -dijo como si tuviera la mágica capacidad de repetir en voz alta mis pensamientos.

– Pero… pero… -farfullé-. Ni siquiera sé cómo te llamas…

– ¡Ah! Bueno… si es por eso… Mi nombre es Vivian -dijo sin abandonar ni por un instante su sonrisa burlona.

Pero aquello no me tranquilizó y cuando, con absoluta tranquilidad, comenzó a vestirse aún me sentí más extraviado.

Su cuerpo desnudó ejercía sobre mis sentidos la misma atracción que la prodigiosa piedra imán ejerce sobre el hierro, pero ahora, cuando iba depositando sobre él prenda tras prenda, cuando apenas ocultaba sus armoniosos miembros, la fuerza, extraña y desconocida, se convertía en más poderosa.

– ¿Te gusta ver cómo me visto? -preguntó Vivian.

Bajé el rostro sin responder palabra.

– Me da la sensación de que sí. Es curioso. Por regla general, a los hombres les gusta más el proceso opuesto… claro que tú eres bastante peculiar. Eso tengo que reconocerlo.

Echó mano de un espejo metálico y comenzó a pasarse por los solares cabellos un peine fabricado con una madera casi tan blanca como el hueso. Apenas tardó en dar forma a sus bucles y entonces, volviéndose hacia mí, dijo:

– Por cierto, no estaría mal que te levantaras y comieras un poco. Tienes que recuperar fuerzas si deseas que luego volvamos al lecho.

¿Lo deseaba? Quizá no, pero fue escuchar aquellas palabras y sentir cómo cada palmo de mi ser se veía sujeto al ansia de que transcurriera el tiempo que pudiera mediar entre ese instante y aquel en que volveríamos a fundirnos en un abrazo.

– Vístete rápido -dijo mientras me arrojaba la ropa-. No van a venir a traernos el desayuno.

No tardamos en salir a un exterior esmaltado de tonalidades grises, castañas y verdes. La cabaña en la que había dormido daba por el lado de su entrada a un pradecillo suave y herboso pespunteado por árboles de las más diversas clases. Al fondo distinguí una cadena irregular de cerros achatados que identifiqué con los que había contemplado entre las brumas de la noche anterior, pero detrás de la vivienda se dibujaba una cuestecita blanda que descendía hasta llegar a una cala tranquila. O mucho me equivocaba o me encontraba en una isla, pero si era así, ¿por qué habíamos desembarcado en el otro extremo y la habíamos cruzado en lugar de circunnavegarla y tomar tierra al lado de donde había dormido? La única explicación que se me ocurrió es que quizá se trataba de una isla muy reducida en lo que a su superficie se refería y que, por tanto, se tardaba menos tiempo en cruzarla a pie que en rodearla en una embarcación. Pero ¿en qué isla me encontraba?

– Se enfriará el desayuno si te quedas ahí parado -dijo Vivian arrancándome de mis reflexiones.

Me puse inmediatamente en movimiento, pero ahora, a diferencia de lo sucedido la noche anterior, Vivian esperó a que llegara a su altura y me cogió de la mano antes de reemprender la marcha. El leve tacto de sus dedos provocó una corriente que erizó el cabello de mi nuca y descendió hasta la planta de mis pies. Pero fue mucho más que eso. A decir verdad, me pareció que trasladaba mi cuerpo a un lugar situado más allá de las nubes. Así, sin darme cuenta de por dónde iba o hacia dónde me movía, llegamos a una casa grande, desde luego, mayor que la iglesia del apóstol Pedro e incluso que la morada del extraviado Regissimus Vortegirn. Levantada sobre cimientos de piedra, desprendía una impresionante sensación de solidez.

Reconozco que aquel edificio me llamó poderosamente la atención. Sus formas, desde luego, no se parecían a nada que yo hubiera podido contemplar antes. Ni era una rústica construcción de madera como las que había visto desde mi infancia -como aquella en la que había dormido por la noche- ni tampoco una dependencia de un castra [9] romano. Pero si el exterior me había causado sorpresa, el interior me resultó aún más sorprendente. Tras un corredor de paredes de piedra cuidadosamente pulida, se llegaba a una estancia despejada, inmensa y grande que desembocaba a su vez en un ventanal exento como nunca había tenido ocasión de ver con anterioridad. Por él entraban a raudales el aroma del agua y la luz del sol bañando los objetos, numerosos y peregrinos, que descansaban adormecidos en una infinidad variada y, a la vez, armónica, de estanterías y recipientes. Fue al contemplar todo aquello cuando me pregunté por enésima vez quién era aquella mujer.

– ¿Quién eres? -pregunté cuando aparté los labios del jarro de leche que me había servido Vivian.

– ¿Quién soy? -repitió en eco burlón de mi voz-. Soy una mujer que busca la sabiduría.

Me sorprendió aquella respuesta. Sabía que los griegos habían tenido filósofas y que también el Libro Santo hablaba de profetisas, pero Roma había carecido de unas y de otras y, a decir verdad, me costaba creer que Vivian pasara el tiempo leyendo a los griegos o meditando en las Escrituras, aunque…

– ¿Conoces el Libro Santo? -indagué recordando que el temor de Dios es el principio de toda sabiduría.

– ¿A qué libro santo te refieres? -preguntó mientras una nubecilla de desconfianza descendía sobre sus cejas.

Confieso que me desconcertó la pregunta. Es sabido que sólo existe un Libro Santo y, por lo que acababa de ver, mi anfitriona que decía buscar la sabiduría no conseguía identificarlo.

– ¿A cuál va a ser? -dije-. A la Biblia. A los escritos del Viejo y del Nuevo Testamento.

– Nunca lo leí -comentó la mujer.

Lo dijo con tono molesto, pero a mí me pareció que no era tan importante. A fin de cuentas, muy poca gente era capaz de leer y escribir y entre ésta eran escasas las mujeres.

– Sé leer -dijo Vivian como si, una vez más, pudiera leer mi corazón-. Incluso encuentro en ello un placer especial, pero desconozco ese libro de que me hablas.

– ¿Acaso no eres cristiana?

– ¿Cristiana? -dijo sonriendo-. Por supuesto que no.

– ¿No crees en el Salvador, en el único Dios verdadero? -pregunté atónito por lo que acababa de escuchar.

– No -respondió Vivian reprimiendo la risa a duras penas.

Aquellas palabras me dejaron absolutamente anonadado. Vivian no parecía pertenecer a los barbari. Es verdad que sus facciones resultaban muy delicadas para pertenecer a una britanna, pero, en ocasiones, la mezcla entre familias procedentes de Roma y de nuestra tierra tenía precisamente ese efecto. Pero de haber nacido en una familia de doble estirpe habría sido instruida en la religión verdadera. Reprimí un sentimiento de malestar que se me aferró a la boca del estómago. ¡Dios bendito! ¡No sólo había caído en el nefando pecado de la fornicación además lo había perpetrado con una pagana! ¿Qué iba a ser de mí?

– Seguramente, querrás saber por qué te he traído hasta aquí -comenzó a hablar con un tono diferente Vivian-. Ya te he dicho antes que soy una mujer que busca la sabiduría. Me consta que tú conoces muchas cosas que yo ignoro y que ansío saber. Te ofrezco que te quedes conmigo. Estoy segura de que no te arrepentirás. Aquí no carecerás de nada.

Guardé silencio intentando asimilar lo que acababa de oír.

– Jamás habrás encontrado a nadie que desee tanto aprender como yo -remató sus palabras la mujer.

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[9] Castra es plural, por lo que procedería o castrum, como ya se apuntó anteriormente [Nota del escaneador]

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