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Llevaban en silencio unos minutos cuando Lebendig volvió a tomar la palabra.

– ¿Te gusta, Sepp? -preguntó con una sonrisa amable.

– Oh, sí, Herr Lebendig -respondió el muchacho con un movimiento de mentón-. Es un magnífico ejemplo de la capacidad creativa del pueblo alemán.

– Como si hubiera pasado toda su vida en Aquisgrán -dijo Lebendig con una sonrisa.

– Sí -dijo Sepp entusiasmado-. ¿Era de Aquisgrán?

Rose ahogó a duras penas una risita que llamó la atención de Eric pero en la que Sepp no reparó.

– No -respondió Lebendig-. Nació en Austria.

– ¿Lo ve, Herr Lebendig? -exclamó entusiasmado Sepp-. Austria es una parte de la patria alemana.

– No creo que tu Führer se hubiera entusiasmado con él -dijo el escritor-. Se llamaba Gustav Mahler y era judío.

La sonrisa de entusiasmo de Sepp quedó congelada. Por un instante, pareció cómo si toda la sangre se le hubiera retirado del rostro y luego volviera tiñéndole de rojo hasta la raíz de los cabellos. Intentó entonces decir algo, pero lo único que consiguió fue que la boca se le abriera un par de veces sin que saliera un solo sonido.

– Fue director de orquesta en Viena -continuó diciendo Lebendig-. Algunos dicen que es el mejor que hemos tenido en esta ciudad pero, personalmente, de eso ya no estoy tan seguro.

– Lo… lo que ha hecho usted no está bien -balbució Sepp-. No… no tiene usted derecho a burlarse así de mí…

Eric echó un vistazo a Rose. Había fruncido el ceño y resultaba evidente que no le gustaba lo que veía.

– No es por mí -continuó Sepp con un tono en el que se mezclaba el pesar con una cólera contenida a duras penas-. Se burla usted de nuestra patria, de nuestra sangre…

– Una patria en la que no hay lugar para ningún judío y tampoco para muchos que no lo son -dijo Lebendig.

– No, no lo hay -exclamó Sepp-, porque no existe sitio para los explotadores del pueblo.

– Debo entender que los nacional-socialistas también vais a expulsar a Cristo y a sus doce apóstoles de Alemania -dijo Lebendig-. A fin de cuentas, todos ellos eran judíos de pura cepa…

Sepp dio un respingo al escuchar la referencia que el escritor acababa de hacer a Jesús y sus discípulos. Como impulsado por un resorte, se puso en pie y comenzó a caminar hacia la puerta.

– Te acompaño a la salida -dijo Lebendig comenzando a incorporarse del sofá.

– ¡No! ¡No! -exclamó Sepp, a la vez que extendía las manos como si pretendiera evitar que el escritor llegara siquiera a rozarle-. Ya la encontraré.

Karl permaneció sentado mientras el muchacho llegaba hasta el umbral del saloncito. En ese momento se volvió y mirando de hito en hito al escritor dijo:

– No olvidaré nunca esta tarde, Herr Lebendig.

Eric hizo ademán de levantarse, pero el escritor dibujó un gesto con la mano para que permaneciera sentado.

– Sepp -dijo serenamente-, no tengo ninguna duda de ello.

Rose, Eric y Karl Lebendig se mantuvieron en silencio mientras el alto muchacho rubio cruzaba el pasillo. Cuando por fin se cerró la puerta, los tres resoplaron a la vez.

– No puedo entender lo que ha pasado -dijo Rose-. Sepp siempre me ha parecido un muchacho muy correcto… La verdad es que siempre se comportó como un chico estupendo.

Eric se sintió dolido al escuchar aquel comentario. Hubiera deseado que Rose se deshiciera en insultos dirigidos contra Sepp. A decir verdad, pocas cosas le habrían hecho más feliz en aquellos momentos y, sin embargo, todo lo que se le ocurría decir era que aquel sujeto era muy correcto y estupendo. ¡Estupendo! ¡Por Dios! Si se había portado como un cerdo maleducado… A punto estaba de gritar todo aquello cuando Lebendig se dirigió a Rose.

– La vida nos da sorpresas a veces y las personas no siempre se comportan como hemos pensado. Pese a todo, no hay que apenarse por ello. Lo que deberíamos hacer es conservar los recuerdos hermosos y, por supuesto, disfrutar el presente.

Lo último que Eric deseaba en esos momentos era que Rose guardara un buen recuerdo de Sepp. Olvidarlo. Eso es lo que tenía que hacer. ¡Olvidarlo! ¡Totalmente!

– Sí, creo que tiene usted razón, Herr Lebendig -dijo Rose-. Yo también pienso lo mismo.

– Bueno, eso es porque eres una chica inteligente -dijo el escritor, mientras se llevaba la taza a los labios.

– No -respondió Rose-. Lo aprendí en sus libros.

Lebendig estuvo a punto de ahogarse con el té al escuchar las palabras de la muchacha. No había esperado un comentario así y necesitó que Eric le golpeara la espalda para recuperar el resuello.

– Eres muy gentil, hija -consiguió decir en medio de toses.

– No -respondió Rose-. Tan sólo una gran admiradora suya.

– Gracias, gracias -dijo Lebendig, a la vez que comenzaba a respirar con normalidad-. Desde luego, eres muy generosa.

– Y usted muy modesto -comentó la muchacha-. A propósito, ¿me permite que le haga una pregunta?

El escritor hizo un gesto invitando a Rose a hablar. -Es un poco indiscreto, lo sé -comenzó a decir la muchacha-, pero… bueno, ¿qué fue de Tanya?

IX

Apenas había terminado Rose de formular su pregunta cuando Eric tuvo la sensación de que el cielo se desplomaría sobre su cabeza en cualquier momento. A pesar de todas las esperanzas que había concebido, las cosas no podían haberle ido peor. Primero, había tenido que venir ese chico alto y odioso llamado Sepp; luego, aunque se habían enzarzado en una discusión en la que el estudiante había mostrado lo mal educado que era, Rose había indicado que era un muchacho estupendo y Karl casi le había dado la razón, y ahora, para remate, a ella se le ocurría preguntar por Tanya. Salvo que era el tema de inspiración de uno de los libros de Lebendig, lo único que Eric sabía de aquella mujer era que provocaba una reacción inquietante en el escritor. ¡Vamos, que era lo único que faltaba para arruinar totalmente aquella tarde!

Lebendig escuchó la pregunta de Rose y, casi al instante, los ojos se le humedecieron. Fue una reacción que no pudieron ocultar los lentes que cabalgaban sobre la nariz del escritor y que de inmediato provocó en la muchacha un sentimiento de culpa.

– Lo siento… -comenzó a decir.

– No… no… -respondió Lebendig-. No tiene importancia… Me lo pregunta mucha gente. Supongo que es lógico. Varios de mis libros se encuentran dedicados a ella y además están las Canciones…

– No quise… -intentó de nuevo excusarse Rose.

– Fue el amor de mi vida -la interrumpió el escritor con una sonrisa triste-. La quise mucho, más de lo que nunca amé a nadie.

Eric se sobrecogió al escuchar aquellas palabras. Sentía como si de la boca de Lebendig estuviera manando un misterio sagrado, tan sagrado que cualquiera que se atreviera a revelarlo se haría acreedor a la muerte. Precisamente por eso, hubiera preferido no encontrarse en esos momentos en la casa del escritor y estar en la calle, respirando el aire fresco. Sin embargo, algo desconocido y poderoso le retenía en el sofá sin permitirle mover siquiera un músculo.

– Era una mujer muy hermosa -continuó Lebendig con la mirada perdida en algún punto que ninguno de los dos jóvenes podía ver-. Sus ojos eran de una tonalidad verdidorada y podían reír o pensar o hablar. Claro que no se trataba sólo de eso, Rose. Tenía cultura y sentido del humor y yo solía decir de ella que era la mujer más inteligente del mundo.

Lebendig hizo una pausa y tragó un sorbo de té. Eric y Rose pensaron que había acabado y comenzaron a discurrir sobre la mejor manera de despedirse, pero el escritor tan sólo estaba iniciando su relato. Con gesto lento se levantó del sillón y se dirigió hacia una de las estanterías, de donde extrajo lo que parecía un álbum de fotografías. Luego volvió a tomar asiento y, tras hacer sitio en la mesita y apoyar en ella el volumen, comenzó a pasar las hojas.

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