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– ¿Y si le hubieran roto la cabeza? -preguntó Eric-. Quiero decir que eran muchos. Usted no habría podido enfrentarse con ellos. Ni siquiera habría conseguido llegar hasta la puerta…

– Mira, Eric -respondió Lebendig-. La libertad no es gratis. Tiene un precio, que incluye la vigilancia y el valor para enfrentarse con aquellos que desean destruirla. Ése es un enfrentamiento en el que la gente honrada tiene que vencer, o Dios sabe lo que nos deparará el futuro.

– Pero los seguidores de Hitler… -dijo Eric con la voz empapada de escepticismo-. Hombre, en Austria no son tantos. Y además, nadie les hace caso…

Lebendig se llevó la mano a la barbilla mientras arrojaba sobre su invitado una mirada no exenta de ternura. Se mantuvo así unos instantes y, finalmente, dijo:

– Ni siquiera los austríacos, a pesar de que somos mucho más listos que los alemanes, como todo el mundo sabe, estamos libres de tener miedo.

No habría podido decir Eric si Lebendig estaba hablando en serio al señalar la superioridad intelectual de los austríacos sobre sus vecinos germánicos, pero de lo que no le cabía duda alguna era de que sí tenían miedo. En realidad, el que el escritor no hubiera manifestado ese temor era lo que le había impulsado a seguirle, hasta ir a parar a aquel piso atestado de libros y papeles.

– ¿Usted no lo tuvo? -preguntó.

– No se trata de tenerlo o no -respondió con calma Lebendig-. Se trata de no dejar que nos domine.

Eric no dijo nada. Posiblemente aquel hombre, el mismo que le había proporcionado tanto disfrute escribiendo los poemas dedicados a Tanya, tenía razón, pero, desde luego, si los camisas pardas volvían a cruzarse en su camino mientras tomaba café, no sería él quien no se escondiera debajo de una mesa.

– Bueno, basta de cháchara -dijo Lebendig interrumpiendo los pensamientos del muchacho-. ¿Te apetece comer algo?

V

La mirada de Eric recorrió todo lo deprisa que pudo la cascada de papeles prendidos en el cartel de anuncios. Intentaba localizar su nombre, pero entre el reducido tamaño de la letra en que estaban escritos los listados y los continuos empujones que recibía de otros estudiantes, la tarea se le estaba revelando punto menos que imposible.

La verdad es que si pensaba en cómo había transcurrido su primer día en Viena estaba obligado a reconocer que no había resultado halagüeño. Primero, le había tocado vivir el lamentable espectáculo de los camisas pardas irrumpiendo en el café. Luego había venido la agotadora persecución de Lebendig, la extenuante subida hasta su desordenado piso, la extraña conversación que habían mantenido -no estaba nada seguro de haberle entendido- y luego la búsqueda de la pensión. Gracias a Dios, el escritor le había ayudado en el último empeño, aunque no podía decir que hubiera descansado. Se encontraba ciertamente exhausto, pero el ruido que venía de la calle le impidió pegar ojo durante la mayor parte de la noche. Acostumbrado a vivir en una población tranquila, donde todavía era normal escuchar el ronco canto del gallo por la mañana y el de los grillos por la noche, Eric no dejó de oír el paso de los carruajes, las pisadas de los peatones e incluso un lejano estruendo que -pensó- correspondía a alguna obra. Desde luego, si eso era Viena, corría el riesgo de morir por falta de sueño.

Cuando, finalmente, sonó al otro lado de su puerta la voz de la patrona avisándole de que debía levantarse, el estudiante se removió en el lecho bajo la sensación de que le habían propinado una paliza que había tenido como resultado el descoyuntamiento de todos sus huesos.

Se levantó de la cama y acercó el rostro a un espejito colgado de la pared. Sin poderlo evitar, sus ojeras le trajeron a la mente un grabado que había visto tiempo atrás y en el que estaba representado un oso panda. ¡Dios bendito, si le hubiera visto tía Gretel!

Cuando cogió la jarra de metal que se encontraba en el suelo para echar un poco de agua en la palangana, el estudiante tuvo la sensación de que pesaba un quintal. De hecho, por primera vez en su vida, lavarse las manos y la cara le exigió llevar a cabo un enorme esfuerzo físico. Acabada aquella sencilla pero ardua tarea, se peinó ante el espejo y procedió a vestirse. Su aspecto era casi bueno cuando abandonó el cuarto en dirección al comedor.

Había tres mesitas cuadradas en la habitación, pero sólo una de ellas estaba ocupada. El comensal era un sujeto orondo, de cabellos rubios que habían comenzado a clarear mucho tiempo atrás. Tenía las manos ocupadas con los cubiertos y devoraba con excelente apetito una salchicha de notables dimensiones.

– Ése será su sitio, Herr Rominger -sonó detrás de él la voz de la patrona.

Eric se volvió y pudo ver que la mujer le señalaba una de las mesitas.

– Muchas gracias, Frau Schneider -dijo el muchacho, mientras se dirigía al lugar que le habían indicado.

Aunque la mesa era pequeña -realmente costaba trabajo creer que en ella pudieran comer a la vez cuatro personas-, había que reconocer que su preparación era excelente. Los panecillos en una cesta de mimbre, la mantequilla, la mermelada de dos clases, la jarrita de la leche, el azúcar, los cubiertos… sí, todo estaba colocado de una manera que hubiera merecido la aprobación de la tía Gretel.

– Las salchichas y los huevos están en el aparador, Herr Rominger -dijo Frau Schneider con una sonrisa.

– Gracias, gracias -musitó Eric, mientras se dejaba caer en la silla.

En vez de desayunar, el joven hubiera apoyado con gusto la cabeza en la mesa, abandonándose al sueño que le había estado huyendo durante toda la noche. Eso era lo que deseaba en realidad, aunque no podía permitírselo. Era su primer día de clase y no tenía la menor intención de llegar tarde. Si alguien hubiera preguntado a Eric, cuando abandonó la pensión seguido por las sonrisas amables de Frau Schneider, lo que había desayunado, el agotado estudiante no habría podido responder. Se había limitado a comer distraído mientras intentaba mantener abiertos los ojos.

Durante los siguientes minutos, Eric intentó orientarse en medio de una ciudad enorme que desconocía casi por completo. Ciertamente, Frau Schneider le había dado meticulosas instrucciones acerca de cómo orientarse por el Ring, la gigantesca avenida que rodeaba el centro de la ciudad, pero por tres veces se perdió y por tres veces se sintió confuso al escuchar las indicaciones de los transeúntes a los que preguntó por el camino hacia la Academia de Bellas artes y que, amablemente, le respondieron.

Cuando llegó ante el edificio clásico donde tenía su sede lo que consideraba un templo del saber y de la belleza, el estudiante se sentía como si acabara de concluir una extenuante marcha a campo través. Pensó, sin embargo, que ya había llevado a cabo lo más difícil y que sólo le restaba localizarse en los listados de alumnos y dirigirse al aula. Ahora se percataba de que esa parte de su tarea resultaba más difícil de lo que había pensado.

Necesitó no menos de diez minutos para encontrar su nombre en medio de aquella vorágine de papeles, manos y cabezas, y luego otros cinco para seguir las instrucciones que le proporcionó un bedel y poder llegar al aula. No resultó, pues, extraño que con semejante demora la puerta estuviera cerrada cuando Eric apareció ante ella. Se trataba de una circunstancia tan inesperada para el estudiante que por un momento no supo cómo reaccionar. Se quedó mudo y con los pies clavados en el suelo, diciéndose que aquello no podía estarle sucediendo justo en su primer día de clase. ¡Menudo inicio del curso! ¿Y ahora qué iba a hacer?

Formularse aquella pregunta y abalanzarse sobre la puerta fue todo uno. Con gesto inusitadamente resuelto, echó mano del picaporte y lo hizo girar. Apenas acababa de ejecutar el sencillo movimiento cuando llegó hasta sus oídos el sonido de una voz madura pero llena de vigor.

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