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¿Un discípulo? Me parecía un ofrecimiento prematuro. De hecho, albergaba dudas sobre si había alcanzado la edad suficiente como para poder acoger a ninguno a mi lado y transmitirle la ciencia que conocía, pero además tratándose de una mujer…

– No sé, Vivian… -dije y, al pronunciar su nombre por primera vez, me supo en los labios dulce como la miel más pura y refinada.

La mujer me sonrió y me tendió un cesto amarillo y hermoso que rebosaba de manzanas rojas y redondas.

– Son mis preferidas… -musité sorprendido por la lozanía (le aquellos frutos sazonados.

– No te faltarán -dijo con voz suave Vivian-. La isla está llena de ellas. Las tendrás en abundancia.

Tendí la mano, cogí una de las manzanas y le di un mordisco. Su carne era firme y deliciosa y su aroma fresco me recordó las horas que había pasado esa noche al lado de Vivian.

– Y con ellas -añadió sonriente- me tendrás a mí.

Trahit sua quemque voluptas… sí, tenía razón el ilustre Virgilio. Los habitantes de la selva -ya sean leones o cabras o simples arbustos- son objeto de un deseo continuo. Es ese deseo el que los acaba arrastrando como si tirara de ellos con cuerdas invisibles y poderosas. Sin embargo, ahí es donde debería trazarse la frontera que separa a los hombres de las bestias, a los seres racionales de los que carecen de esa razón, a los que fueron creados a imagen y semejanza de Dios de los que simplemente son brutos con las formas más diversas y caprichosas. Estamos sujetos al deseo, al ansia, a la voluptuosidad, pero es más humano no el que se deja domeñar, sobrepasar, arrastrar, sino el que ejerce la sensatez y el dominio propio. Ése es el que verdaderamente hace honor a la impronta que el Creador colocó en él separándolo del resto de las criaturas.

V

Se han contado muchas leyendas acerca de lo que sucedió durante los años siguientes, los que pasé en la isla de Avalon, la que recibe su nombre de las manzanas. Sé que sobre mí circularon los rumores más insólitos. Se anunció que los barbari me habían asesinado en una de sus despiadadas correrías, que había muerto de una extraña dolencia, que había sido iniciado en los tenebrosos misterios del paganismo, que… mil cosas y de ellas ninguna era buena o cierta. La única verdad es que amé a Vivian y lo hice como -estoy seguro de ello- a muy pocos se concede dar amor. Sin embargo, aquel amor no me trajo la dicha ni la paz sino una desazón que aumentó de forma incansable a cada día, a cada hora, a cada instante que pasaba.

Resultaría absurdo negarlo. Me sentía tan feliz entre sus brazos; disfrutaba tanto de aquel cuerpo que se apretaba contra el mío hasta que nadie hubiera podido decir dónde comenzaba uno y dónde terminaba otro; me maravillaba tanto que pudiera adivinar mis pensamientos e incluso concluir las frases que yo apenas había comenzado que casi no transcurrió el tiempo antes de que llegara a la conclusión de que nuestras vidas tendrían que fundirse de la misma manera que nuestros miembros lo hacían.

Ansío creer que aquel amor nunca fue carnal o, al menos, que no lo fue de manera exclusiva. Porque la verdad es que deseaba besarla, pero también prolongar nuestra conversación hasta que la noche se agazapa en el sueño y continuarla hasta el desperezamiento de la Aurora. Ansiaba poseerla, sí, pero también compartir con ella el conocimiento que había ido guardando dentro de mi ser con el paso de los años y de las experiencias. Quería estrecharla contra mí, por supuesto, pero también escuchar sus opiniones, siempre especiales, sobre lo más diverso. Y, sin embargo… Fue el apóstol de los gentiles el que habló de que nuestro ser está formado por un cuerpo denominado soma, por un alma a la que llamó psyjé y por un espíritu al que calificó como pneuma. En mi amor hacia Vivian, la unión de los primeros fue total; la de las segundas, casi absoluta; la de los terceros, imposible. Podía reconocerme en sus labios y en sus manos, en sus ojos y en sus senos; podía gozar de aquella inteligencia extraordinariamente despierta y absorbente que captaba con facilidad los aspectos más complicados de la ciencia física; pero nunca logré -y el Creador es testigo de que lo intenté una vez tras otra- que nuestros espíritus se comunicaran.

Recuerdo una mañana en la que Vivian leía del Evangeliario que siempre llevaba conmigo y que, a diferencia de mi caballo, ni había llamado la atención de los barbari ni me había sido sustraído. No creo que lo hiciera con placer, pero sí me parece que intentaba de esa manera llegar hasta el fondo de mi ser, quizá para entenderme mejor o quizá para mejor dominarme. Mientras yo clasificaba algunas hierbas que había estado recogiendo durante los dos últimos días, Vivian estaba tumbada en el suelo, con los pies levantados y recorría con sus hermosos ojos verdes las líneas trazadas por un diestro escriba. De repente, lanzó un bufido y apartó el texto de sí con un gesto de profundo desagrado.

– ¿Qué te sucede? -pregunté al captar su irritación. Vivian movió la mano como si deseara desechar tanto el desagradable malestar que la invadía como obligarme a regresar a lo que se suponía que eran mis labores. Quizá en otra ocasión lo hubiera conseguido, pero en aquel instante algo en mi interior fue más fuerte que el deseo de complacerla.

– Vamos, Vivian, dímelo -insistí.

Pero mi amada no se dignó responder. De un salto se puso en pie y se dirigió hacia la puerta. La alcancé cuando estaba a punto de cruzar el umbral. La sujeté por el brazo, la volví hacia mí y deposité un beso en aquellos labios delicados que había oprimido contra los míos decenas de miles de veces.

– Quiero que me respondas -insistí dulcemente.

Los ojos de Vivian se fruncieron adquiriendo una configuración felina que ya conocía y que, por eso mismo, temía. Lo más prudente hubiera sido dejar que saliera de la estancia y se calmara al contacto con aquel pradecillo que tanto quería y por el que tanto habíamos paseado. Pero tan sólo sentí en mi interior que aquel impulso se fortalecía exigiéndome que llegara al fondo del asunto.

– Dime lo que te pasa, Vivian.

Supe en ese momento que un espacio no más ancho que el grosor de un cabello la separaba de uno de los terribles accesos de cólera que, ocasionalmente, sufría. La experiencia me decía que lo más prudente era callar, esperar a que su irritación amainara y reencontrarme con ella valiéndome del lenguaje que mejor sabíamos utilizar. Pero en aquellos momentos, hice oídos sordos a la experiencia.

– Dímelo.

Vivian respiró hondo, bajó por un instante los ojos y cuando volvió a alzarlos contemplé en ellos una fuerza superior a la de los dragones que antaño habían enarbolado orgullosos los equites de las legiones romanas.

– No entiendo tu religión -dijo apenas conteniendo la ira-. No, no es que no la entienda. Es que no me gusta. No me gusta, ¿lo entiendes?

Por un instante, no supe qué decir. A decir verdad, me sentía profundamente desconcertado. ¿A qué se refería Vivian? ¿De qué estaba hablando?

– He leído la historia de ese… maestro tuyo y de la mujer a la que quisieron lapidar… -comenzó a decir-. Y me parece asquerosa.

– La de la adúltera… sí, sé a qué te refieres -balbucí sorprendido-, pero si es una historia de amor… y de perdón.

– ¡De perdón! -exclamó Vivian mientras alzaba los brazos encolerizada-. Pero ¿qué es lo que había que perdonar? Atraparon a esa pobre mujer cuando estaba en brazos de su amante. Porque no era una prostituta, era simplemente una mujer casada que se acostaba con alguien que no era su marido. Bueno, con seguridad que le sobraban motivos para compartir el lecho con él y entonces ¿qué hicieron? ¡Quisieron matarla a pedradas! ¡A pedradas! ¡Como a un perro!

– Pero Jesús… -intenté argumentar deseoso de sosegar a Vivian.

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