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Eric se pasó la maleta a la mano izquierda y comprobó que tenía la palma de la derecha surcada por marcas rojizas. Se la frotó contra el muslo y continuó caminando. A esas alturas de la persecución, ya no le dolía sólo el costado, sino también las dos manos, las piernas y la espalda. Hubiera deseado descansar pero no podía permitírselo. No, después de haber caminado tanto. ¡Maldita sea! ¡Estaba doblando otra esquina!

Mientras el dolor del costado le subía hasta el pecho, Eric volvió a forzar su cansado paso. No estaba seguro pero… pero parecía que también su perseguido había acelerado la marcha. ¡Por Dios! ¡Otra esquina, no! ¿Cómo podía haber tantas esquinas en Viena?

Tardó apenas unos segundos en alcanzarla pero, cuando miró la calle, descubrió que el hombre había desaparecido. Una pesada nube de desaliento descendió sobre Eric al percatarse de que el objeto de su persecución se había desvanecido igual que si se lo hubiera tragado la tierra. Boqueando, caminó una docena de pasos más pero siguió sin distinguir a la gruesa figura. Entonces escuchó a sus espaldas una voz que, teñida de tranquilidad, decía:

– ¿Se puede saber por qué me andas siguiendo?

III

Eric se volvió con un respingo similar al que habría dado si le hubieran aplicado una corriente eléctrica. A un par de metros de él se encontraba el hombre al que llevaba persiguiendo más de un cuarto de hora. Si se encontraba nervioso o molesto, fuerza era reconocer que no lo aparentaba. En realidad, el hecho de que sujetara con la mano izquierda un cucurucho y llevara en la diestra una manzana roja que no dejaba de mordisquear le confería un aspecto de notable indiferencia. Volvió a clavar los dientes en la fruta, masticó con parsimonia, tragó y dijo:

– ¿Has entendido lo que he dicho o es que acaso no hablas alemán?

– Eh… sí, sí, claro que lo hablo… -respondió Eric con voz temblona-. Es mi lengua.

– Bien, lo celebro. Ciertamente, es una hermosa lengua. Y ahora, ¿tendrías la bondad de indicarme por qué me perseguías?

Eric tragó saliva. Al escuchar aquellas palabras se percató por primera vez de que no podía dar una razón medianamente sólida para haber llevado a cabo aquella persecución. En realidad, había actuado, como solía ser común en él, siguiendo sus propios impulsos, y ahora descubría, como tantas veces en el pasado, que no sabía qué hacer.

– No te habrás tragado la lengua, ¿verdad?

Aquellas palabras, dichas justo cuando terminaba la manzana, terminaron de sumir al muchacho en el azoramiento. Como toda respuesta, se limitó a mover la cabeza en un vago movimiento de negación.

– Bien, bien -dijo el hombre con cierta ironía-. Vamos avanzando algo.

– Yo… yo estaba en el café… -acertó a balbucir.

– Ya -dijo el hombre, mientras se pasaba la lengua por el interior de la boca en un gesto que lo mismo podía indicar burla que un intento por rebañar los restos de manzana.

– Lo que… lo que hizo usted… -prosiguió Eric-. Bueno…

El hombre del cucurucho de manzanas no le dejó terminar la frase. Echó mano al envoltorio, extrajo una fruta y dijo:

– ¿Quieres?

– No… no… -respondió Eric-. Lo que deseo decirle es que… que, bueno, diantre, es usted muy valiente…

El hombre reprimió una sonrisa mientras devolvía la manzana al envoltorio de papel.

– ¿No te pesa esa maleta? -preguntó repentinamente.

– He llegado hoy a Viena y… -Y no has tenido tiempo de dejarla en casa -concluyó la frase el hombre.

– Sí, no me dio tiempo -reconoció Eric.

– ¿Dónde vas a alojarte?

Sin dejar de mirarle, Eric echó mano a su abrigo y extrajo un papel arrugado que le tendió. El hombre de las manzanas lo recogió y le echó un vistazo.

– Conozco esa pensión. No está lejos de aquí, de modo que este paseíto no lo habrás dado en vano. Claro que también habrías podido coger el tranvía. ¿Qué has venido a hacer a Viena?

– Estudiar -respondió Eric-. He venido a estudiar.

– ¿El qué? Pareces muy joven para ir a la universidad.

El muchacho enrojeció. Sabía de sobra los años que tenía pero, al igual que le sucede a la mayoría de los adolescentes, semejante circunstancia le resultaba más molesta que sugerente.

– Voy a la Academia de Bellas Artes para estudiar dibujo, Herr…

– Lebendig -dijo el hombre de las manzanas-. Karl Lebendig.

Eric parpadeó sorprendido. ¿Había oído bien? ¿Aquel hombre había dicho Karl Lebendig? ¿Era Karl Lebendig?

– ¿El… el escritor? -acertó finalmente a preguntar.

– Sí -respondió Karl-. ¿Has oído hablar de mí?

– ¿Hablar de usted? -dijo Eric elevando el tono de voz-. ¡Usted es mi poeta favorito!

Lebendig reprimió con rapidez la sonrisa divertida que pugnaba por aflorarle a los labios.

– Espero que tu capacidad para dibujar sea mejor que tu gusto literario -comentó mientras comenzaba a andar.

– ¿Por qué? -preguntó Eric, sorprendido, mientras intentaba alcanzarlo.

Sin embargo, Lebendig no respondió.

– Es cierto lo que le he dicho -dijo Eric, que ya comenzaba a jadear-. No… no es que no me gusten Rilke o… o Hofmannstahl. Me gustan. Sí, me gustan mucho, pero usted… usted tiene algo especial… Por favor, ¿podría correr algo menos?

Lebendig se detuvo y Eric se preguntó, mientras intentaba recuperar el resuello, cómo podía ir tan deprisa un hombre que distaba mucho de tener un cuerpo atlético y unas piernas largas.

– Vivo muy cerca de aquí -dijo Lebendig, como si no hubiera escuchado la pregunta de Eric-. ¿Te apetecería tomar un café antes de irte a la pensión?

La boca de Eric se abrió en un gesto de sorpresa. ¡Tomar un café con Karl Lebendig! ¡Y en su casa!

Apenas cinco minutos después, el entusiasmo del joven recién llegado se había enfriado considerablemente. Era cierto que Lebendig vivía cerca, pero en el último piso de un edificio desprovisto de ascensor. Acostumbrado a vivir en una planta baja, el muchacho no tardó en experimentar un insoportable ahogo mientras se esforzaba en subir con su maleta en pos del escritor. De manera inexplicable, aquel hombre, que claramente padecía de sobrepeso, superaba los escalones con la misma facilidad que un escalador veterano trepa por las breñas de un monte.

– Son sólo cuatro pisos -escuchó Eric que le decía desde algún lugar perdido en las alturas, y a punto estuvo de desplomarse sobre uno de los escalones para recuperar el resuello.

Si no lo hizo fue por un oculto pundonor que le decía que un muchacho de quince años no podía ser menos vigoroso que un hombre de constitución gruesa que había superado de sobra los cuarenta. Se trató de un empeño seguramente noble pero cuando, por fin, llegó al descansillo donde se hallaba situada la vivienda de Karl Lebendig, apenas podía respirar y el corazón le latía como si llevara un buen rato corriendo a campo través.

El escritor no le había esperado. Tras dejar la puerta abierta, había entrado en el piso. Eric se descargó la maleta y asomó la cabeza por entre las jambas.

– Pasa al fondo -escuchó que le gritaba Karl Lebendig-. Puedes dejar tu equipaje en la entrada.

Eric cruzó el umbral y vislumbró un pasillo a mano derecha. No había llegado hasta él cuando se percató de que detrás de la puerta había unas estanterías que iban desde el mismo suelo hasta el techo y que se hallaban, más que repletas, atestadas de libros. Le pareció lógico porque, a fin de cuentas, ¿no se supone que un escritor tiene que haber leído mucho?

No estaba preparado, sin embargo, para aquel pasillo. A la izquierda también estaba lleno de estanterías -salvo en un pequeño hueco, por donde entraba la luz de una ventana- y, además, en los escasos espacios vacíos se levantaban irregulares pilas de libros. Se deslizó por el corredor procurando no golpear con su maleta aquellas masas librescas, que parecían a medias dormidas y a medias acechantes, y con no poco esfuerzo logró llegar a lo que parecía un salón.

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