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– Estoy haciendo un té muy especial -explicó Lebendig-. Eric, te estaría agradecido si me pudieras echar una mano. Rose, pasa al salón y nos esperas allí.

El estudiante aguardó a que su amada se adentrara por el pasillo y, a continuación, susurró:

– Yo… yo no quería venir. Fue por ella… no le contarás nada, ¿verdad?

Lebendig dejó de colocar cubiertos en una bandeja y miró a Eric.

– Primero, me parece muy mal que no quisieras venir. Eres un chico muy inteligente y, francamente, a veces me gustaría que te dejaras caer por aquí para hablar de cine o de pintura, por ejemplo, y no sólo para pedirme una poesía. Segundo, jamás traiciono a un amigo, así que puedes estar seguro de que no voy a revelarle ese pequeño secreto nuestro. Bien, ¿ahora te importaría sacar el azucarero de ese armarito y colocarlo en la bandeja?

Rose era totalmente ajena a la conversación mantenida en voz baja entre Lebendig y Eric. Esquivó las estanterías y los montones de libros del pasillo y llegó hasta el umbral del saloncito. Entonces reparó en que la habitación no estaba vacía. En la parte del sofá que discurría paralela al balcón estaba tendida una mujer de ondulados cabellos rubios. Por unos instantes no pareció darse cuenta de la llegada de Rose y, así, ésta pudo observarla con libertad. Le llamó la atención el color entre verde y ambarino de sus ojos, las facciones finas de su rostro, la extraña e indefinible elegancia de su cuerpo lánguidamente extendido. Vestía un hermoso conjunto de falda negra y blusa roja, pero la muchacha sintió que, aunque aquella mujer hubiera estado cubierta con harapos, de ella habría emanado el mismo atractivo.

No se movió Rose pero, como si hubiera percibido un sonido imposible de captar por oídos humanos, la mujer volvió la cara y la vio.

– Buenas tardes -dijo con un tono de voz de una belleza tan sugestiva y poco habitual como el color de sus ojos.

No contestó Rose. Al contemplar a la mujer de frente, tuvo la sensación de que no era la primera vez que la veía. Aún más. Experimentó como una extraña intimidad que sólo deriva de conocer profundamente a alguien. Sí, claro, no podía ser de otra manera…

– Soy Rose -se presentó la muchacha, atravesando la distancia que las separaba y tendiéndole la mano con un gesto amable y abierto.

La mujer se incorporó hasta quedar sentada en el sofá. Estrechó la mano de la joven y sonrió.

– Encantada, Rose -dijo-. Yo soy…

– Sé quién es usted -la interrumpió suavemente la muchacha.

La sorpresa cubrió el rostro de la mujer al escuchar aquellas palabras.

– Usted -continuó Rose- es Tanya.

XII

– ¡Ah! Ya os habéis presentado -dijo Lebendig, mientras entraba en la habitación sujetando una bandeja con las dos manos.

– Rose me conocía -musitó la mujer de los cabellos rubios.

Lebendig guardó silencio y frunció el entrecejo como si no hubiera comprendido bien.

– Este es Eric -dijo Rose, señalando al chico, que apenas alcanzaba a verse tras las anchas espaldas del escritor-. Estamos saliendo juntos.

La mujer se puso en pie y se acercó al muchacho. Le estrechó la mano al mismo tiempo que le brindaba una sonrisa cordial.

– Eric, tienes mucha suerte -dijo, y a continuación añadió-: Me alegro de conocerte. Soy… Tanya.

Al escuchar la última frase, Lebendig estuvo a punto de dejar caer la bandeja con el servicio de té. Mientras Eric se precipitaba a ayudarlo, Rose lanzó una mirada a Tanya y sonrió. La mujer le devolvió el gesto, aunque habría resultado difícil saber si su sonrisa partía más de los labios o de los ojos.

– He pensado en usted muchas veces -dijo Rose, una vez que todos estuvieron sentados y bebiendo té-. Estaba convencida de que la Tanya de los poemas de Herr Lebendig debía de ser una persona real.

– ¿Por qué lo creías? -preguntó la mujer.

– Porque nadie puede escribir algo tan hermoso sin estar enamorado -respondió Rose y, al decirlo, lanzó una mirada de reojo a Eric, que se sintió insoportablemente azorado.

– Además -añadió la muchacha-, usted es igual que la mujer descrita en las Canciones para Tanya y…

– Bueno, bueno, ya basta, que voy a sonrojarme -la interrumpió Tanya sonriendo.

– Es mucho mejor que la persona descrita en las Canciones -intervino Lebendig.

– ¡Vamos, Karl! -exclamó Tanya, fingiendo encontrarse escandalizada.

– No retiro ni una sílaba de lo que acabo de decir -insistió Lebendig-. En realidad, las poesías que te escribí nunca terminaron de gustarme. Para poder expresar lo que siento habría tenido que inventar una lengua nueva, especial, que pudiera contener aromas y colores. Soy incapaz de crear ese tipo de lenguaje -imagino que sólo Dios puede hacerlo- y, por tanto, todo lo que compuse para ti me resulta pálido, desabrido… soso, sí, muy soso.

Rose miró de reojo a la mujer, que apenas lograba ocultar su satisfacción. Era como si por debajo de su piel -una piel que parecía la encarnación más delicada del alabastro- discurriera una corriente de alegría que prefería esconder pero que, aquí y allí, lograba encontrar su camino hasta la superficie.

– Karl me ha hablado mucho de ti -dijo dirigiéndose a Eric-. De creer sus palabras, se diría que eres la gran promesa de la pintura austríaca, por delante de lo que en su día pudieran hacer Klimt, Schiele o Kokoschka.

– Es extraordinario -intervino Rose con la voz empapada de emoción-. Se lo digo de verdad.

El rostro del estudiante se inundó de rubor al escuchar aquellos elogios. Nunca había pensado que sus dibujos pudieran gustar tanto al poeta y el averiguarlo ahora y, sobre todo, saber que había comunicado esa idea a otros le causaba un considerable azoramiento. Sin embargo, el que Rose compartiera aquel punto de vista le elevaba hasta una cumbre de felicidad que no hubiera podido describir con palabras.

– Bueno -dijo Tanya-, si lo dice una muchacha tan inteligente como Rose, voy a tener que creerlo. Supongo que no te importaría hacernos una demostración…

Eric volvió la mirada hacia Lebendig con la esperanza de salvarse de aquel desafío, pero la manera en que el escritor se encogió de hombros le convenció de que no tenía la menor posibilidad.

– ¡Vamos, Eric! -insistió Rose-. Puedes hacerlo de sobra.

El estudiante agachó la cabeza con gesto derrotado y cogió el pequeño cartapacio que solía llevar cuando salía de paseo con Rose. Desató los nudos que lo cerraban y del interior extrajo un estuche de lápices y un papel en blanco.

– Sólo un boceto -dijo, mirando a Tanya con gesto que pretendía ser resuelto pero que, en realidad, parecía asustado.

– Bastará -comentó con una sonrisa Lebendig.

– Sí, de sobra -dijo convencida Rose.

– ¿Quieres que me ponga de alguna manera especial? -preguntó Tanya, a la vez que se sentaba en el sofá y colocaba su rostro de perfil.

– No… no… -respondió Eric-. Creo que así está muy bien.

Apenas había terminado la frase, el estudiante trazó sobre el papel dos líneas que iban a servir de contorno a todo el conjunto. La primera arrancaba del extremo de lo que sería la cabeza de Tanya y descendía hasta poco más abajo del lugar donde iba a dibujar el cuello; la segunda se cruzaba con la anterior y describía una parábola que circundaría el busto de la mujer. Apenas hubo dibujado aquellas dos líneas, la mina comenzó a deslizarse a uno y otro lado de ellas trazando con vertiginosa habilidad rayas, entramados y sombras. Ocasionalmente, Eric levantaba la mirada del papel para asegurarse de que estaba reflejando de forma correcta las facciones de su modelo pero, en general, se guiaba de la impresión recogida en la memoria.

Tanya no se atrevía a desviar la mirada del punto perdido en el horizonte, pero por el sonido del lápiz tenía la sensación de que aquel adolescente dibujaba a una velocidad prodigiosa. Por su parte, tanto Lebendig corno Rose lo contemplaban con una sonrisa de satisfacción porque, tal y como habían esperado, el estudiante no defraudaba sus expectativas.

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